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La máscara rota es una compilación de cuentos y ensayos (así como otro tipo de contenidos) de diferentes autores y sobre diversas temáticas que se publica periódicamente en esta plataforma.

Instagram: @lamascararota (https://www.instagram.com/lamascararota/)

  • Con las (pez)uñas

    Por: Pablo Santiago Ruiz

    Todo empezó con un simple sueño: que hombres y vacas pudieran amarse en libertad. La noticia causó revuelo, por no decir controversia, cuando un excéntrico millonario latinoamericano anunció que invertiría su fortuna en fundar su propio país. Nada impidió, sin embargo, que él y sus amantes Manuelita, Asperja, Nellie, Azúcar, Motas, Margarita y Bessie celebraran primeras nupcias sobre una plataforma levantada en medio del Atlántico. 

    La empresa fue blanco de burlas, y hasta más de un análisis psiquiátrico. Pero tampoco se hicieron esperar los aventureros, ávidos de renegar a su patria y trasladarse a la utópica isla sin más pertenencias que ellos mismos y sus futuras cónyuges. Tras pocos meses se habría de ampliar la plataforma, que pronto se llenó de pastizales parcelados y mugidos concupiscentes. Así nació La Gran Bovinolandia.

    Su primer conflicto serio apareció paralelo a su fundación. Algunos vaqueros abogaban por la independencia ganadera; opinaban que sus relaciones personales no eran asunto de nadie. Otros, no obstante, fueron partidarios de un acuerdo prenupcial obligatorio. La disputa dividió permanentemente a la población, pero nunca llegó a resolverse. En Bovinolandia se volvió tradición que los nuevos dilemas desplazaran a los anteriores. 

    Poco después, facciones emergentes demandaron la prohibición del matrimonio católico. Los fieles dividieron sus fuerzas en combatirlos e institucionalizar la sagrada unión entre hombres y vacas. Llegaron incluso a solicitar su canonización, amparándose en el versículo de Joel 1:18: ¡Cómo muge el ganado! Andan vagando los hatos de vacas porque no hay pasto para ellas. El papa nunca les respondió.

    Pese al conflicto, poco a poco fueron emigrando nuevos interesados en el amor bovino. Muchos llegaron solteros, atraídos apenas por los rumores de libertad y oportunidades. También los hubo quienes llegaron con hordas de ganado. Fue muy poco lo que pudo hacer el gobierno, en medio del desorden político, para mediar con la creciente inequidad. Se acumularon rencores. 

    Finalmente, la tensión se desbordó cuando un puñado de inconformes optó por robar vacas. Su plan era redistribuirlas entre los pobres y que nadie se quedara sin pareja. Encolerizados, los poderosos decidieron contratar seguridad privada, igual o más belicosa que sus enemigos. Por cierto que la disputas se financiaron exportando leche, abundante producto nacional y fuente inagotable de dólares. Su prohibición no ha tenido mucho éxito. 

    Crear un país no es cosa fácil. El territorio ha pasado por seis nombres: La Gran Bovinolandia, El Nuevo Ganado, La Confederación Ganadera, Los Potreros Unidos de Bovinolandia y, finalmente, la República de Bovinolandia. Semejante indecisión avergüenza a sus historiadores. Los más pesimistas opinan incluso que el país nació maldito, y lo seguirá estando hasta que se lo trague el océano. 

    ¿Exageración? Es muy posible; aunque no invalida que tantos desconozcan la lista de malas decisiones que lo acomodaron en su precaria posición. Me atrevería a sugerir que se necesita un cambio. Algo debe andar mal en el paraíso becerrero si tantos hambrientos no tienen más opción que comerse sus propias vacas.   

  • Comedia y censura

    Por Andrés Carrero

    El comediante conoce muy bien al ser humano. Sabe perfectamente que es un idiota. La comedia es el arte de mostrar y desenmascarar al idiota en los hombres y las mujeres. Ninguno se salva y por eso la discusión en torno a los límites morales y políticos de la comedia es una gran tontería y una pérdida de tiempo, pues si la idiotez no tiene límites, entonces no tiene ningún sentido imponérselos a la comedia.  

    Por cuanto es un arte, la única preocupación genuina y libre de hipocresía que puede tener el comediante con respecto a su actividad es una preocupación estética, es decir, si su estilo tiene o no algún valor, si la obra cómica cumple o no con sus propios fines, si el comediante es bueno o no y, en últimas, si puede hacer reír o no. Que la comedia sea un arte solo significa, justamente, que busca un estilo con el que expresar lo que expresa, cualesquiera que sean sus medios y recursos.

    Lo idiota en el hombre, y también en la mujer, blanca o negra, trans o no, es lo que los hace risibles y ridiculizables. El ser humano, el punto más alto de la creación, por su propia naturaleza tiene la capacidad de ser convertido en objeto de burla, pues la vida, el mundo, lo desborda, lo abruma, lo confunde, lo engaña, lo ilusiona, lo decepciona, lo lleva de un lado a otro, lo supera y, sin embargo, los individuos actúan como si no fuera así; nuestros planes fracasan, nuestras opiniones terminan siendo falsas e hipócritas, nuestros amores se acaban. La idiotez es solo el hecho de que olvidamos que el mundo es más grande que nosotros y que, en últimas, no sabemos ni entendemos nada, aunque tengamos que vivir como si sí lo hiciéramos para no morir de hambre, frío y aburrimiento. Somos idiotas porque estamos condenados a fingir que sabemos algo.

    Lo que hace idiotas a los hombres es su necesidad de encontrar certezas, de tener una verdad y una postura sobre el mundo, la vida, la sociedad, la política, el amor, sobre sí mismo y esto es algo a lo que no se puede renunciar sin renunciar a la vida misma. La gente tiene que tomar decisiones y para eso necita creer en su verdad. Pero la idiotez se agudiza hasta su punto máximo en cuanto una persona irremediablemente comienza a buscar y a encontrar las certezas sobre sí mismo, sobre su propio carácter, cuando comienza a creer que ella es esto y aquello, a tratar de ceñir el rostro a una máscara que no le encaja a la perfección, pues realmente ninguna le encaja a la perfección o no se trataría de una máscara. Entonces le pasa lo mismo que a ese rey que vanidosamente caminaba desnudo creyendo que estaba vestido con el traje más fino y bello. Ese rey es un idiota y el humano es ese rey.

    Ser un idiota es estar engañado, principalmente sobre uno mismo. El tiro sale por la culata: en el afán de buscar y aferrarse a una postura, cualquiera que sea, se termina cayendo en una impostura. El idiota cree que es lo que no es y justamente eso es lo que lo hace ridículo: es solo una mediocre (y muchas veces hipócrita) falsificación. Realmente lo que hace reír del idiota, lo que lo convierte en objeto de burla, es que ignora su propio engaño y el engaño es aún más risible cuando es de naturaleza moral, es decir, cuando el idiota se cree bueno, puro, valiente, sagaz, inteligente, santo, honrado, digno. Esa boba inocencia, esa ingenuidad, nos deleita como pocas cosas en el mundo. Lo que el comediante sabe es que nadie es tan bueno y puro, tan excelente y admirable como quiere mostrarse.

    La comedia, desde la antigüedad hasta hoy, se ha encargado de desenmascarar idiotas (incluso muchas veces al comediante mismo), sea por medio de dramas, monólogos, sátiras, películas, rutinas, números, puestas en escena y realmente no se ha limitado mucho en la cuestión de a quién desenmascarar, pues no es difícil encontrar idiotas: intelectuales, filósofos, políticos, reyes, reinas, emperadores, prostitutas, borrachos, poetas, indigentes, jueces, militares, esclavos, caritativos, tacaños, padres, madres, trabajadores, parásitos, profesores, maestros, profetas, ricos, pobres, maricas, sacerdotes, santos, santurrones, cristianos, judíos, musulmanes, enfermos, héroes, mártires, dioses, de todos se ha burlado. No hay asunto humano que se salve de ser risible.  El hombre tiene el talento de transformar todo lo que le ocurre y todo lo que él mismo es en una idiotez.

    La cuestión de los límites de la comedia, los límites de la burla, surge solo cuando los ofendidos, sean poderosos o no, están bien organizados como un grupo (religioso, político, etc.) que puede expresar su malestar. Actualmente el problema solo se plantea cuando los asuntos de los que una obra se burla son los relacionados con las víctimas de alguna desgracia o injusticia (racismo, hambre, enfermos, misoginia, refugiados, guerra, exiliados, homofobia, maltrato infantil, explotación laboral), asuntos ante los que se le exige a la gente sentir compasión, empatía o lástima y que por eso mismo son asuntos muy difíciles de considerar desde lo risible. Justamente esa dificultad es lo que atrae a los comediantes, lo que los lleva a explorar el asunto para encontrar algo cómico en donde aparentemente no lo hay y, ciertamente, lo encuentran, pues no hay que olvidar que las víctimas son humanos y, con ello, idiotas. Negarse a hablar de su situación desde la comedia por miedo a la ofensa es negarse a considerar su humanidad.

     Ya a nadie le importa si se burlan de la policía, la iglesia o los políticos: esto no suscita la cuestión moral de los límites del humor, aunque ciertamente haya censura sobre estos temas. Pero cuando el comediante habla de una víctima, todo el mundo se estremece y pregunta si hay temas de los cuáles no se debe hablar, es decir, burlarse, porque la comedia no puede hablar de otra forma que no sea la burla. Entonces surge el deseo de establecer límites, de marcar un punto a partir del cual se hace necesaria la censura (prohibir la producción y distribución de una obra, despedir a los artistas, encarcelarlos, enjuiciarlos, etc.) en nombre del bien y la justicia, pues se trata de un límite moral.

    El deseo de limitar moralmente la comedia, la burla en el arte, suscita un impulso de argumentar, de encontrar la justificación racional de la censura. Siempre los hay que dicen que la comedia no puede caer en el irrespeto o en la ofensa por el bienestar y la salud de cualquier sociedad, que cuando toca ciertos temas sensibles ya no puede ser comedia, arte, sino simplemente ofensas de mal gusto. El comediante no debe burlarse del sufrimiento, la vulnerabilidad, el dolor, la debilidad. Esto claramente es una estupidez. ¿Quién dijo que eso tenía que ser así? La comedia no se burla de los débiles, sino de los idiotas; y si desenmascara idiotas, entonces evidentemente está irrespetando, insultando, ofendiendo y lo hace desde el primer momento. No puede hacer otra cosa; si se renuncia a la ofensa, se renuncia a la comedia y nadie puede aceptar algo tan tonto, mucho menos creyendo que lo hace por bienestar y salud. Es solo sensiblería inútil. El ser humano no puede aspirar a no ofender y no ofenderse porque no puede evitar ser idiota. Negar la idiotez es negar la vida humana. La comedia es necesaria para no caer en la hipocresía y esto me parece mucho más conveniente para la sociedad que cuidar los buenos modales. El ser humano necesita reírse de los otros y de sí mismo, necesita recordar que su sabiduría está llena de tonterías.

    También los hay, y esto ya no parece tan estúpido, que argumentan que los discursos tienen efectos políticos en la medida en que pueden servir como instrumentos para perpetuar o justificar las injusticias, el odio hacia un grupo, la exclusión, la opresión, etc. El discurso, efectivamente, tiene el poder de manipular la sensibilidad y la moral de los individuos; y el arte realmente es el instrumento más poderoso para lograrlo.  La comedia no es inocua para transformar y manipular la sensibilidad, pues justamente eso es lo que hace cualquier arte, aun cuando no siempre es del todo claro cuál es el alcance de una obra, es decir, de qué manera influye efectiva y políticamente sobre los individuos, más allá de que unos u otros se hayan ofendido. Muchas veces esa influencia es mínima y se la exagera para encontrar un chivo expiatorio con el que satisfacer los deseos de culpa y castigo.

    En relación con los asuntos de las víctimas y la necesidad de la censura hay, sin embargo, un problema grave: las víctimas no pueden censurar; pueden ignorar, vengaser, matar, quemar libros, destruir pinturas, casas, estatuas, sabotear reuniones, presionar, protestar, pero no censurar, esta es una acción que corresponde al poder, a los poderosos, que por definición no son las víctimas. Es decir, la cuestión de los límites morales del humor, entendida como el deseo de usar y justificar la censura, no tiene mucho sentido cuando se trata del humor hacia este tipo de situaciones: el ofendido no está en condiciones de censurar porque no pertenece al poder político, económico, militar o religioso que es el que ha creado su situación desfavorable. Son el gobierno, la policía, los empresarios, la iglesia los que pueden censurar, despedir, prohibir, cancelar, encarcelar y obligar a un artista a retractarse. La víctima en general no puede prohibir una obra de arte; aun cuando pide que esta se prohíba, aun cuando exige que el artista sea despedido y se retracte, la decisión no es suya, el poder no le pertenece. Los hambrientos no son jueces y los exiliados no son los dueños de los medios de comunicación.  

    Si se censura lo que ofende a una víctima no es por empatía, pues la víctima no es beneficiaria del poder: no sería víctima si así fuera. Por lo tanto, la censura no la beneficia, solo la contenta. La censura hacia las obras de arte racistas en poco o nada ha beneficiado a los negros, principalmente porque los museos, el cine, las editoriales pertenecen a los blancos y son ellos los que deciden qué censurar. La censura no fue lo que liberó a los esclavos de las plantaciones de algodón. Si un grupo de negros quema estas obras, o destruye las instalaciones de una editorial, es su decisión libre y el fruto de su deseo y su sentimiento, pero a eso no se le podría llamar censura: se trata de una respuesta violenta a la violencia de la opresión, como cuando se devuelve un golpe y con ello se sacia la ira. Cada quién ve cómo responde cuando quieren pisotearlo. La censura, sin embargo, solo sirve al poder, es una acción que el poder y las instituciones usan para su propio interés; no lo hace por amor y empatía al prójimo necesitado y ofendido. La censura nunca ha puesto un plato de comida en la mesa de los hambrientos. Por lo tanto, los que exigen la censura de la comedia en los casos en  que alguien elabora un chiste sobre la desgracia de otros no están ayudando a nadie, y su exigencia es solo una idiotez, un amor ciego al establecimiento de normas y prohibiciones, un instinto moral.  

    A la cuestión sobre si la censura de la comedia sirve de algo respondo diciendo que sí, que sirve para que los ricos hagan plata y los poderosos se beneficien porque ese es el único uso que puede hacerse de la censura.

    La comedia es un arte y tiene que ser juzgada como tal. El comediante es un artista, no un opinador; su fin es explorar la vida, los sentimientos humanos, y burlarse de ellos, no ser un mercader de opiniones polémicas. Su obra, polémica o no, influye sobre la sociedad en la medida en que tiene un público y este la juzga como buena y la disfruta. Cuando la obra es despreciada, cuando aburre, su influencia merma porque carece de personas sobre las que influir. Nadie toma en cuenta a los aburridos y nadie debe hacerlo. El poder del arte depende del goce que suscita en su público. Lo que más conviene tanto al arte como a la sociedad es que el público juzgue una obra de comedia no bajo la mirada de la moral (si defiende o no estos y aquellos valores), que en el caso del arte no aporta mucho, sino desde la perspectiva estética, que considera sus recursos, su ingenio y su estilo. Más que la censura, a la sociedad le conviene que el público distinga el chiste que desenmascara a un idiota, que se burla de su idiotez independientemente del asunto que sea, y la mera expresión de una opinión racista, misógina, xenófoba, expresión que en el arte es despreciable no tanto porque sea racista, misógina o xenófoba sino porque la mera expresión de opiniones, cualesquiera que sean, carece de todo valor cómico y es en verdad una tontería. Lo que más conviene a cualquier sociedad es un público que desprecie las obras mediocres.

