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Elogio del indigente

Por: Andrés Carrero

Miremos de reojo nuestra sociedad, pues da muchísima pereza mirarla con los ojos bien abiertos, ojos ávidos de echarse a dormir todo el día. Entre toda esta muchedumbre de negocios y edificios, de hombres y mujeres trabajando, difícilmente encuentra uno un gran destino, una gran ambición, un carácter lleno de orgullo. El hombre está muy ocupado ganándose el sueldito.

Una sociedad de esclavos es la que tiene como gran virtud el trabajo duro. Una sociedad de esclavos es la que incita a los hombres a ganarse el pan como si con ello alcanzara la gloria y la bienaventuranza y no como si solo fuera un medio doloroso para saciar la tripa. Salario es solo un eufemismo de trabajo forzado, de esclavitud. También el esclavo puede estar satisfecho con su situación, creyendo ilusoriamente que va por el camino recto hacia un porvenir que lo deleite, o cuando menos, aceptando con resignación que ningún otro destino es posible.

El hombre ha llegado a un momento de su propia historia, de su propio camino, que él mismo ha construido, en el que el trabajo y el sueldo que a este corresponde son el fin, el propósito, el sentido y el destino de su vida, del paso de los días por este mundo.  El hombre pone su esperanza en el trabajo, busca el consuelo y la plenitud en él. El hombre se piensa a sí mismo como si esencialmente fuera un trabajador y, entonces, así se obliga a vivir. Se ha erigido un momento de la historia de los hombres en el que vivir significa lo mismo que trabajar y con ello que vivir bien es trabajar duro. La fantasía burguesa de que el mundo y la vida sean la gran fábrica, la gran oficina, la empresa.

Se ha vestido al trabajador con una especie de santidad, de pureza y si en el trabajo consigue el éxito entonces alcanza la gloria y la virtud. A la empresa se la ve como una gran hazaña y al empresario como a un héroe. El discurso del emprendimiento cada día tiene un mayor aire de épica y epopeya. El cine y la televisión, por poner un caso, ya lo honran de esta manera en muchas series y películas. El gran destino de los hombres consiste en escalar dentro de la empresa hasta que sea la suya. 

A una exaltación del trabajo como esta naturalmente le corresponde un desprecio de lo que es su negación, esto es, el ocio. Si el trabajador, que suda día y noche para conseguir el sueldito, es un hombre bueno y puro, entonces el vago, el indigente, que nada hace por ello así al final del día lo consiga, es el más sucio de los hombres. Y ciertamente es el más sucio: apestoso, con aliento de azufre, las manos untadas de hollín, borracho y mareado. Casi tan sucio como un niño después de jugar en un potrero con los amigos.

El trabajo es inevitable y esto no solo significa que para subsistir los hombres tengan que transformar la naturaleza de una u otra forma sino que su existencia misma implica esta transformación de unos objetos en otros para satisfacer exigencias naturales y sociales. La creación y distribución de mercancías es una parte fundamental de la vida humana. Pero su necesidad no significa de suyo que el trabajo sea un valor, un bien que es deseado naturalmente y que colma el espíritu. El valor no lo impone la naturaleza. Si esto fuera así, entonces tendríamos en la misma estima la respiración, la digestión de los alimentos, el crecimiento de las uñas y la formación de cera en los oídos y moco en las narices. Pero eso sería ridículo. Son los intereses de una sociedad, de unos individuos concretos comportándose de tal y tal forma, viviendo así y asá, lo que pone el trabajo como un valor tan elevado e importante, como la semilla de su bien y su virtud. Muchas sociedades, aun reconociendo que es condición del vivir humano, lo han despreciado o, cuando menos, no han visto en este el destino que colma el paso de los días y las noches. 

Incluso la sociedad actual ha llegado a invertir de tal modo las cosas que el trabajo no es solo un medio para la subsistencia de la vida, sino que la vida misma (la alimentación, la educación, la reproducción, la familia) se ha convertido en un medio para la subsistencia del trabajo. No se trabaja para vivir sino que se vive para trabajar y puesto el trabajo como el fin de la vida, el gran valor, el ocioso no es más que un ser despreciable, carente de vida y humanidad. Por eso no es nada raro ver que a los indigentes los llaman también desechables o que su genocidio sea una limpieza social.

El indigente es un hombre tan extraño como fascinante. Ha conducido su vida de modo que logra subsistir sin trabajar. Parece, entonces, una contradicción de la naturaleza. Sus condiciones e inclinaciones lo han llevado a renunciar a los trabajos y, con ello, a renunciar a los asuntos de la familia, el hogar y las responsabilidades semejantes. Va errando como un perro de un lado a otro entre las calles, borracho o enloquecido por la droga, cantando, hablando solo y tirando mendrugos de pan a las palomas; hurga entre los basureros para encontrar comida y ropa y otro tipo de cosas con las que satisface sus necesidades y caprichos. Ciertamente las encuentra. Y cuando no encuentra pide limosna, monedas, panes, jugos, licor, cigarrillos y la gente le da algo que el indigente sabe aprovechar por escaso que sea. Y si no le dan, pues roba