    La comedia, por lo demás, solo podría ser limitada si se encuentra una sola persona que no sea idiota. Con una basta. Esa persona sería el límite. Pero yo no la conozco.

  • El precio

    Por: Simón Palacio Echeverri

    Tony-George Roux – Une Martyre

    Hay mujeres que inspiran deseos de vencerlas y de gozarlas; pero esta infunde el deseo de morir lentamente ante su mirada.

    Baudelaire, “El deseo de pintar”

    Dejo esta confesión escrita, pues dentro de poco seguiré el mismo camino de la cosa que yace fría y yerta en el banco del río. No es de la justicia humana de lo que huyo, pues, ¿qué daño pueden hacerme los grilletes, las ruedas o las hogueras que yo no me haya hecho mil veces peor? ¿Quiénes son los hombres para juzgar un pecado mucho más negro que el crimen? No, mi alma no se condenará por mis actos, sino que por su propio peso ha de sumirse en el Averno; pero si algo me sirve de consuelo es que por hondo que caiga no he de llegar a las tinieblas donde estará dando alaridos la sombra de la mujer que está tendida en el fango, el único ser que he amado, quien me enseñó que existe tal cosa como el Infierno.

    ¿Y cómo no habría de enamorarme de ella? Con sus rizos castaños y largas piernas de venado parecía una creatura silvestre. Con sus pestañas de gacela y piel morena parecía una ninfa del bosque. Pero sus ojos… eran sus ojos lo más notable en su conjunto. Ni Narciso mismo se ahogó jamás en pozos más profundos. Su figura nervuda complementaba una inagotable fuente de estámina que la mantenía en constante actividad, pues nunca se le veía sosegada. Siempre estaba ocupada en distintos mesteres, revoloteando como polilla inmune al fuego. Bajo un velo de refinamiento se ocultaba un salvajismo puro que resquebrajaba su fachada cada vez que soltaba una de esas largas carcajadas salidas de lo hondo de su seno. Pero lo más impresionante de esa creatura era su vigoroso intelecto. Nunca conocí a nadie que pudiera penetrar tan profundamente los misterios sublunares. Ella sabía muchas cosas del cielo. También sabía mucho del infierno. Mi día podía irse oyéndola navegar por los complicados problemas morales y metafísicos con la maestría de Odiseo.

    Me resistí a declararle mi amor, ¿qué podía darle un ser mezquino cómo yo a una creatura de savia y mármol cómo ella? Me contentaba con estar en su presencia, con poder echarme como un perro a sus píes y ser instruido por ella como un niño o seguirla en uno de esos arranques que le daban cuando la locura la poseía. No quería darme el lujo de desear más, pero más desee. Ella había eclipsado el resto del mundo, perdí el gusto por otras mujeres, las conversaciones con mis amigos se me hacían insípidas. Era como si hubiera comido frutos del Inframundo y ahora era incapaz de volver a la compañía de los hombres. En lugar de colmarme, este aislamiento se había vuelto el único cauce de mi voluntad y el desasosiego del amor me poseyó rápidamente. Debajo de la diosa comencé a añorar a la mujer que después de todo este tiempo compartido se seguía mostrando distante. Era tan fútil como desear una constelación. La desesperación dio lugar a la esperanza: incluso los dioses son movidos por las plegarias. De nada me servía languidecer en cándida agonía. Suplicaría su gracia y me haría digno de ella.

    Yo sé de los dioses y sé que mi amada es difícil de apaciguar: ayuné tres días y tres noches para purificarme. Necesitaba un espíritu fuerte y libre de pecado si quería encarar mi destino. Una luna nueva anunció el momento elegido. Esperaba que fuera un signo de un nuevo porvenir, ingenuidad que me impidió entender que necesitaba de la oscuridad celeste para entregarme a los negros abismos del alma. Nunca la había visto tan bella cómo esa noche. Parecía un pilar elevado cómo monumento de toda la grandeza humana hacia el firmamento. Adorable como el pecado, terrible como la virtud. Intenté articular palabras, pero mi garganta se atragantaba a cada momento, hasta que al final una confesión salió no de mi cuello sino de mis ojos. Su contorno se suavizó y lágrimas de compasión nimbaron sus ojos. Ella puso una mano firme sobre mi hombro y con la voz agrietada por el dolor me dijo que ella no me amaba de vuelta, que desistiera en mis intenciones y volviera al mundo de los mortales, donde las mujeres viven en la tierra y no en los sublimes abismos de abstracción a los que ella se había entregado abandonando el mundo de los hombres. No desistí. Su semblante se transformó en ponzoña, sus ojos brillaron con cólera y su boca se curvó con desdén. En mi rostro se rio de mis sentimientos y me preguntó si de verdad creía que ella la altiva, noble y soberbia, ella que dedicaba su vida a lo grande y bello, podría amar a un ser insignificante como yo de vuelta. Un gusano entre gusanos. Me ordenó que buscara un hueco en el cual recogerme y morir fuera de su presencia, que dejara de desperdiciar su tiempo con mis patéticos sentimientos. No desistí.

    Ahora sus ojos se endurecieron. Su visaje se tornó duro como el granito, sus ojos perdieron su brillo y su boca reposó en una mueca soberbia. Gravemente me preguntó si de verdad estaba dispuesto a darlo todo a cambio de su amor, a mi asentimiento se quedó largo rato en silencio. Finalmente, sus labios se aflojaron y me dijo que sólo consentiría dejarse amar una noche si me mostraba digno de ella y que nada menos que quien es capaz de renunciar a su humanidad podría elevarse a las alturas que ella exigía en un amante.

    -El hombre no es más que ilusión, bien lo sabes. La vida individual no es más que un engaño. Demuéstrame que lo has entendido. Abandona el mundo y a ti mismo, entra al desierto y vence al diablo y te harás digno de mi amor… pero para ello tendrías que abandonar tu deseo… o demuéstrame que entiendes que el hombre no es más que engaño. Siega una vida para ganarme una noche.

    En ese momento ese precio me pareció bajo ¿Qué era una vida comparada con la gloria de su amor? Partí con el corazón en alto, pero no pude dormir esa noche. No pensaba volver con la cabeza baja, la conocía lo suficiente para saber que debía triunfar o desaparecer. Pero escuchar mi corazón palpitar en mi pecho me atormentaba ¿Cómo podría matar a alguien? No podía caer así en la completa insignificancia; si no era capaz de medirme a las pruebas del amor era indigno de seguir vivo. No hay vida sin amor y como ella me había enseñado tan diligentemente no hay tal cosa como vida sin muerte. Sólo la sangre puede pagar la sangre. Las siguientes noches las pasé en los bares de la ciudad vieja observando, calculando. Pero siempre que me decidía a actuar sentimientos de compasión o repugnancia cruzaban por mi pecho. No. Era claro que este asesinato tenía que ser puro, sin objeto ni pasión. Sólo la muerte por la muerte. Era casi luna llena cuando encontré a la víctima perfecta.

    Ya tenía todos mis movimientos planeados. De estar sentado noche tras noche ya conocía cada una de las losas desencajadas de las laberínticas calles. Sabía cada callejón hacia donde serpenteaba, las puertas que daban a tiendas o a tugurios encubiertos. Dentro de todo, le había cogido cariño a esas viejas calles con sus casas coloniales y sus perros sucios con los que se podía trabar íntimas amistades. Quería demorar el acto. La demora estaba ablandando mi corazón y tal vez me vería libre de esa mujer y tendría las manos limpias. Pero no podía más que verla entre las fantásticas formas que salían barrocas de la bruma. Todo me hablaba de ella. Todo me hablaba de mi mezquindad. Tenía que hacerlo para por lo menos vivir cómo un hombre, así fuera el peor de los hombres.

    Esto y más estaba meditando, atormentado constantemente por el recuerdo de mi amada cuando vi que del bar salía un hombre solitario. Lo reconocí, lo había visto allá mismo otras veces. Siempre iba solo y siempre salía irremediablemente borracho. Aunque lo reconocí no me había formado ninguna opinión de él, ni siquiera me había fijado en sus facciones -y nunca habría de hacerlo-, no era más que un hombre con sus penas y sus preocupaciones, con una vida insatisfecha cómo todas las demás. Era perfecto.

    Me acerqué a él con ademanes amistosos pidiendo un cigarrillo, aparentando buscar compañía en mis penas. No es complicado despertar la simpatía y ganarse la confianza de los hombres. Unas palabras amables, un oído abierto y una simulada necesidad de consuelo es más que suficiente en muchos casos, y él no era la excepción. Fuera un hombre excepcional o no, nunca lo supe. Me negué a investigar sobre él una vez consumado el hecho y procuré olvidar todo lo que él me contó esa noche para no perder la cabeza. Pero no tenía ese consuelo en ese instante. Con cada paso que daba entre las retorcidas calles me iba haciendo una imagen más clara del hombre con cuya vida habría de pagar mi amor.

    Lo guíe al río con promesas falsas. Le hablé de un lugar junto al río al que algún hecho había cargado de particular importancia. Un lugar al que la confianza y las frías estrellas, tan invisibles entre los dilapidados edificios, me llamaban. No era completa mentira: si hasta entonces ese lugar no había sido para mí más que un lugar tranquilo para disfrutar de la soledad desde entonces se habría de convertir en una nueva pila baptismal en mi vida. Descendimos torpemente por los escalones ocultos entre la maleza. Incluso le ayudé con sus pasos cuando se tropezó. Si él conversó o permaneció mudo no lo recuerdo. Sólo sé que yo esperé sentado en el banco del río un largo rato, mirando sobre mi cabeza el firmamento deslizarse llevando consigo todas las fantásticas figuras donde estaba descrito el ineluctable destino que me esperaba esa noche. Yo estaba gélido. Quería actuar y acabar con ello de una vez por todas. Cumplir con la horrible labor que mi amada y mi torturada alma me habían encomendado. Pero el calor de mi pecho no podía contra el frío de la noche. Fue entonces que lo vi. Estaba inclinado sobre el río, a duras penas capaz de sostenerse de lo borracho que estaba, pero atraído por algo. Me acerqué, quería ver lo que él estaba viendo, pero en ese instante un impulso brutal brotó de los rincones más desconocidos de mi espíritu. No tuve que forcejear mucho. A duras penas pudo luchar. Una vez arrojé el cadáver a las aguas miré el punto que él había mirado en sus últimos momentos y no vi más que mi reflejo, sucio empapado y distorsionado por la corriente y el miedo.

    Mustio regrese, encendiendo cigarrillos con las colillas encendidas del que moría entre mis dedos. No temía que me siguieran. Había sido lo suficientemente cauteloso cómo para asegurarme de que nadie pudiera verme salir de ese camino de piedra. Pero siempre que algún borracho se atravesaba por mi camino algo en mí me hacía creer que sabía lo que había hecho. Otra parte me pedía confesarle a gritos mi crimen. Creo que lo hice un par de veces, pero sólo se rieron de mí. Finalmente, tambaleándome y con las puntas de los dedos quemadas, llegué al callejón donde ella había hecho su morada. La vi entre las sombras, una casa en despojos, medio hundida en la tierra, como si el infierno mismo hubiera intentado devorar esa perversa mansión y se hubiera atragantado. Subí por los podridos escalones y crucé el negro umbral hasta que llegué al santuario donde dormía el monstruo que a cambio de sangre me recibió en su vida.

    Cuando desperté encontré la cama vacía y su almohada estaba fría. Tal vez todo había sido un sueño, miré mis manos y estaban limpias. Pero su sabor seguía en mi boca mezclado con otro sabor. El sabor de la culpa con cigarrillos y agua del río. De nada servía arrepentirse. Ya los dados se habían lanzado y mi osadía fue recompensada ¿Acaso no era mía ahora la mujer de mis sueños? La luz del sol por un momento dispersó las sombras de la noche anterior, pero también revelaron lo que no podía ser más que una sentencia de muerte abandonada a los pies de la cama. En una nota, lacónica según su costumbre, ella me alababa por los actos de la noche anterior, pero me instruía que si deseaba verla de nuevo tendría que repetir esa atroz hazaña. Y habría de hacerlo cada vez que solicitara su audiencia. Mi señora era una diosa celosa y con una insaciable sed de sangre.

    El primer paso siempre es el más difícil. Llegar de la nada al algo siempre será más complicado que hacer de un grano de mostaza una montaña. Eso no quiere decir que para mí haya sido fácil mi caída. Mi sed de ella sólo era comparable con su sed de sangre. No sé cuantos cuerpos apilé. No tiene importancia. Si algo es cierto es que entre uno y mil no hay diferencia. Me había convertido en un esclavo. En un ser que taja cuellos para que su amo le sonría en un buen día. Y entre más dedicaba mis energías a alimentar el apetito de mi ama, más mi cuerpo se iba demacrando hasta que bajo mi piel todos mis huesos se habían vuelto visibles y mis labios se habían vuelto del color de la luna o de los ojos de los ciegos. Lo único que se mantenía rojo eran mis manos, reducidas a instrumentos de una crueldad locamente fundamentada.

    Como una luna cruel ella iba creciendo y creciendo cada día, voluptuosa y bella. Una tirana engordada con la carne de los muertos. Yo no era más que una sombra, una pálida cosa de piel y huesos que llegaba con la presa entre los dientes para suplicarle el derecho a dormir a sus pies. Incluso había veces en las que llegaba cargando con más de un muerto para poder reclamar varias noches de su compañía. Aunque la veía más de lo que jamás la había visto hasta entonces, ella callaba la mayor parte del tiempo. Mi maestra había dejado de ser mi instructora, convirtiéndose en un ídolo cercano y a la vez lejano. No es que su inteligencia hubiera desaparecido. De momento a momento dejaba escapar uno que otro pensamiento que revelaba que su mente se había envigorecido junto con su cuerpo.

    Por extraño que parezca, entre todo su silencio y su crueldad supe que ella llegó a amarme, y no sólo como una señora compasiva puede llegar a amar a un siervo útil, sino como una hermana puede llegar a amar a un hermano menor o una amante de noble linaje puede amar a su plebeyo pretendiente. Este amor era tal que por más que mi estómago se revolviera ante cada puñalada mi mano siempre estaba dispuesta a prodigarlas liberalmente. Sólo para tenerla a ella. Haber probado su carne no había satisfecho mi deseo, ella era de esos frutos encantados que una vez probados no permiten regresar a la tierra de los profanos. En las noches sin luna, ella me guardaba en sus senos de las sombras, cuando la luna estaba llena me tapaba los ojos con sus manos para que yo no pudiera contemplar mis grandes culpas. Por más que yo hubiera menguado, su crecida me servía de albergue y sustento y su fortaleza me protegía más de lo que antaño habían hecho mi propia alma y cuerpo ¿Por qué fue, entonces, que yo la maté?

    El amor es grande, el amor es terrible. ¿De qué me servía ganar el amor si perdía mi alma? ¿De qué sirve el amor de una mujer cuando por él se consume el propio espíritu? Sé que era feliz, infinitamente feliz. Amor como el que yo sentía ha sido sentido pocas veces por una mujer y casi nunca se ha visto correspondido. Feliz podía entregar mi cuerpo a su cadalso, feliz podía ser el esclavo de una señora cruel y distante. Pero el pozo de maldad al que mi querida me había conducido me había corroído hasta el tuétano y tenía que decidir en ese último momento: dar una última bocanada de vida o sucumbir completamente a la podredumbre. Con la ira del amor en contra escogí la vida.

    Una noche, las manos aún húmedas con la sangre de un niño, la llamé por su ventana. Ella se asomó, como una estatua de bronce bañada en plata, bella como hasta ese momento no la había visto. La luna llena me había revelado encantos que tras dos años de sangrientas nupcias yo aún no había descubierto. La llamé por su ventana y ella descendió con pasos del viento sobre las hojas. La besé en los labios, la besé en los pechos y mano en mano la llevé por ese camino que por primera vez me condujo de un lecho de muerte a su cama. No me apresuré y bebí su belleza cómo el naufragó que saborea las últimas gotas de su botella. Seguimos el camino que llevaba al río, yo como un espectro hecho de luz de luna deslizándose entre las hierbas y ella como la dríada de un roble robusto y sagrado que camina en terrenos que le son conocidos. Y lo eran. Fue ella quien me había mostrado ese pasaje antes de que el sol se pusiera.

    Largo tiempo contemplamos nuestros reflejos en el río que llevaba mis primeras culpas. Largo tiempo miramos la luna que había visto tanta sangre derramada y tanto amor que la pagaba y cuando ella descendió en las aguas de occidente tuve la fuerza de ponerle sello a ese amor maltrecho. La llamé, ya sosteniendo una roca en la mano. No podía acabar con ella a sus espaldas. Tenía que saber lo que sucedía. Tras el primer golpe ella cayó con una rosa abierta en sus sienes. Destrozada en el fango, aún tuvo fuerza para sonreír y decirme “por fin lo has entendido”. Arremetí contra ella hasta que su rostro no fue más que una flor de sangre y hueso, hasta que del rostro que yo tanto había amado no quedaba más que una flor abierta a los elementos. Besé sus manos, tan bellas e inocentes y dejé su cuerpo entre los juncos y las cosas del bosque, sus hermanos, para que la acompañaran en su viaje al infierno. Y seguro es en el infiero donde ella terminará sus días hasta el Día del Juicio. Su belleza iluminó este mundo, su resplandor guío mi alma. Pero era una luz del averno. Pocas veces se verá sobre la tierra una criatura tan excelsa, así sea con una soberbia satánica. No se me puede culpar. Si ante ella sucumbí fue en reconocimiento de su grande belleza. Pero ella me dejó sin sangre. Dicen que la única forma de salvarse del vampiro que lo ha mordido es clavándole una estaca en su negro corazón, pero en mi caso no fue suficiente. Ella yace muerte, muerta y bella en los bancos del río, pero yo sigo maltrecho y no me queda mucho de vida. Pero aún vivo y decidí vivir a pesar de ella. Me he condenado en la tierra, pero quizá esta última bocanada me de la fuerza para no avergonzarme de mí mismo

  • La voluntad y el hombre moderno

    José Miguel Gómez Arbelaez

    ¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?

    Don Quijote, Segunda Parte, Capítulo VIII

    En medio del extraño sopor de la irracionalidad exterior transitoria (es decir la ebriedad), me acosa la pregunta por la voluntad. ¿Qué es la voluntad? y, quizás más importante ¿por qué admiramos al quien somete el universo y sus propios actos a una voluntad? No es sólo en el capitalismo más salvaje que se cree en esta figura del hombre que se forja a sí mismo a través de su férrea osadía e inquebrantable voluntad. Toda la psique moderna admira y emula, o quiere emular, al hombre que, después de elegir un destino, se centra en él con tal determinación que no hay circunstancia que pueda interponerse entre el susodicho y el logro. Nos impresiona el valiente, desquiciado y poderoso gesto que desemboca en los galeones ardiendo mientras Cortez mira impávido. Nos preguntamos, por lo menos algunos de nosotros, por el momento en que Bonaparte decidió que iba ser emperador y remendó su traje de oficial de artillería convirtiéndolo primero en túnica consútil y después en púrpura imperial. Esa voluntad nos sorprende porque desafía la debilidad que presentimos en nosotros mismos. En ella vislumbramos la misma voluntad que pone en entredicho nuestros carácteres imperfectos y nos hace semidioses. El hombre decidido es capaz de enfrentarse al destino, mirarlo a los ojos y cargar contra él, convencido de que es imposible que el plomo pueda rozarlo. Pero ¿podemos ser cómo estos hombres?, ¿existieron acaso? o ¿son por ventura tan sólo figuritas de cera forjadas por el azar? Y si existen, cabe preguntarse, ¿son admirables? Me temo que no. La voluntad inquebrantable de convertirse en Dios, aunque es el mármol con el que se construye el templo de la historia debe ser observada con resquemor por nosotros; quizá incluso con abierta hostilidad. Empero, esto no es una apología de la debilidad. Ni es un llamado para que bailemos al son de cualquier ventisca. No. Este no es un discurso a favor de la inconstancia, ni del realismo, ni mucho menos del pragmatismo. Es la defensa de una voluntad particular, diferente y a la vez similar a la de estos hombres. Una voluntad que, en todo caso, es desconocida para el moderno. Este es un texto que defiende la inquebrantable voluntad de someterse, la firme y resoluta decisión de obedecer.

    No responderé todavía a qué. Primero explicaré que enfermedad he encontrado incrustada en la mente colectiva del moderno que me lleva a sugerir tamaña idea. Desde el advenimiento de la modernidad, en un momento indeterminado hace unos cuantos siglos, la humanidad ha defendido desde una perspectiva u otra, la idea de que el hombre puede conocer y dominar el universo con su alma racional. Este singular pensamiento ha tenido consecuencias titánicas. Una vez se siente capaz de comprender el universo a través de su razón individual, no queda de otra que levantarse contra toda jerarquía. Pues, si un fulano cualquiera cree que en el habitan las capacidades racionales para interpretar el universo y decidir el rumbo correcto de su existencia, es apenas natural que todo hombre, institución o estructura que tenga la intención de dominarlo se convierta por fuerza de la lógica en un enemigo al que hay que destripar. De esta manera, quienes comparten nuestras ideas sobre cómo debemos llevar la vida, serán nuestros compañeros en armas, los que no, serán nuestros mortales adversarios. Como inevitablemente vivimos en sociedad, y por algún motivo inescrutable para el moderno la razón sigue produciendo opiniones disimiles sobre el mejor gobierno para los hombres, la mesa está servida para que nos descuarticemos sin cuartel. Por ello, el intento decimonónico (y algunos cuantos contemporáneos) de reunirnos bajo símbolos nacionales estaba inevitablemente destinado al fracaso. Cada uno, con su alma racional susurrándole al oído, tiene una opinión diferente sobre el color que prefiere para la bandera. No era sino previsible que iba a ser imposible que el populacho se pusiera de acuerdo sobre si era el queso rancio o el queso fresco el lácteo llamado a hacer de comida nacional.

    Creyendo resolver la encrucijada, el hombre moderno repintó la destartalada democracia de los griegos y la puso sobre el escenario como un primate que sabe tocar el piano, se lavó las manos y declaró el problema solucionado. La democracia resolvería las desavenencias entre los nuevos ciudadanos; pero lo que era apenas un paliativo se convirtió en un catalizador de unas almas fogosas que estaban desesperadas por luchar. Bastaron las primeras elecciones para que cayéramos en la cuenta de que la mayoría de la gente parecía tener un alma racional que tomaba decisiones, que a nuestro leal y buen entender, eran enteramente irracionales. Ni un solo hombre, después de que su idea fuera derrotada en las urnas, se sentó a reflexionar sobre los errores lógicos que cometió al votar por la idea contraria. Ninguno pudo, por más que la filosofía lo demandaba, aceptar de todo corazón el resultado, abrazar a sus enemigos y, convencido de que la razón pervivía en la idea triunfante, dedicar sus esfuerzos a que se hiciera realidad la voluntad popular. La democracia no dirime diferencias. No, el hombre moderno, borracho de poder y beodo en sus facultades racionales, inmediatamente comenzó a planear su venganza.

    No puede aceptar ni este, ni ningún tipo de sometimientos. La democracia es para él, y para todos nosotros, tan solo un medio; ya habrá un momento para demostrarle a los triunfadores que nadie se burla de sus facultades cognoscitivas y que siempre tuvo, tiene y tendrá la razón. El hombre moderno es indomable, es rabioso, es orgulloso y es ciego y sordo a todo tipo de argumentos. De esta naturaleza efervescente deriva no sólo la inestabilidad de un sistema que está constantemente al borde del desastre, sino también su esterilidad. Vivimos en sociedades que están en pie de guerra consigo mismas todo el tiempo, a punto de lanzarse a devorarse intestinamente. El hombre moderno no conoce lealtades, ni medios legítimos. Su voluntad, por lo tanto, es la de no someterse a nada. Por eso, incluso cuando se le da la razón se voltea furioso y salivando con los ojos enrojecidos nos grita que no le entendimos, que ya no piensa lo mismo y que a él no lo constriñen ni siquiera sus ideas anteriores. Debe ser a toda costa libre, así eso implique ser infeliz, ser miserable y tener que dormir con la espada en la mano.

    Pero ¿es realmente libre el hombre moderno? y ¿es de tal valía la libertad que con tenerla se aplacan todos los dolores de una vida sin sosiego? Empecemos por entender que la libertad no puede ser fin. La libertad es, por naturaleza, medio, es camino para llegar a un lugar y no destino. Pretender que la libertad es un fin ha sido elemento fundacional de la modernidad, pero hacerlo es un verdadero y colosal exabrupto. No por tener la mesa llena de viandas hemos comido, no sólo hace falta el apetito sino los buenos modales al cenar. La libertad, por sí sola, no es nada. No vale nada. La libertad es una divisa representativa de una infinitud de posibilidades. La sola libertad es el instante anterior a la decisión, es el momento de absoluta indeterminación. Obsesionado con ser libre, el hombre moderno rechaza sus más íntimos instintos. Cada paso que da es inseguro, porque su fin último es precisamente no arribar, no llegar. Desea, con una fuerza intrépida y violenta, no comprometerse con nadie, con ninguna idea. Parece que la verdadera pregunta es cómo es posible que el moderno llegue a su trabajo. Es una verdadera hazaña que sea capaz de decidir terminar un libro, ver una película o estudiar una carrera. No hablemos de matrimonios, que alguien decida casarse es un hecho de proporciones míticas. Por ello, no en vano, el hombre moderno deja salidas para todo. Nunca un compromiso puede ser eterno. Es tal su frenesí que no tiene con cortar las correas que le impiden el movimiento sino las que sostienen su pantalón y evitan que caiga al vacío. Convencido de que ser libre es el único fin loable, siempre está haciendo huecos a la muralla para escaparse. En términos de nuestra reflexión, quema los galeones pero deja uno. Al final sus actos son risibles y patéticos porque carecen de verdadera determinación. Su alma racional se parece más al dado que a la flecha.

    ¿Es posible una solución? todos somos víctimas de este mal que carcome nuestro carácter y nos hace pavonearnos de nuestra infértil libertad. Atemorizados no dejamos de ver en cada rincón amenazas a nuestra tímida libertad. Se nos pasa la vida luchando contra enemigos imaginarios. La libertad, para el hombre moderno, es ser esclavo de todos y de todo. En vez de tener un sólo amo, el hombre moderno se encuentra con amos en todos lados; uno en la cocina, otros cuantos en el trabajo y alrededor de treinta en el transporte público ¡con razón llegamos exhaustos a nuestras camas! Detrás de ese comportamiento errático se encuentra el terror a la condición servil. Esta idea no tiene nada de nuevo, ni siquiera de escandaloso, toda la filosofía liberal no es sino cambalache paradójico. El hombre, por miedo a la esclavitud, acepta la esclavitud. Ahora, antes de la llegada de los ilustrados tratadistas, cuando se hacía una transacción el hombre recibía a cambio de su libertad un destino, un señor y no pocas veces una tierra.  Después de los filosofismos ilustrados se le otorgó, a cambio de su libertad, la idea de la libertad.

    ¡Y con que cara seria y voz portentosa anuncian los profetas de la modernidad el buen negocio concretado por el hombre! Por todos lados se le felicita por su sabia decisión. Se le explica que la idea de la libertad es más valiosa que cualquier pedazo de tierra; que al fin y al cabo ahora, si se lo propone, puede ser dueño de cuanta tierra pueda conseguir con la recién adquirida facultad. Todavía se anuncia la revolución liberal como el momento de mayor grandeza del hombre. La modernidad es de tal inverosimilitud, que se celebra el acto de ceder la propia libertad como inicio del fin de la larga genealogía de tiranías que han encadenado al hombre. Bastó un juego de palabras para esconder detrás de un ideal inerte la cadena más robusta alguna vez utilizada para esclavizar un ser humano.  ¿Por qué resultó efectivo el sofisma? Porque se le prometió al hombre la transfiguración en deidad. Solo ofreciéndole la conversión en Dios se le podía convencer de que cediera, sin más, su libertad. Todo el discurso racional ilustrado tiene como fundamento ese acto primero de vanidad, esa confianza última en que el hombre puede y debe acceder a los más recónditos secretos de la naturaleza. El mundo liberal y racional en el que habita el hombre moderno es resultado de una transgresión, de un rompimiento prematuro y orgulloso del velo mistérico que cubre todas las cosas. La Ilustración es la repetición a pie de letra del pecado original; y así como el descendiente de Adán carga la mancha originaria, así cargamos nosotros la mácula de nuestros antepasados ilustrados. No tenemos que remitirnos, aunque deberíamos, a historias de pueblos desérticos para ver la mancha que habita en todos nosotros.

    Se confundió el conocimiento con el poder. Ese acto, como casi todo acto de maldad, no surgió de una premeditada voluntad maligna, sino de un terrible temor. Aterrorizado por su capacidad para hacer daño, el hombre prefirió derrocar la justicia divina y convertirse en juez antes de tener que someterse. Este acto de ira y de rabia, como todos los actos de furor, era superfluo. Al hombre se le había prometido el perdón por sus pecados, bastaba con el arrepentimiento. Pero el azar y el demonio se conjuraron propiciamente y le prometieron al hombre una solución que no requería de su constreñimiento, de la momentánea humillación de la compunción. No tenía que doblegarse ante ningún altar, ante ninguna naturaleza indómita, podía, si así lo decidía, convertirse en el nuevo señor de la tierra. No se le dijo, no lo llegó a pensar el hombre, que esa promesa no era solamente para él, sino para todos sus congéneres. Creyendo liberarse de la tiranía, el hombre se volvió esclavo de la humanidad. El humanismo no es sino la primera de las muchas ideologías totalitarias que estaban por llegar.

    Desde tiempo atrás el hombre había aprendido a temerle a la repentina furia titánica que desataba sobre él, y aquellos que amaba, la cruel violencia de la naturaleza. Pero ese temor no siempre se había convertido en indomable y destructora rebeldía. La sabiduría de los ancestros, a través de la experiencia religiosa y estética, preparó al hombre para afrontar el azar o la providencia acudiendo a la fibra de la aceptación mística. De diferentes maneras, y siempre a través de intraducibles fórmulas, el hombre les había enseñado a sus descendientes que se debía temer más a la propia vanidad y ambición que a la imprevisible naturaleza. Toda la incertidumbre, todo el dolor y toda la violencia que podía desatarse sobre el cuerpo del hombre podía soportarse, pero no ser comprendida. En esa aceptación el hombre había entendido lo que no podía conocer por sus propias facultades. Todo hombre grande, todo monarca, héroe o papa, que aceptara el dolor se convertía en el hombre servil que estaba sometido a su propio poder. La hermandad espiritual de la servidumbre le manifestaba al hombre, a la vez su propia pequeñez, y su participación de la totalidad. Ningún dolor podía ser a la vez eterno e insoportable. Pero para realizar un acto de esta potencia, de semejante raigambre legendaria y divina el hombre debía aprender a someterse. No podía fertilizar en su alma su deseo de grandeza, ni alimentar en sí mismo ninguna fuerza que aspirara a dominar el universo. Su vida debía consistir en un ejercicio espiritual de sometimiento. Todo ejercicio siempre supone someterse, constreñir y limitar para lograr.

    La voluntad que emergía en ese hombre estaba guiada por su propia experiencia minúscula del todo. El hombre debía adquirir, en el curso de su existencia inmanente, la lenta certeza de aquel bien y de aquella belleza que lo consolaban en los momentos sombríos. No debía, como hizo la modernidad, intentar tomar en sus propias manos y tragarse la flor que expelía la dulce fragancia que lo consolaba. Sino aprender a cuidar de la tierra que hacía posible la existencia de ese nardo. El cargo de centinela de lo sagrado le parecía un gran honor, pero para los sofistas y los ambiciosos nunca fue suficiente.

    Ese sometimiento del hombre a los dioses carecía de lenguaje traducible. La necesidad de lo divino siempre se presentaba como ciega al hombre. A esa necesidad ciega el hombre le buscó impíamente una razón. Enfrascado en tocar el fruto sagrado, en apretarlo en sus manos y en probar su dulce pulpa el hombre concluyó que si los dioses se comportaban de manera errática entonces que él también podía ser dios. Ante el tribunal de la historia el hombre expuso sus argumentos: los dioses habían gobernado por mucho tiempo y se habían degenerado en el proceso. Él, en cambio, había escalado el escarpado olimpo utilizando sus facultades racionales y era a esa razón a la que de ahora en adelante sometería el universo. No habría más necesidad ciega: el hombre prometía matar la tragedia. Sin embargo, ¡Qué simple respuesta se hallaba escondida detrás del comportamiento errático que el hombre adscribía a sus dioses! Ese irracionalismo que la sociedad del hombre crecientemente veía en todas las bestias y en todo lo malo, no era sino la forma que tomaba todo aquello para lo que era impotente. De este modo, el hombre se vio en la necesidad de condenar todo aquello que lo excedía. Los hijos del hombre tuvieron que dedicar su tiempo a la composición de complejos trabajos que desvirtuaron primero la existencia de la belleza y luego hasta la del artista.

    Todo porque temía obedecer. Desde adentro escuchaba el llamado de su daimon, pero con fría fuerza cerraba las puertas hacia su interior. Todavía en la soledad, cuando se acalla el ruido mundanal del exterior, percibe las suaves lágrimas de ese compañero que no para de llorar el rumbo elegido por el hombre. La fértil vida interior que todos los hombres tenían ha sido condenada por la ciencia moderna, pero sobre todo por la política moderna, a permanecer enclaustrada desde el primer momento que se escucha el grito primitivo que en ella se aloja. Si no fuera por la vida de las tabernas, del vino y de la cerveza el hombre no sabría lo que es asistir al espectáculo que es su propia vida interior. Pero la vida interior no es la personalidad. La personalidad no es sino la conclusión hereje de la empresa que es la deificación humana. La vida interior es la energía primaria que lo conecta con el todo, es el único reducto verdadero de libertad. Es la única libertad que no lo embriaga y lo llena de hybris.

    En ese estado puro e individual constata su hermandad con todas las cosas y con todos los tiempos. En su vida interior encuentra campo – ¡Al fin! – ­para soportar los embates de la experiencia inmanente. En ese estado atiende a esa experiencia del todo y puede aceptar el comportamiento de las fuerzas divinas. Allí entiende y agradece su impotencia y asume su puesto en la jerarquía universal de las cosas. La fuerza de lo sublime, del acto grandioso que nos somete, de la historia y del amor se condensan en ese instante que admitimos nuestro rol en el entramado de las cosas. Agradecemos la presencia del muro, que entendemos que es muralla que nos protege y no simple cárcel que nos constriñe.

    La libertad, una vez el hombre ha decidido someterse, se vuelve real y concreta y no abstracta e imaginada. El primer acto glorioso del hombre es el de obedecimiento, que supone, como es obvio, la facultad de decidir. Pero no es obligado a obedecer, no es llevado por cadenas hasta el altar para que recite palabras aprendidas de afán, pues el acto por medio de cual obedece es propio, es el acto más importante de su existencia. Es acto por medio del cual se define a sí mismo. En ese acto, a diferencia de todos los actos erráticos y rabiosos de la libertad desenfrenada, el hombre entiende que está entregando su libertad. La libertad es bien que cuando se usa se pierde. El hombre que entiende esa paradoja valora la libertad entregándola después de haber reflexionado, pero, sobre todo, la valora conservándose fiel a su acto de entrega. Mantiene el curso del navío, a pesar de las tormentas que puedan aparecer en el horizonte, y contempla aquello que ama, aquello que admira, aquello que encuentra sublime, como consuelo para mantenerse recto en su curso. Nada le asegura el feliz término de su travesía, pero su acto fiel y valiente lo mantiene tranquilo y satisfecho. Sabe de la impotencia que es connatural al hombre, pero esperanzado observa como ese último reducto de libertad se consume en la coherencia de sus actos. Desarrolla su papel trágico o cómico con una extraña certeza que no podemos comprender sino viviéndola. Ese hombre queremos ser todos, porque ese hombre es fiel a sí mismo.

    El hombre siempre libre puede llegar lejos, pero ese logro será siempre apariencia. Su éxito dependerá siempre de una tirada de dados, su felicidad será un punto minúsculo en medio de una ambición siempre creciente. Como Atila morirá ahogado en su propia sangre.

    Cómo quiero yo, cómo me ruego a mí mismo escuchar estas palabras. Dejar atrás el torrente de la avidez -el deseo de saber y comprender-. Sé que he hablado con la verdad porque presiento en cada cosa el fulgor sagrado de los dioses que hemos olvidado. Tan sólo necesito dominar mi voluntad por un instante. Ese dominio debe ser verdadero y sincero, con una vez bastará. Es suficiente vivir un instante en esa conciencia del todo, alinear nuestra voluntad y aceptar nuestro divino puesto en el intraducible orden del universo. ¡Ay, pero el hombre es débil! lo tienta la inconstancia, pero sobre todo lo tienta el poder. El hombre piadoso debe hacerse consciente de que vive en la potencialidad de la tragedia. Es decir, que sus actos abonan el terreno para que la necesidad desbocada consuma su existencia hasta llevarlo al dolor y la deshonra extrema. Comprender esa estructura histórica es alejarse del patetismo de la mera necesidad y del histrionismo de una libertad prometeica y absurda.  

    Básteme hacer una precisión final. Hay una particular visión de la sofistería moderna que ha creído resolver el problema de la libertad dotando al inconsciente de esa divina facultad. Su argumento es hábil y subrepticio. La libertad existe, pero no hay una consciencia que pueda ejercerla. En consecuencia, el hombre a medida que existe toma inconscientemente esas decisiones que terminan por completar su identidad. Este argumento desconoce la esencia misma de la libertad de dos maneras fundamentales. La primera es la de responsabilidad y la segunda es la del reducto de conciencia.

    La responsabilidad no debería requerir de explicación. No se trata, como creen algunos, de ganar viandas o perder bienes en virtud de actos bondadosos o nefarios. La responsabilidad es más simple y a la vez profunda. La responsabilidad es, en los términos más llanos, la sensación que tiene el hombre de indignación respecto a sí mismo. Pues el acto no cambia nuestro estado de felicidad, no nos saca de la miseria ni del dolor; pero nos admite habitar con dignidad la pocilga o el palacio.

    El reducto de conciencia representa la indivisible última unidad del hombre. El átomo del que parte toda humanidad. Ese fortín es la inexpugnable fortaleza que defendemos contra las invasiones bárbaras y de la que somos presos hasta el último de los respiros. Esa conciencia permite, cuando así lo intentamos, una habitación viva y atenta en la inmanencia de un mundo que por todos los poros le resuenan cantos sagrados. En ella podemos, por instantes contados, liberarnos del automatismo que nos entumece. Es el más sagrado de los cubículos del templo, allí se guarda el arca de la alianza. Toda teoría sobre la libertad que desconozca estos dos elementos no sólo es absurda, sino que es una libertad que no vale la pena; que zozobra bajo su propio peso.

    Para conservar ese instante de autonomía, para sentirse único y a la vez miembro del todo, el hombre debe elegir. Su elección es simple, pero de proporciones titánicas. Su libertad es un bien perecedero, no puede guardarla como potencialidad, debe usarla. El enemigo se acerca raudo con una velocidad meteórica y debe apuntar y disparar la única bala que le queda en su mosquete viejo. Debemos, como Tadeo Isidoro Cruz, estar preparados para someternos a nosotros mismos. Dominar la libertad es saber entregarla; pero no a ideales abstractos de filósofos contractualistas, sino a aquello que nos compele. La libertad no puede ser entregada al conglomerado, ese recurso cobarde delega y obscurece el digno acto de someterse. La Ilustración, que tanto dice confiar en el hombre, de entrada, elige quitarle la libertad a través de un mito cojo. No. El acto que nos liga con lo más hermoso y digno es aquel en el que nosotros mismos elegimos someternos a un bien superior para eliminar toda mácula. Todo el Derecho de la humanidad, toda la historia escrita y por escribir, parte de ese acto sublime.

  • Amor de otro mundo

    Por: Pablo Santiago Ruiz

    Sin que ya fuera muy obvio, P subía la colina lo más rápido posible. Había tenido suficiente de la caminata. Abundaron las veces en que sus hombros chocaron y sus dedos se rozaron como por equivocación, sin que ninguno de los dos se atreviera a entrelazar las manos. Le miró los labios. El atardecer los coloreaba de un rojo achocolatado; eran gruesos y brillantes, e invitan a que les arrancara hasta el último tinte de labial a punta de mordiscos. En vez de hacerlo, P dejó escapar un suspiro y apuró el paso. De ser por él habrían continuado remolineando. Por suerte ella tomó la iniciativa; a los pocos minutos de llegar a la cima estaban tendidos sobre un mantel, arruchados y sorbiendo vino de caja. Ella sintió sus ojos sobre su cuerpo y se alegró de acertar con la blusa escotada, que invitaba a resbalar desde su cuello, por los brazos y hasta la espalda, culebreando por el camino de su piel canela. Él tragó saliva.

    La certeza de saber cuánto la deseaba se le hacía fastidiosa; el sentimiento era tan puro que no daba cabida a nada más; ni amor, ni complicidad o siquiera interés por sus palabras. P era un perro, pero uno solapado; y ella lo sabía. También sabía lo que quería y la divertía que no supiera cómo pedírselo. Él le agradecía su risita nerviosa, y el pudor con que desviaba la mirada cuando se acomodaba el bulto bajo el pantalón. En general, le agradecía estar ahí, feliz, o por lo menos conforme de estar con él; porque P prefería hostigarse con ternura y mimos falsos antes que estar solo, auténticamente solo. 

    Esperaba a que oscureciera para pedirle un beso. Lo tenía todo planeado: En cuanto salieran las luciérnagas la noche quedaría como un candelabro, y ella se le arrimaría más y le diría qué romántico. Ahí se sacudiría la pena que le quedaba. Sin embargo, se acabó el atardecer y ella comenzó a mirarlo con ojos de qué estás esperando. Algo dentro de P se sentía obligado a disculparse, mas ni de eso fue capaz. Cuando por fin abrió la boca su garganta se le cerró. Se le había atrancado una luciérnaga. Abrió los ojos y se agarró del pasto, y muchacha decía ay, ay, y lo abanicaba, y le daba palmaditas en los cachetes, y otra vez ay, ay, y luego no fueron palmaditas sino palmadotas; ella misma comenzó a hiperventilar cuando P se puso morado.

    Cada vez que el bicho prendía su bombillito iluminaba un pedazo de costilla o arteria o pulmón. Llegó al corazón y horrorizó a la muchacha mostrándole un palpitar que, entre titilar y titilar, se hacía más desesperado. Ella dejó escapar un chillido y se propuso llamar a una ambulancia, pero la luciérnaga comenzó a devolverse sola. Supo que estaba en la boca por los chorros de luz que se le escurrían de entre los labios. Le abrió la mandíbula y salió zumbando, confundiéndose con el resto. La muchacha se dejó caer sobre el pecho de P tras suponerlo fuera de peligro.

    Cuando recobró el conocimiento lo primero que vio fue a la luna. Tardó un tiempo en desviar sus ojos del cielo y fijarlos sobre su acompañante. Ella aplaudía, literalmente, el milagro de su recuperación. Se inclinó para besarlo pero él se le corrió; claro que después de un susto así su frialdad era comprensible. Ella no paró de llorar entre que lo subió a su carro y lo dejó en su casa. Lo acariciaba como a un niño desde el asiento del conductor; P alcanzó a contar siete veces en que frenó en seco y le preguntó si se sentía bien. Él siempre respondió que sí, pero con la certeza de que mentía. La verdad es que se acostó desconcertado, delineando a la perfección y bajos sus párpados el círculo blanco de lo que creyó era el bombillo de su habitación.  

    La muchacha llamó tres veces por tres días distintos, y luego dejó de insistir. Una parte de sí se sentía culpable; después de todo, lo había tratado bien.  Pero otra mucho más fuerte quería asegurarse de que no volvieran a encontrarse. Si iba caminando por la calle y creía reconocerla, inmediatamente se cambiaba de acera; y si no podía, sencillamente daba media vuelta y dejaba lo que estuviera haciendo para otro día. Comenzó a comer menos; con frecuencia se sorprendía a sí mismo divagando; y con el paso de las semanas lo empezó a abrumar una sobrecarga de energía que solo conseguía disipar caminando, y de noche, porque si lo hacía de día luego tenía que repetir el mismo recorrido entre las sombras. Tampoco juzgó necesario moderar sus nuevas excentricidades, en parte lo divertían.

    Fue durante una de esas excursiones que conoció a la siguiente muchacha. La descubrió bajo la luz de un poste, demasiado ensimismada revisando algo dentro de su bolso como para percatarse de su presencia. P nunca había sido del tipo de hombres que abordan en mitad de la calle; no solo se le hacía de mal gusto, también era incompatible con su personalidad, pasiva ante los golpes de suerte en los que alguna mujer se fijaba en él. Además, era muy tarde y no hubiese querido que ella se hiciera la idea equivocada. Pero esta vez algo dentro de sí lo empujó hacia adelante. 

    Ella era muy blanca, casi pálida.  A simple vista todo parecía en orden, pero algo indeterminado en su semblante, quizá la tensión con que apretaba sus labios, quizá la manera perezosa de parpadear, rezumaba enfermedad. P tuvo la impresión de que por un pinchazo el alma se le salía, y se quedaba hueca de a poquitos. Se le hizo triste, y muy atractiva. Esa misma noche se hicieron compañía. Mas la dicha se les acabó tan rápido como les había llegado. Por dentro la muchacha resultó tan exánime como su apariencia. P tampoco demostró mucho interés, y luego de un par de meses acordaron separarse. Mientras se dijeron adiós esperaron las lágrimas, que cuando no llegaron les ayudó a comprender que jamás habían  estado verdaderamente enamorados.

    Pasó el tiempo y a la costumbre de caminar, le sumó la de perseguir mujeres; unas más bondadosas o inteligentes o entregadas que otras, pero todas blancas y menudas y ojalá de cabello claro. En su mayoría disponían de él, y él de ellas, y luego desaparecían; aunque más de una se ilusionó de verdad. A esas les tuvo compasión, y se recriminó el no poder corresponderles; aunque no hubo una sola de entre todas cuya presencia prolongada no lo dejara cansado, más vacío que antes. Luego de un tiempo, sin embargo, se sorprendía en la búsqueda de la siguiente. P se negaba a reconocer que esa incoherencia de su carácter pasó de ser una diversión, a una preocupación, a una sólida molestia. Hasta que por fin lo comprendió. 

    Fuera de su encontronazo con la muerte, no veía ningún significado especial en ese lugar, por lo que tampoco tenía problema en llevar nuevas acompañantes a conocerlo. Eso sí, lo hacía siempre de día, a razón de no atragantarse otra vez, e incluso si el aura romántica de la colina quedaba recortada a la mitad. Pero la última muchacha lo forzaría a hacer una excepción. De cara redonda y aniñada, prontamente se resignó a aceptar los “eres tan blanca como papel de impresora” como cumplidos. Más que un deseo sexual, las ganas de estar con ella, así como con cualquier otra, se aferraban al conjunto completo de lo que significaba su compañía: ternura y deseo y miedo y validación y una levísima esperanza de vencer a la soledad. P pasaba por una anormal necesidad de hacerse con ese conjunto, que cuando escaseaba le agriaba el ánimo y le dañaba el sueño. Por otro lado, esta muchacha le gustaba más de lo normal.  

    Como trabajaba todo el día, y como ya la había engatusado con la promesa de visitar la famosa colina, decidió afrontar su miedo embadurnándose de repelente. En la cima le mordisqueó las orejas y le hizo cosquillas en el cuello, cuando una brisa destapó el cielo. La luna en cuarto menguante los descubrió con la mano de P sobre el broche del brasier de ella. La apartó con brusquedad. Tuvo que bajar la mirada, sorprendido de su propia vergüenza. Enseguida se levantó y la muchacha no alcanzó a alisarse el despeinado cuando él ya estaba al pie de la colina. Sus reclamos no lo alcanzaron. Cada tanto se hacía el que le echaba un vistazo a las nubes, hasta que se detuvo. La encaró con torpeza; abría y cerraba las manos como amasando aire. “Perdóname”. Se lo susurró mientras sentía sus piernas desfallecer. Ella no le respondió. De alguna manera, P se sobrepuso y consiguió llegar hasta su casa. Desde entonces comenzó a recibir el atardecer con una aprehensión que no lo asediaba desde su adolescencia; que lo ponía a sudar por la axilas y le resecaba la garganta. Todo le quedó claro.

    O casi todo. No sabía si se había enloquecido o si se había enamorado. Antes que gastar tiempo haciendo esa distinción optó por perseguirla a ella. Con frecuencia se remontaba a esa vez que despertó de su asfixia y se la cruzó por primera vez; y por un instante solo estuvieron los dos; y sin proponérselo había renunciado a su libertad para volverse su esclavo. Esclavo de la luna ¿Cuántos años no la había visto, pero sin mirarla de verdad? ¡Tiempo perdido! P comenzó a torturarse. Cada vez que reproducía el video del alunizaje debía aguantarse las ganas de reventar su celular contra el piso. No le cabía en la cabeza que ella hubiese recibido al primer idiota que con tres o cuatro parlas ya se sentía con derecho a clavarle banderas y compartirla con sus amigotes “¿Un gran paso para la humanidad? Mejores propuestas me han hecho a mí, gringo hijueputa.”

    En parte no podía ser su culpa. Se repetía que después de tantos años flotando solita en la oscuridad, no supo qué hacer con toda la atención que de súbito le concedieron Washington, el Kremlin y tantos otros buitres ¿Cómo podía saber que en unos años no la voltearían ni a mirar, obsesionados ya con el siguiente cuerpo celeste? P no era así; para él ella era la única, la consentida colgada del cielo, el farolito que puso su Dios; y desde que tuvo conciencia de ello juró cuidar su amor, respetarlo y hacerlo crecer hasta que él dejara de existir. 

    Pasaron muchos años y P mantuvo su promesa. Vivía encerrado; renunció a sus acompañantes con la misma inmediatez con la que había comenzado a frecuentarlas, y se dedicó de lleno al estudio. Jamás fue muy bueno para las matemáticas puras, pero como la ingeniería mecánica o la medicina se le salían del presupuesto, las juzgó el camino de menor resistencia. El inglés también se le dificultaba, aunque no tanto como saber que no tenía un peso, ni para llegar a una central espacial en el extranjero, ni para entrenarse propiamente. Si quería sentir la fuerza G, por ejemplo, visitaba los parques, se encaramaba en las ruedas giratorias, y les pedía a los niños más grandes que no tuvieran piedad. Hacía todo tipo de ejercicios. Luego de unos meses notó que las espaldas se le ensanchaban y la cintura se le estrechaba. No se dejaba ver de la luna, sin embargo; quería que fuera una sorpresa cuando lo viese tan cambiado, y no por ella, sino por él, para poder estar con ella. Si P tenía que salir lo hacía con paraguas. 

    Entre más aislado del resto, mayores y más frecuentes se hicieron sus desvelos. Le enorgullecía; lo veía como una prueba mayor de su devoción que se acostara y su cerebro lo mantuviese despierto, de vez en cuando sobresaltándose con el ladrido de los perros callejeros. Le habría parecido más noble aguantar su ausencia solo; y creyó poder hacerlo, pero su espíritu lo traicionó. La primera vez que se asomó por la ventana terminó derramando un par de lágrimas; una chandoso amarillo y de tres patas estaba acurrucado al borde de la acera. Su costillar se contraía para ladrarle a su amada con todas sus fuerzas. Ambos se vieron reflejados en la mirada del otro. El perro no lo rehuyó. P le regaló con un pedazo de carne y lo sobó mientras se lo tragaba. Se dejaba muy mansito. 

    Al otro día continuaba ahí. Lo mismo al siguiente, y al siguiente siguiente; le bastó con una semana echado frente a su pórtico para terminar de ablandar a P. Sin pensárselo mucho, decidió comprar cuido y un collar. Cuando le abrió la puerta, el perro cojeó hacia adentro batiendo la cola, sin afán, asumiendo el rol de compañero con perfecta naturalidad. El episodio se repetiría con frecuencia. Nunca pudo negarse. Su perros eran fieles, por lo que jamás se impacientaba con su olor, o los pelos que botaban por todas partes, o las algarabías nocturnas que despertaban a media cuadra. Ella continuó igual de callada e igual de distante, pero entre todos aguantaban mejor su indiferencia; y apoyaban a su líder en su encomienda. Más de una persona se sobresaltó con la imagen de P, caminado muy misterios bajo un paraguas de noches sin lluvia, y con una docena de perros mugrientos y medio calvos escoltándolo. 

    Pero como en todos los amores intensos, basta con un instante para pasar de la ilusión a la más negra desesperanza. En este caso hubo varios instantes. A punta de guarapazos P fue comprendiendo que no se podían ser las dos cosas al mismo tiempo: o se era astronauta o se era latino. Ninguna cantidad de esfuerzo controvertiría ese axioma. Lo cierto es que antes de conocerla, P no había sido nada; ni muy estudioso, ni muy disciplinado. Él se contentaba con su falta de ambición; tomaba de la vida lo que ésta quisiera entregarle. Más ahora que su currículo sí contaba para algo, su propio escupitajo le había caído en la cara. 

    Para cualquier otra ocupación P era todavía joven, pero para astronauta era prácticamente un anciano. Quedaba descartado el ingresar a universidades gringas que pudiesen vincularlo con Houston; y eso que los programas espaciales gubernamentales estaban en zaga al de particulares como Musk o Bezos. A ellos también los contactó, y maldijo su hipocresía ante sus rechazos ¿Cuántas veces no hablaban esos tacaños sobre las oportunidades que merecen los locos ambiciosos? Ahorita que salieron adelante se habían olvidado de los que hoy en día calzan sus viejos zapatos ¿Qué podía ser más ambicioso, o más loco, que perseguir el amor? Setenta kilos de más no podían ser nada en un cohete que ya pesaba toneladas.

    El golpe final se lo asestó la embajada. P estaba dispuesto a atravesar fronteras caminando, de ser necesario; luego del tapón del Darién sería sencillo. Así se lo explicó con orgullo a la señora del otro lado de la vitrina. Hasta le sacó una sonrisa, razón de mayor sorpresa cuando vio estampado el sello reprobatorio en su solicitud de visa. No comió nada por tres días. Se quedaba acostado y cada tanto alguno de sus perros se le arrimaba a lamerle la cara ¿Qué hacer? ¿Comprar libros de gramática mandarín y rezar para que los chinos no lo rechazaran? ¿Cuántos años había perdido? ¿Cuántos le faltaban? ¿Cuántos le quedaban? Cuando por fin se levantó olía a sudor, y dejó la forma de su cuerpo impresa sobre el colchón. Entre la jauría rastrearon a un ladrón de joyería. P no sabía si era verdad, ni tenía la paciencia para confirmarlo. Corría el rumor de que un cantante de cantina se había encontrado unos aretes de le faltaban a ella, y con eso le bastó.  

    De pura rabia lo reventó. Al principio el infeliz se hizo el desentendido, pero unos cuantos mordiscos lo hicieron recapacitar. P viajó hasta la costa y buceó por aguas fangosas hasta dar con un cofre dorado. Desde entonces cargaba los aretes en su bolsillo y sacaba fuerzas de imaginar la cara que pondría ella cuando se los devolviera. Esperó a la siguiente luna llena antes de aparecérsele. Sus perros lo acompañaron y se quedaron dándole ánimo al pie de la colina. Apenas ahora trataba con el debido respeto a la colina donde su vida comenzó de verdad. Todavía necesitó valor para pronunciar las palabras que tantas veces había practicado.

    “Aún me demoro ¿Me…me esperarías?”

    El silencio le cayó encima como un acceso de nauseas. No iba a repetirse, ella lo había escuchado. Nada, absolutamente nada en la luna dio entender que le importaba. Arrojó los aretes en la oscuridad. Había sido un iluso al pensar que un regalo podía recomponer causas perdidas. Nunca sufrió tanto, ni odió tanto, ni amó tanto. La decisión no fue premeditada, simplemente abrió la boca. También ensanchó las aletas de la nariz y comenzó a correr en círculos por toda la colina. Se sintió mal por sus perros, aunque se consoló con saber que si los había recogido era porque lo entenderían mejor que nadie. 

    Una por una, las luciérnagas iluminaban la entrada por donde llegaban más de sus compañeras. Cuando a P le faltó el aire se desplomó, pero ellas siguieron atrincherándose en el hueco que había en su pecho. Al principio la luz hizo transparentar su carne, pero pronto el brillo fue tan intenso que su cuerpo entero se difuminó. En ese estado de semiinconsciencia apenas si se daba cuenta de su ascenso; abajo sus perros aullaban y saltaban a dos patas para despedirlo. Sobre el nivel de las nubes el viento se hizo más frío, pero ellas se encargaron de calentarlo. 

    Esa noche muchos aficionados a la astronomía descubrieron en sus telescopios una nueva estrella cerca de la luna. Qué tan cerca ya no dependía de P. 

  • La negación del mal

    Por: Simón Palacio Echeverri

    La mejor artimaña del diablo es persuadiros de que no existe

    Charles Baudelaire

    El mal nos incomoda. Sólo hay que abrir los ojos para encontrar sus huellas en todas partes, y aún así preferimos negar su presencia. Nos tranquiliza buscar excusas que lo escondan, lo excusamos por las circunstancias, o lo abolimos volviéndolo una mera cuestión patológica, o negarlo apelando a un bien mayor al que se sirve. De una u otra forma esto no logra convencernos. Por distinta que sea la imagen que tengamos de él, no existe persona que no tenga alguna noción del mal, aun cuando esta se asocie a los valores exaltados por la sociedad. Aunque nos resulta una idea casi innata, hoy en día preferimos usar eufemismos para no invocar su nombre. Ya no se trata de cuestionar los valores de la sociedad sino la existencia misma del mal. Esta negación no es auténtica. Seguimos juzgando aquello a lo que nos oponemos bajo nuevos nombres que cambian con el nuevo valor que se esté imponiendo como el bien, sólo que ahora engañosamente queremos “desmoralizar” el término y, más peligroso todavía, negar la existencia del mismo.

    La patologización es la gran obsesión del siglo XXI, tanto de todo lo que se salga de la norma como de aquello que nos perturbe. Muchos actos de perversidad, depravación y crueldad terminan siendo explicados clínicamente de forma que se hacen entendibles a nuestras mentes “sanas”. Esto aleja la existencia del mal, volviéndolo un elemento puramente externo. Nosotros nunca seríamos capaces de cometer las monstruosidades que esos psicópatas y enfermos, sólo quien sufra de esas enfermedades sería capaz de tal depravación. La patologización del mal nos pone a salvo de él. Siempre y cuando ese elemento oscuro termine siendo explicable como un desorden innato que afecta sólo a ciertas personas, podemos estar seguros de nuestra posición en el mundo. Podremos ser víctimas de alguien que lo sufra, pero nunca verdugos. Nuestra superioridad y bondad quedan aseguradas, pues si no padecemos de la enfermedad innata siempre estaremos a salvo de la tentación del mal.

    La sanitización del mal resulta tremendamente conveniente, entonces, en tanto lo niega. Ser víctima de un psicópata es una desgracia, sin duda, comparable con ser devorado por un caimán o fulminado por un rayo, pero nada más. Un padecimiento terrible como los infinitos que se sufren bajo el sol. ¿Podríamos llamar a esto propiamente maldad? En realidad, no. ¿Qué queda del diablo bajo este esquema? Nada más que una fuerza adversa y destructiva. Sin la tentación y la complicidad la maldad pierde su razón de ser.

    No son exclusivamente las fuerzas científicas y seculares quienes se han encargado de matar al diablo, los moralistas y el discurso religioso contemporáneo han sido felices cómplices de este asesinato. No debe sorprendernos que quienes más clamen contra los pecados ajenos tiendan a llevarlos hipócritamente, pero el gran truco del diablo es mucho más insidioso. Creemos que al arrancarlo de nosotros y ponerlo en nuestro adversario podremos volvernos gloriosos guerreros del bien, sea como sea que definamos a este último. Al volver el mal un asunto estrictamente ajeno, tornamos el espejo en espada.

    Todos los discursos moralistas que crean un muro de santidad con el que creen separar a las buenas ovejas de los carneros no hacen más que volver el mal un ser impotente, un peligro externo que puede dañar el cuerpo de la gente de bien pero nunca sus almas. Y es preferible tenerlo así. Todos quieren ser la víctima de su propia historia y mostrar el mal como un elemento externo es necesario para mantener esta narrativa. Irónicamente, estas creencias que pintan al mundo de blanco y negro terminan destruyendo el verdadero significado del mal como susurro que canta al ritmo de nuestros corazones.

    La narrativa calvinista de los elegidos predestinados a heredar el cielo pinta la vida humana como un simple conflicto en el cual los virtuosos son llamados a sobreponerse a los viciosos En esta historia el mal verdaderamente no existe. Él no es un martillo que va a destruir lo que la gente de bien se ha esforzado tanto en construir. La fuerza de la serpiente no es el nervio de su brazo sino de su lengua. Al quitarle el elemento de la tentación lo deformamos, volviéndolo una catástrofe capaz de destruirnos más no convertirnos. Mas la fuerza del espíritu maligno está en la seducción.

    Lo mismo sucede con los discursos moralistas del siglo XXI. No importa qué tantos términos nuevos se usen en el discurso, este tiende a ser el mismo viejo moralismo revestido con nuevos atavíos. Y al igual que el mismo viejo moralismo, el mal se presenta como algo extraño que no pone en riesgo la virtud de los buenos creyentes, sino como el atributo de quien se alce como el enemigo de estos nuevos valores que debe ser combatido sin piedad. Esto, por lo menos, abarca el mal explicable. El mal que no entendemos, la perversidad y depravación como fin en sí mismo ahora se achacan a trastornos clínicos e ignoramos que incluso si ellos son anomalías, siguen siendo un llamado que si escuchamos atentamente encontraremos dentro de todos nosotros. Puede que sólo uno en un millón ceda a estos peores impulsos –es más la tentación del mal por sí mismo es una rareza— pero esto no quita que todos tengamos la capacidad innata para cometer las más horribles acciones. No estamos a salvo de caer en los peores pecados, ya sea por una serie de malas decisiones o por circunstancias desesperadas, hasta los santos podrían abrir ventanas al infierno.

    Entonces, ¿qué es lo que logramos al ignorar la realidad íntima del mal? Simplemente lo volvemos más insidioso. El diablo que sacamos por la puerta se nos entra por la ventana. Al intentar mover la maldad lo más lejos nuestro que podamos, materializándola cada vez en formas más y más concretas sólo nos volvemos felizmente ignorantes a la maldad verdaderamente peligrosa, la que en nosotros habita. Siempre que la identificamos con lo que odiamos en otros o con perversiones patológicas o con situaciones lejanas, nos podemos dar un buen sueño esa noche, tal vez, pero seremos arrullados por la voz del diablo.

  • Premonición de Arquímedes

    Por Andrés Carrero

    La mañana en el Quindío era fría, húmeda y silenciosa. Las brisas llegaban desde el verdor de las colinas cargadas con el aroma de las pepas rojas y biches de café pudriéndose en las plantaciones abandonadas. El mundo y el cielo se habían llenado de los cantos de unos pajaritos negros, aves de mal agüero, portadores de fatales noticias, que aprovechaban la ausencia de hombres para picotear y comerse los plátanos verdes, maduros y podridos. Los valles estaban colmados por una misteriosa fuerza, una fuerza que le había robado a los demás su presencia, su voz y su color, una fuerza que por el temor no había de ser nombrada. Las brisas llegaban desde el verdor de las colinas cargadas con miedo y desesperación. En medio de esas colinas, sobre un planito, había una vieja casa de palos de guadua y tejas de barro y en ella dos hombres, un señor y su sirviente, ya por muchos olvidados, que esperaban pacientes, como amigos, el final de los días.

    Primero apareció en la solitaria hacienda un niño, que enviado por unos vecinos lejanos, en la mañana llegó para informar que Arquímedes, el señor de la gran casa de guaduas viejas y tejas escarlata, tenía que asistir a una junta en la noche. Desde el largo balcón el sirviente con la escopeta en mano veía al niño atravesar las coloridas heliconias y los delirantes flamboyanes, cuyas flores amarillas alguna vez a todos deleitaron, pero ahora no importaban a nadie porque nadie había para verlas. Cuando el niño arribó a la casa, gritó desde el pórtico hacia el balcón todas las indicaciones que como una cotorra había logrado memorizar y balbucear. Ante las amenazas que sin notarlo el niño inocente expresaba, el sirviente le exigió que avisara que Arquímedes no iría porque ya apenas podía ver y carecía de tiempo para atender la junta puesto que estaba trabajando en un cuadro y no quería ser molestado. El niño, entonces, advirtió sin comprender los sentidos de sus oraciones que por el bien de Arquímedes era mejor asistir que no asistir, que ya había faltado muchas veces y no lo iban a esperar más: “dígale que allá lo esperan”. En cuanto el sirviente asomó la escopeta por el barandal de madera, el niño se estremeció y como una gallina enloquecida salió corriendo, perdiéndose en el verdor de la montaña. Arquímedes, mientras, estaba encerrado en su habitación pintando.

    A la mañana siguiente, después de la junta, los gallos cantaron y sobre el valle un chorro de luz divina hizo nacer los colores de las montañas y los frutos, de las flores y las nubes. Bajo el firmamento naranja, la vigilia irrumpía en los extravagantes sueños del sirviente que, una vez despierto, fue a preparar el desayuno de Arquímedes y alimentar a los perros, que aún no ladraban por el hambre. Mas a estos los encontró tiesos como rocas sobre el pórtico de la casa: estaban envenenados. Fríos y sin alma, los ojos de los perros se clavaban sin visiones sobre el horrorizado sirviente, que bajo una pequeña mesa encontró una nota escrita con caligrafía de mujer: “junta hoy a las 8 de la noche. No falte, Arquímedes”.

    De inmediato, el sirviente llevó el desayuno a su señor, que pintaba sin descanso, y le contó lo de los perros y la nota. Arquímedes, como no podía ver casi nada, pidió que le leyeran. El sirviente lo hizo y entonces preguntó: “¿Señor, esta noche sí irá a la junta? Ya mataron a los perros”. “De ninguna manera, yo estoy muy ocupado, ahora no puedo detenerme”. Henchido su ánimo de ira y preocupación, el sirviente dejó a Arquímedes y se fue a mirar en silencio las heliconias, que siempre le habían traído consuelo.

    Pasó la noche y, como lo había anticipado el ciego en su discurso, Arquímedes no asistió a la junta que una escueta nota exigía. En la madrugada, la luz de nuevo bañó el mundo entre los valles, pero de los gallos en la hacienda ni uno solo cantó: sin signos sonoros, el amanecer había sido mudo. Cierta extrañeza en el alma del sirviente interrumpió sus pensamientos sobre la cama: de golpe fue sacado de sus delirios. El instinto racional y el miedo habían excitado su capacidad de conjeturar: fue al gallinero para alimentar a las aves. En el galpón no encontró nada salvo cadáveres desplumados, sanguinolentas carnes arrojadas aquí y allá, unas sobre otras, todas envueltas en la pestilencia de lo inerte. Sobre los cuerpos encontró el sirviente una nota, escrita con vulgar caligrafía de hombre bruto: “como a las buenas no pudimos pactar con usted, Arquímedes, ahora nos vemos obligados a proceder de otra forma. Si en dos días no se ha ido de la hacienda, iremos a buscarlo al tercero. Esperamos que lo entienda. Como a los demás, nosotros lo hemos protegido”.

    Petrificado y pálido, el sirviente tomó la nota y prediciendo con absoluta certeza el fin, salió del ensangrentado galpón y fue a cocinar el  desayuno de Arquímedes. En cuanto se lo llevó a la habitación, aquel pintaba sin descanso, alejándose un poco del cuadro y arrugando el ceño hasta más no poder para adivinar un color y una figura. El sirviente sacó a Arquímedes de su febril concentración para cuestionar con fatalidad y desesperanza lo que había que hacer ante la nota. “Esperar, nada más. Pronto habré terminado y no quiero detenerme. Después de este cuadro mis ojos ya no servirán para absolutamente nada. Vete ya y mira si con las gallinas muertas se hace un sancocho”.

    Durante la espera larga de la eludible parca, el sirviente estuvo horas encerrado a oscuras en su pequeña habitación, mirando sus manos enlazadas y oyendo el rumear de las brisas y de los hondos pensamientos. Una que otra vez salió a tomar largos paseos por entre los colinas que formaban los valles, para ver las heliconias hermosas por última vez, para regocijarse con el milagro de la enloquecida planta y para soportar la locura de su señor. Arquímedes no abandonó su habitación: la mano sensible dirigía su espíritu de trazo a trazo, barriendo los espesos aceites para que en silencio emergiera un pensamiento. Sin vecinos, sin perros, sin gallos y sin gallinas, pasaron los silentes días en la hacienda, que nadie desalojó. Se respiraba un aire desolado y las montañas se colmaban de muerte y lamentos.

    Antes de la tercera mañana, en la diluida penumbra del alba, el sirviente, cuyos sueños lo habían abandonado dos noches antes, miraba desde el balcón, aferrado a su escopeta como a un rosario, la infinita lejanía de colores y acontecimientos: mudo brotaba el último de los días. Presintiendo la llegada de su destrucción, un merodear sigiloso en las montañas, el sirviente no pudo soportar más la angustia y la demencia. Armado de coraje, irrumpió furioso como un ejército en la habitación de su señor, que naturalmente seguía pintando, sin distracciones, imparable. En los alrededores ya comenzaban a abundar voces y sonidos extraños. El sirviente enloquecido gritó a su señor, casi llorando “¡Tenemos que irnos ya! ¡Tenemos que irnos ya! Están muy cerca, ya los oigo”. “Aún no puedo irme, pronto habré terminado y estaré en paz. No puedo apresurarme”. El sirviente desesperó y contra su señor levantó el arma. “No solo sus ojos ya nada ven, sino que su entendimiento y su razón también se han perdido en la ceguera”. “Baja el arma. Mejor cálmate y piensa lo que haces. No ves que es una locura”. “Usted es el que no piensa lo que hace”, lloraba el sirviente, “Nos van a fusilar, nos van fusilar si no nos vamos. ¡Muévase!”. Entonces una ira irreconocible consumió el ánimo de Arquímedes, que como una grandiosa bestia se lanzó como pudo contra el temeroso sirviente, al que apenas veía. En su lucha desquiciada este disparó su escopeta contra el pecho de Arquímedes, que cayó muerto en la mañana arrebolada. Como sacado de una terrible ensoñación, el sirviente volvió sobre sí y recuperó tanto su valor como su pensamiento. Pero estos de inmediato se le esfumaron. Había matado a su señor. Desesperado, caminaba por la habitación, gimiendo y llorando como un perro; arrepentido y avergonzado como un hombre. Caminó alrededor de su señor, dando tumbos y apenas manteniéndose de pie, ebrio de dolor y angustia, hasta que su pasos hicieron que sus visiones desembocaran en el cuadro, que casi estaba completo: Arquímedes fusilado en su propia habitación. De rodillas se lamentaba el sirviente, miserable entre los miserables, deseando los días mejores y olvidados. Pero su tristeza era máxima; su desolación, suprema. No lo soportaría jamás y no lo hizo entonces. Su muerte fue también la de su señor.

  • Sobre las virtudes del vino

    Por: Simón Palacio Echeverri

    ¿Por donde comenzar en el momento de loar las tantas virtudes del vino? Más fácil sería contar las estrellas del cielo que las que se ocultan en el fondo de la copa, tan complicado es nuestro sujeto que tardaríamos tanto en examinarlo como al hombre mismo, y es que ¿acaso no son ambos hermanos en la tierra? El vino es el pozo en el que el hombre se mira y en el fondo no puede ofrecerle al hombre nada que no tenga ya dentro de sí y lo refleja volviendo cada desproporción monstruosamente horrenda, es el estanque donde el hombre puede multiplicar sus gracias y ahogarse de amor por una belleza que siempre estuvo dentro de su espíritu. Las aguas rubras o blondas del olvido nos desnudan de todo artificio y deshonestudad volviéndonos más honestos y, por lo tanto, más nosotros.

    La virtud, la felicidad, la sabiduría y la justicia no se pueden comprar. Ellas nacen de el constante esfuerzo por superar aquel pecado que acompaña cada paso que damos. Esto parecería hacer superfluo cualquier tisana en la construcción del alma bella, pero ¿no es acaso algo esencial en esta búsqueda la honestidad ‒y con ella no me refiero al impertativo mercantil de nunca mentir, sino de ser capaz de confesar los pecados y tener la fuerza de observar el alma y el cuerpo propios sin engañarse‒? Un hombre que no bebe es un hombre que tiene algo que quiere ocultar.

    No es el propósito de esta entelequia hablar de como la ambrosía de los hombres saca a relucir el lado más ruin de éstos, sino de cómo exalta las virtudes, fortalece el espiritu y abre la mente. Tal vez me equivoqué al señalar que el vino no agrega ninguna virtud que no se encuentre previamente en el espiritu, pues él es capaz de dar valor incluso al más cobarde de los hombres y por ello es capaz de sacar a relucir todas las virtudes que la mezquindad ocultaba dentro de él. El divino licor no hará de un necio un sabio, pero le dará la locuacidad al hombre que por una debilidad de carácter es incapaz de encontrar palabras que se midan con la altura de su visión. Él completa al hombre justo, funda las amistades.

    Circula la anécdota de un alcalde que hizo gran alarde de justicia, sabiduría y plena virtud en medio de una de las situaciones más adversas, una de esas raras perlas que se encuentran en el lodazal democrático de nuestra era. Sea cual sea la razón se había decretado que todas las tabernas de su pueblo se cerrarían a las nueve de la noche, pero el alcalde, como gran bebedor que era, continuaba bebiendo hasta que despuntaba el alba en la taberna de su preferencia. Eventualmente los dueños de las otras tabernas le llegaron con la queja de que esto favorecía desproporcionadamente el negocio en cuestión ante lo que el alcalde, mostrando una munificiencia poco vista en la tierra, declaró que el problema se solucionaría inmediatamente y que desde ese momento bebería todas las noches en una taberna diferente. ¡Qué grande es el Rey Salomón!

    Pero el alma del vino es mucho más que la intencificacion de los acordes particulares de cada alma, es el entusiasmo que las une en amistad y permite que entren en una nueva armonía y de allí nazca un espiritu de hermandad con el que los humanistas no pueden más que soñar. Para los borrachos no existe el egoísmo, ellos comparten cada uno de sus tragos y añoran que sus camaradas compartan de su felicidad con tal ahínco que los sobrios profesionales no pueden atribuir más que al vicio. No entienden que entre más se profundiza en el barril más se profundiza la amistad.

    El vino permite que el diálogo supere su etapa terrenal, pues no sólo le da alas a las lenguas, sino que destierra toda mentira y engaño de la mesa. Es en la embriaguez que se puede poner a prueba las convicciones, la vergüenza, enemiga natural de la verdad, pierde su fuerza y un impulso por la auténtica revelación ocupa su lugar. Esa sed de verdad es algo que es incomprensible para la triste existencia del abstemio, pero para el borracho el deseo de mostrar su corazón el desnudo es necesidad. El pecado nos obligó a ocultar nuestros cuerpos, el alcohol permite mostrar nuestras almas. Es allí donde radica el secreto del valor brindado por el licor. No es una virtud agregada a nuestro espiritu, sino la lucidez de aceptar nuestra naturaleza y nuestros deseos, el breve instante en el que nos conocemos a nosotros mismos, que podemos dejar de engañarnos y hacer lo que se nos dé la gana.

    ¿Hay algún elixir que se compare al vino en lo que concierne a la potencia artística? No es accidental que él haya inspirado a los más grandes músicos, pintores y poetas en el momento de componer sus más grandes obras. Él explota en su corazón acelerando el mecanismo espiritual que da a luz al arte, da fuerza al brazo y amor por el trabajo, sin los cuales el arte no sería más que un brumoso ensueño. Incluso cuando las fuerzas han abandonado al arquitecto el vino le devuelve el ímpetu creador con tal ahinco que su proyecto vuelve a cobrar sentido y sus fuerzas vuelven a orientarse a la construcción. ¿Cuántas bellas ideas no habran quedado más que en vientos por la obstinación de los hombres de no beber? ¿Cuántas empresas no fueron emprendidas por la falta de embriaguez de los soñadores?

    Pero el vino es más aun que la fuerza en el brazo del débil y el secreto de una energía más potente quel vapor en el pecho del artista dedicado, pues el vino mismo es poeta. El artista, el buen artista, es quien ve en cada una de las creaturas un modelo ideal, para él el mundo no es más que un bosque de símbolos que le hablan a su espíritu. Esto no quiere decir que la particularidad de cada una de las creaturas se destrulla, sino que se resalta. La naturaleza de cada roca, de cada estrella y de cada hombre no se ven como meros accidentes en un arquetipo, sino que se ven por lo que son ellas mismas, y por lo tal tienen que desprenderse de los accidentes que le acontecen a esas naturalezas particulares. El vino funciona como ese sagrado visturí que vuelve a cada hombre más honesto y lo desprende de todo artificio ilegítimo, pero más allá de ello él le da al ojo de quien se ha iniciado en las artes simbólicas una visión más penetrante que le permite contemplar cada cosa como es.

    Él es el espejo donde el artista puede reflejar su obra, el lente con el cual puede contemplar las formas que se le presentan. En cada copa que bebe se ahoga una constelación, en cada botella el paraíso y el infierno se mezclan con las moléculas de alcohol, las ventanas del paraíso se abren a los hijos de Adán y se puede volver a contemplar un mundo en el que cada fruto es más dulce y cada espina es más aguda, es la pintura que el espíritu usa para pintar su propio retrato en cada pared. El vino es el solvente universal en el que lo prosaico se disuelve en puro símbolo, que le comunica al alma en su lengua natal los secretos que ella ha olvidado. El ebrio, al igual que el soñador, conversa con las nubes, con el agua y con las piedras y todas ellas le responden con los ecos embellecidos de su propia alma. Es por ello que es inconcebible un artista que sea incapaz de embriagarse de vino, de poesía o de virtud, a su gusto.

    El vino, más que bálsamo de las crepusculares saudades es el viento que las eleva a su máxima expresión y también es quien lleva cada dicha más allá de los límites de la cotidianidad. Muchas veces se ha visto rebajado, cual Hercules a los pies de Onfalia, a enclenques labores, pero eso no le quita un ápice de dignidad al héroe dionisiano de las festividades y los lutos. Las voluptuisidades del vino no son más que las voluptuosidades del hombre y sus vicios no son más negros que la garganta que lo recibe. ¿Por qué han cesado los loores a este bálsamo humano? Ahora quienes beben lo hacen a escondidas, o, peor aún, en horarios que no interrumpan el flujo del tedio, cuando el vino es una ruptura en la monotonía que debería atravesarnos hasta la médula, es la oportunidad de presenciarnos tal y como somos y así debe tomarse. Este es un llamado para volver a exhaltar al vino, a devolverlo a su legítima posición de elixir humano que pinta nuestras imágenes en el purpura más intenso

  • El Fantasma del Mayordomo

    Por: Pablo Santiago Ruiz

    Arturito se recostó contra Rómulo y lo sintió tibio. Su espalda olía a madera y a cuero. A los más pequeños los amarraban al jinete para que no se cayeran si al caballo le daba por corcovear, pero cuando él se enteró de que los gemelos rechazaron esa humillación, él también quiso decir que no. La voz de Don Rómulo lo tranquilizó. Necesitaba a un hombre cuidándole las espaldas, a uno berraquito, así como el General Uribe Uribe; y no podía confiar en nadie más que en el niño Arturo. Pese al bamboleo no demoró en bostezar. Con la serenidad de saberse sujeto por una cabuya, y después del trasnocho del viaje por ferrocarril, no era de extrañarse que le pesara el sueño. 

    Despertó cuando cruzaron el río. El agua estaba congelada y lo jalaba como queriéndoselo tragar. Tras haber llegado a Getsemaní juraría y rejuraría que no había llorado; si hubo chillidos eran de alguna guacamaya o de la misma corriente chocando contra las piedras. Los gemelos no le creyeron. Él se excusaba y se rascaba las ronchas; de los tres primos era el único que todavía usaba pantalones cortos, lo que no dejaba de ser insensato con las nubes de tábanos haciendo fiesta cada treinta pasos. 

    Apenas habían desmontado y ya los gemelos querían hacerle la vida imposible. Comenzaron jugando al escondite. Arturito señalaba a uno bajo las pesebreras, o detrás de la ceiba o entre el guadual, y enseguida salía el otro a decir que no, que su hermano nunca había estado ahí y que había quemado la olla. Lo tuvieron gritando ni por un lado, ni por el otro, listos o no, ahí voy, hasta que cayó la tarde; y él contaba hasta cien sin hacer trampa, una y otra vez, aguantándose la ganas de ponerle la queja a su mamá porque no quería ser un niño mimado. Cuando anocheció los tres se dedicaron a quemar cocuyos con fósforos que robaron de la cocina. Pararon cuando los llamaron  a comer. 

    Para Arturito la comida era lo mejor de todo el paseo. Cada año su mamá se las ingeniaba para juntar en la finca a su tíos y tías y primos, y también a los jornaleros y sus mujeres e hijos; y entre todos hacían un círculo alrededor del cual se alzaba una fogata que calentaba el sereno. Entonces todo el mundo se callaba, y uno por uno los adultos comenzaban a contar historias; la del mohán, la patasola, y la señorita que bailó una vez con el diablo en una cantina, y no se dio cuenta sino hasta que miró para abajo y en vez de pies le vio pezuñas. En el pasado Arturito pudo haberse asustado, pero ahora sabía que todos esos cuentos eran de mentiras. Se sintió orgulloso de su valentía hasta que le llegó el turno a Don Rómulo. 

    Antes de dar comienzo a la reunión con su abogado, el preso #8099, A. Monsalve, volvió a repetirse que las cosas no habían salido como él quería. Desde que su proceso había dado inicio lo pensaba con mayor y mayor frecuencia, y sin embargo no se abstuvo de reconocer que, a lo largo de toda su vida, esa hijueputa frase lo había perseguido como el peor de sus enemigos: Si las cosas hubieran salido como él quería nunca le hubieran matado a su mamá; ni la hubieran hecho salir de la finca en mitad de la noche, en camisón, para luego enterrarla a medias en una zanja al pie del río. Si las cosas hubieran salido como él quería, tampoco habría tenido que hablar con sus socios para comprar rifles de asalto, de Israel o de Afganistán o de donde tocara, con tal de recuperar Getsemaní. No habría querido saber cuánta sangre cabía en un cuerpo; y pensar que al principio le impresionaba la cantidad de rojo que podía botar un brazo o una pierna o una cabeza reventados, hasta que se acostumbró.  

    Él sí se aseguraba de que sus hombres hicieran el trabajo bien hecho; que los muertos por lo menos quedaran enterrados del todo, lejos de los gallinazos. Y no era porque a sus amigos en el ejército les importara, que para eso los disfrazaban de guerrilleros y luego reclamaban ascensos y vacaciones. No, él lo hacía por dignidad; porque no se iba rebajar al nivel de los hijueputas comunistas de mierda que le humillaron a su mamá. Por supuesto, no todos trabajaban con su misma diligencia, pero él siempre daba respuesta por su bloque. 

    Después de todo, en la guerra se hacen sacrificios. Se mata; a veces se secuestra o se viola. Pero sobre todo se gasta plata, los millones que se quieran. Había que cuidar la coca para que siguieran entrando los dólares y se siguieran comprando balas. Desafortunadamente, los del otro lado también cuidaban sus maticas, por lo que el boleo de candela era cosa de nunca terminar. Cada día alguien nuevo se moría; muchachitos, más que todo. A Monsalve ya no le cargaba la conciencia. Ante sus problemas había resuelto hijueputear la vida y seguir; hacia dónde ya no estaba muy seguro, y tampoco le importaba, con tal de seguir. 

    Aquí dentro d’esta finca, antes de que yo había otro mayordomo. Vivía en una cabaña que ya tumbaron, cerquitica a la cañada por las porquerizas. Un día se puso quisque a pelear con el patrón, que en ese tiempo tampoco era de ustedes; y el patrón lo echó. El tipo claro, se emberraca y arranca a tomar aguardiente como él solo. Chupe y chupe hasta que no pudo más. Ya borracho salió quisque a caminar, de noche; una noche despejadita así como esta. La gente le dijo venga, hermano, venga acuéstese pero el hombre no hizo caso, y salió tambaleándose, y terminó cayéndose por la cañada. La gente dice que fue en la cañada porque no había otro sitio por donde se pudiera desaparecer, pero al otro día lo mandaron a buscar y allá no encontraron nada, ni cuerpo ni ropa ni nada.

    Eso sí, a los días comenzaron a escucharse unos ruidos raros, como si alguien al fondo destuviera llorando. Aunque así quedó la cosa. Pasaron los años y llegaron unos nuevos patrones a la finca. Esos patrones tenían un hijo chiquito. El niño se mantenía jugando cerquitica de la cañada y como los papás no sabían nada pues no le dijeron nada. Hasta que pasados unos meses estaban el señor y la señora dormidos cuando los despierta un llorado; y raro porque lo escuchaban cerquitica, como si les estuvieran llorando ahí mismo en el oído; y no, porque en el cuarto no había nadie más.

    Claro, enseguida se levantan y van a buscar al niño,  pero en el cuarto d’él ya no estaba, en la cocina tampoco, en los baños tampoco; despertaron a todo el mundo y hicieron desbaratar la finca pero no lo pudieron encontrarlo. Mientras tanto de vez en cuando se escuchaba lo mismo, como un llorado suavecito ¿Y qué pasó? Pues qu’el muchachito desapareció, y era porque el fantasma del mayordomo se lo había tragado por la cañada.  

    Sus primos sorprendieron a Arturito abrazado a sus rodillas y escondiendo la cabeza bajo la ruana. Esa noche se pasó a la cama de su mamá. 

    -Devolvamonos para Medellín, le susurró.

    Ella no dijo nada, pero se volteó y lo abrazó hasta que se quedó dormido. Al otro día se despertó en su propia cama sin acordarse de cómo había llegado,y habiendo olvidado la mala noche. Pero los gemelos no. En un descuido de su tía lo agarraron y lo encerraron en el gallinero; porque si era gallina le tocaba vivir con las gallinas. Arturito se resistió hasta donde pudo; los dos eran más grandes que él. Apretó la moneda en su bolsillo para darse ánimos. 

    Ese año había aprendido a leer. Cuando su mamá lo sorprendió balbuceando las primeras líneas de la prensa lo levantó en el aire y empezó a darle picos por toda la cara. Lo llevó a jugar al tiovivo y le compró una caja de soldaditos de plomo. Por si fuera poco, también le regaló una moneda de cinco pesos para que él mismo se la gastara en lo que quisiera.  La boca se le hacía agua imaginando la cantidad de buñuelos que podría comprar con cinco pesos, y sin embargo no se los gastaba. Guardaba su moneda como amuleto de la buena suerte.

    -Ustedes también tenían miedo, yo los vi.

    En definitiva, si las cosas hubieran salido como él quería no se hubiera muerto Jeison. Lo encontraron cerca de un laboratorio, empelota y con una muchachita. 

    -Claro que no. Y además la tía nos contó que fuiste a dormir donde ella, como un niño mimado.

    -Yo no soy un niño mimado. Apuesto a que ustedes tampoco serían capaces de ir a la cañada por la noche 

    No le creyeron cuando aseguró trabajar en Getsemaní. 

    -Claro que sí, porque los fantasmas no existen. 

    Los hombres podían ser muy nuevos, igual no le cabía en la cabeza que nadie del anillo de seguridad acertara en reconocer el hijueputa nieto del agregado.

    -Don Rómulo dice que existen

    -Rómulo es un empleado, un rojo.  Además vos no tenés con qué apostar 

    No sabía muy bien por qué, pero a Arturito no le cupo duda de que acababan de insultarlo. A Rómulo, que sabía más que nadie; que podía curar una cortada untándola de telarañas, y sabía cuáles hongos eran venenosos y cuáles no, y distinguía entre tantos pájaros diferentes apenas por cómo cantaban. A Rómulo, que podía más que nadie; que le alcanzaba las feijoas de las ramas más altas, y montaba a pelo los caballos resabiados, y espantaba las hormigas con el chorro de su chichí. Ese Rómulo no podía ser ningún rojo ni ningún mentiroso. Arturito se dejó llevar por la indignación y casi les estrella su moneda contra las narices. Por un momento vacilaron. Tendrían que juntar sus ahorros entre los dos si querían cubrir la apuesta, y era probable que ni así tuvieran suficiente. Pero no podían echarse para atrás. No ante su primito. 

    -Sí hablás tanto entonces hacele vos primero ¿Sí o no, Miguel? – Dijo Eduardo mientras le abría la puerta del gallinero. 

    Se agarró las rodillas untadas de mierda y de plumas, y sin pensar mucho les respondió que bueno, que a él no le daba miedo. Los gemelos leyeron el alivio en los ojos del otro. Al rato improvisaron una bandera con una toalla vieja y un palo de escoba. Durante el almuerzo todos se encartaron con su platado de frijoles y nadie se dio cuenta de la ausencia de los muchachitos, que se escabulleron hasta la cañada para clavar la bandera. Cuando dieran las doce Arturito habría de salir solo y traerla de vuelta. 

    Qué joda tener que llevarle la noticia a Rómulo, y verlo llorar ya viejo, y descubrir en el ojo que no tenía cataratas el mismo odio que le tenían tantos otros peones, pero nunca él. Qué joda oírlo decir lo voy a matar, patrón. Pobre Rómulo, que incluso con el nieto enterrado seguía diciéndole patrón. Después habría de ejecutar a los incompetentes que descuartizaron a Jeison y a la peladita, aunque de poco consuelo le sirviera al viejo.

    “¿Y para qué?” Les encantaba esa pregunta. Lo que ni la JEP ni la prensa parecían entender es que no se trataba de cuánto cupiera en las cuentas secretas de Suiza. Si él o sus socios daban a entender que todavía no tenía suficientes tierras, o contratos, o votos, o cualquier otra moneda de cambio, era porque en su mundo solo existen los que matan y los que se mueren; esa era la ley, muy por encima de cualquier acuerdo humanitario o tratado de paz, fuera el presidente que fuera. Él tenía que seguir matando porque, simplemente, no estaba listo para ser de los que se mueren; y para eso hacía falta plata. O eso pensó hasta que lo agarraron. 

    Monsalve no era ningún sapo, pero sí preferiría cantar antes que pudrirse por ésta y otras diez vidas en una cárcel de Los Estados Unidos. Lo había decidido hace muchos años, en una reunión con los Castaño, Don Berna y unos agentes del DAS. En mitad de su discusión un gato se coló entre los escoltas, se metió bajo de la mesa y les trajo un ratoncito de regalo. A todos les dio risa, pero a él el olor a mortecina se le quedó en la nariz, y esa noche no concilió el sueño sino después de reconocerse a sí mismo que algún día, puesto contra la pared, no le temblaría la mano para cantar.

    Mas por mucho tiempo creyó que la plata le sobraría para desbaratar cualquier ataque en su contra ¿A la senadora esa no la habían descolgado de un tercer piso y recogido en una moto de Rappi? Antes de que la fiscalía pegara el grito en el cielo la Doña ya tenía el Orinoco atravesado entre sus investigadores y sus secretos. Con él también hubiera podido ser así, pero ya estaba cansado de tanta mentira. De tanta traición.

    Las puñaladas por la espalda terminaron amargándole la tranquilidad. Asumió que éstas quedarían confinadas a su guerra, pero pronto a su mujer y a su hijo se les fue pegando el vicicito de las mentiras, y su vida empezó a oler a odio en el monte y en el pent-house. Él se hacía el desentendido, pero siempre sospechó que su ex esposa sería capaz de envenenar a Juan Sebastián. Nunca lo había querido, y si se lo aguantaba era por él, por su plata ¿Quién la frenaría ahora que estaba encarcelado? Jamás dio con otra respuesta que no fuera apagar su cerebro en aguardiente, y que pasara lo que tuviera que pasar. 

    El cielo estaba despejado y la luna transformaba los arboles en brazos y garras de monstruos.  Los frijoles le habían aflojado el estómago, pero el pitido de los grillos ahogaba los vientecitos que soltaba cada tanto. Se había puesto las botas que le había comprado su mamá; no quería tener que preocuparse por fantasmas y rabo de ajís en una sola noche. Sus primos vieron cómo se lo tragaba la oscuridad desde el portón de la casa principal. Arturito se fue adentrando en la maleza. Hasta la cañada había una trocha vieja abierta a machetazos. Avanzaba despacito, procurando no rozar el limo de los árboles. Uno, dos, uno, dos, uno; en vano fingía estar concentrado en sus propios pasos; bastaba con que una sapo croara para sacarle las lágrimas.  

    Tampoco se sentía seguro. Él mejor que nadie sabía para lo que servía la Unidad de Protección Nacional, por lo que hizo una lista mental de los guardias y reclusos que se le hacían más sospechoso. Al final resolvió por desconfiar de todo el mundo. En medio del peligro le daba ánimos imaginar al expresidente en su finquita en el momento en el que le habrá llegado la noticia ¿Qué cara habrá puesto cuando comprendió que su abogado no se equivocaba? De verdad le habían rechazado su plata, le habían dicho no, pese a que dentro de la frontera colombiana no le habrían dicho que no una sola vez en su puta vida. Por supuesto que lo habían traicionado, pero jamás con un “no” frentero.  Habría arrugado el entrecejo y engrosado la voz como siempre que un periodista lo trataba con suspicacia. Podía imaginarlo paseándose por sus poteros, intentando despejar la rabia hasta donde lo dejaran las fronteras del arresto domiciliario. 

    La dicha no le alcanzó para sonreír; seguir viviendo únicamente para joder a alguien se la hacía… patético. Y más cuando lo despertaron a las dos de la mañana para darle la noticia ¿Que su hijo qué? ¿Hospital? ¿Ella a él o él a ella? No podía ser Juanse. Él siempre fue un niño tan juicioso. Inclusive se alejó de sus amiguitos por él, cansado de repetir que su papá solo mataba gente mala ¿Estaba seguro? Preguntó lo mismo hasta que se le acabó el tiempo de llamada, como esperando una respuesta diferente. Ya el daño estaba hecho. 

    Al parecer cuando lo encerraron su ex esposa no fue la única que se volcó sobre su plata como si le hiciera falta para respirar. Hijueputa. Sí llegó a imaginar que su hijo haría las cosas de otra manera; que haría una carrera y una vida honestas, sin sangre ni pastillas para dormir. Pero se equivocó. Por eso había dicho no más: no más mentiras, no más traiciones. “No”. Un impulso le había arrancado la palabra de su boca antes que él mismo dimensionara las consecuencias. Le había dicho que no al dueño de Colombia.  

    Cuando apareció a Arturito se le atrancó el grito. No pudo llorar y mucho menos moverse de su sitio. La silueta se erguía hasta donde llegaba el cielo, y cuando extendió los brazos se impuso como una polilla blanca, gigante, más blanca todavía bajo la luz de la luna. Un gruñido de su estómago lo hizo espabilar. Arrancó tan rápido que casi se resbala en el barro. El único problema era que se movía hacia el fantasma y no lejos de él; su cuerpo no quiso obedecer a ninguna otra orden que no fuese correr. Se lo llevaría; se acordó de su mamá, que de seguro lo lloraría cuando lo desaparecieran. También alcanzó a lamentarse y odiar a sus primos. No valía la pena morirse por cinco pesos. 

    Su abogado intentó sacarlo de sus cavilaciones fingiendo un acceso de tos.  Monsalve alzó los ojos y encaró su antipatía. Ni el senador Cepeda ni él se esforzaban en disimular el asco que le tenían, pero él se hacía el que no se daba cuenta porque eran sus únicos aliados. No dejaba de ser humillante que lo miraran así, como si fuera menos; a Monsalve, que por tanto años gozó de un respeto en el que el “Don” antecedía su nombre por antonomasia ¿Para qué hijueputas seguir viviendo cuando ya no le quedaba ni ese respeto, y mucho menos cariño, y encima su hijo se atrevía a fracturarle el cráneo a su mamá con un mazo de cocina? ¡A su mamá! Y no tenía ni quince años el culicagado ese. 

    La reunión se acabó como se acababan todas: con su abogado prometiéndole que cambiarían de fiscal.  En ocasiones anteriores Monsalve había hecho tronar sus nudillos y levantado el mentón con altanería; y el abogado callaba para hacerle entender que le daba la razón a su impaciencia. Después de todo, no era su vida la que peligraba. Pero esta vez le devolvió una mirada apagada, de parpados caídos. No tenía fuerzas para disimular su cansancio. 

    -Usted tiene esposa ¿cierto? 

    Cuando lo pasó de largo Don Rómulo se sonrió y se quitó la sábana. Trató de llamar al niño Arturo pero éste ya estaba demasiado lejos como para escucharlo.

    -Cierto

    -¿E hijos? 

    Arturito corrió y corrió, y supo que estaba cerca porque comenzó a escuchar el gruñido de los marranos.

    -Tengo dos hijas; ambas están en la universidad 

    Pasó derecho sin agarrar la bandera.

    -¿Y se quieren?

    El abogado se levantó. 

    -No me siento en la obligación de tener esta conversación 

    Monsalve también se levantó. Le estrechó la mano y se dejó escoltar obedientemente hacia su celda.

    Sudaba, y sentía mojados los párpados y la nuca y los calzoncillos. Arturito corría a toda velocidad y con los ojos cerrados, una mano puesta en el estómago. Quién sabe cuándo se hubiese detenido si no se hubiese caído en las porquerizas. Entre los cerdos y él se hicieron competencia a ver quién chillaba más fuerte. Sus gritos llegaron a la casa y los gemelos se sonrieron en la semipenumbra. La dicha no les duró mucho.  Al rato Arturito salió de la trocha untado de piez a cabeza, pero ondeando la bandera. Cuando sus primos le preguntaron por qué olía a mierda, él mismo no supo cómo responder.

    Al otro día el preso #8099, A. Monsalve, amaneció desnucado. El reporte oficial habla de un suicidio premeditado en el que, por falta de otros medios, el exlíder del bloque 45 de las AUC recurrió a saltar desde su cama y dar de cabeza contra el piso. Las querellas intrafamiliares de Monsalve eran de conocimiento público, por lo que el fiscal general no juzgó necesario el derrochar recursos en una investigación de un caso tan auto explicativo. De poco sirvieron los berrinches del senador Cepeda, o del resto de la oposición; el fiscal no cambió de parecer. Meses después el caso sería precluido por falta de testigos: el expresidente caminaría por los potreros de sus finca, si quería; esta vez sin ese molesto aparatico amarrado a su tobillo.

  • Elogio del indigente

    Por: Andrés Carrero

    Miremos de reojo nuestra sociedad, pues da muchísima pereza mirarla con los ojos bien abiertos, ojos ávidos de echarse a dormir todo el día. Entre toda esta muchedumbre de negocios y edificios, de hombres y mujeres trabajando, difícilmente encuentra uno un gran destino, una gran ambición, un carácter lleno de orgullo. El hombre está muy ocupado ganándose el sueldito.

    Una sociedad de esclavos es la que tiene como gran virtud el trabajo duro. Una sociedad de esclavos es la que incita a los hombres a ganarse el pan como si con ello alcanzara la gloria y la bienaventuranza y no como si solo fuera un medio doloroso para saciar la tripa. Salario es solo un eufemismo de trabajo forzado, de esclavitud. También el esclavo puede estar satisfecho con su situación, creyendo ilusoriamente que va por el camino recto hacia un porvenir que lo deleite, o cuando menos, aceptando con resignación que ningún otro destino es posible.

    El hombre ha llegado a un momento de su propia historia, de su propio camino, que él mismo ha construido, en el que el trabajo y el sueldo que a este corresponde son el fin, el propósito, el sentido y el destino de su vida, del paso de los días por este mundo.  El hombre pone su esperanza en el trabajo, busca el consuelo y la plenitud en él. El hombre se piensa a sí mismo como si esencialmente fuera un trabajador y, entonces, así se obliga a vivir. Se ha erigido un momento de la historia de los hombres en el que vivir significa lo mismo que trabajar y con ello que vivir bien es trabajar duro. La fantasía burguesa de que el mundo y la vida sean la gran fábrica, la gran oficina, la empresa.

    Se ha vestido al trabajador con una especie de santidad, de pureza y si en el trabajo consigue el éxito entonces alcanza la gloria y la virtud. A la empresa se la ve como una gran hazaña y al empresario como a un héroe. El discurso del emprendimiento cada día tiene un mayor aire de épica y epopeya. El cine y la televisión, por poner un caso, ya lo honran de esta manera en muchas series y películas. El gran destino de los hombres consiste en escalar dentro de la empresa hasta que sea la suya. 

    A una exaltación del trabajo como esta naturalmente le corresponde un desprecio de lo que es su negación, esto es, el ocio. Si el trabajador, que suda día y noche para conseguir el sueldito, es un hombre bueno y puro, entonces el vago, el indigente, que nada hace por ello así al final del día lo consiga, es el más sucio de los hombres. Y ciertamente es el más sucio: apestoso, con aliento de azufre, las manos untadas de hollín, borracho y mareado. Casi tan sucio como un niño después de jugar en un potrero con los amigos.

    El trabajo es inevitable y esto no solo significa que para subsistir los hombres tengan que transformar la naturaleza de una u otra forma sino que su existencia misma implica esta transformación de unos objetos en otros para satisfacer exigencias naturales y sociales. La creación y distribución de mercancías es una parte fundamental de la vida humana. Pero su necesidad no significa de suyo que el trabajo sea un valor, un bien que es deseado naturalmente y que colma el espíritu. El valor no lo impone la naturaleza. Si esto fuera así, entonces tendríamos en la misma estima la respiración, la digestión de los alimentos, el crecimiento de las uñas y la formación de cera en los oídos y moco en las narices. Pero eso sería ridículo. Son los intereses de una sociedad, de unos individuos concretos comportándose de tal y tal forma, viviendo así y asá, lo que pone el trabajo como un valor tan elevado e importante, como la semilla de su bien y su virtud. Muchas sociedades, aun reconociendo que es condición del vivir humano, lo han despreciado o, cuando menos, no han visto en este el destino que colma el paso de los días y las noches. 

    Incluso la sociedad actual ha llegado a invertir de tal modo las cosas que el trabajo no es solo un medio para la subsistencia de la vida, sino que la vida misma (la alimentación, la educación, la reproducción, la familia) se ha convertido en un medio para la subsistencia del trabajo. No se trabaja para vivir sino que se vive para trabajar y puesto el trabajo como el fin de la vida, el gran valor, el ocioso no es más que un ser despreciable, carente de vida y humanidad. Por eso no es nada raro ver que a los indigentes los llaman también desechables o que su genocidio sea una limpieza social.

    El indigente es un hombre tan extraño como fascinante. Ha conducido su vida de modo que logra subsistir sin trabajar. Parece, entonces, una contradicción de la naturaleza. Sus condiciones e inclinaciones lo han llevado a renunciar a los trabajos y, con ello, a renunciar a los asuntos de la familia, el hogar y las responsabilidades semejantes. Va errando como un perro de un lado a otro entre las calles, borracho o enloquecido por la droga, cantando, hablando solo y tirando mendrugos de pan a las palomas; hurga entre los basureros para encontrar comida y ropa y otro tipo de cosas con las que satisface sus necesidades y caprichos. Ciertamente las encuentra. Y cuando no encuentra pide limosna, monedas, panes, jugos, licor, cigarrillos y la gente le da algo que el indigente sabe aprovechar por escaso que sea. Y si no le dan, pues roba, ni que fuera un bobo incapaz.

    Unas monedas llegan a su mano necesitada no como remuneración de un gran esfuerzo, sino por el mero hecho de estar ahí, sin nada que hacer, solo existiendo miserablemente: esto es lo que la moral no soporta. El pan, las monedas, la ropa hay que ganárselas, hay que sudarlas, si no es mejor morir de hambre, de inanición, de frío. ¡El trabajo duro antes que la vida! Ese es el bien y la verdad. Qué indignante es recibir sin haber trabajado. Como si el salario purificara la explotación y la esclavitud.

    Por cuanto logra subsistir sin el trabajo se muestra ante los demás como una anomalía moral, un desviado. Por cuanto no muestra vergüenza en su rostro por vivir como vive, se muestra ante los demás como cínico y despreciable. Al negarse a los trabajos duros como medio de subsistencia, el indigente es en nuestra sociedad lo más cercano que hay a un verdadero aristócrata.

     Nada irrita tanto al hombre trabajador, al que suda día y noche para ganar un pan, ver cómo al indigente simplemente se lo dan para que no se muera de hambre, sin ningún mérito, sin ningún esfuerzo. Para el buen trabajador el indigente no es merecedor de la lástima del prójimo, como sí lo es él, que ha sudado para su patrón. El indigente, sin embargo, no busca merecer lástima, simplemente la aprovecha con inteligencia para comer, pues tiene hambre y esta es la misma en todas las tripas: no hay un hambre más o menos digna, aunque así lo quisieran los buenos y honrados. 

    El indigente no es ningún estúpido; muy por el contrario, es un hábil manipulador de las circunstancias y emociones del prójimo. La calle y el frío le han enseñado a comprender muy bien a los hombres y a las mujeres. El trabajador tiene que venderse para realizar su actividad, el indigente solo cobra por dormir mientras los demás sudan por él. En esto es casi idéntico al empresario que lo desprecia, solo que carece de la hipocresía que a este le sobra. 

    Digamos ahora una verdad bastante obvia sobre la moral: al establecer su bien crea con ello su mal y no tolera que un hombre se niegue a cargar con las culpas y la vergüenza que ella misma ha generado e impuesto. No solo se desprecia al indigente por ser vago y renunciar a los trabajos, por vivir, como un parásito, de lo que otros botan o no necesitan o simplemente quieren darle sea por compasión o porque han sido engañados por una fingida humildad, sino que, por sobre todo esto, lo que resulta más despreciable es el hecho de que a pesar de su miseria el indigente sea capaz de sonreír, de afirmar su propia vida, su propio ocio, su hediondez y su locura, que sea capaz de sostener la mirada ante el otro, que sea capaz de orgullo. Una moral, cualquiera que sea, no acepta que haya hombres que no se rindan ante la vergüenza que ella misma exige. Le repugna la alegría, alegría que al indigente no suele faltarle. 

    Parece que nuestra caritativa y cristiana sociedad no quiere que el indigente abandone su tortuosa condición, sino que agache la cabeza como un avergonzado, pues solo entonces la limosna que recibe sería un poco más digna.  La sociedad no quiere acabar con el hambre, quiere que los miserables se la ganen honradamente.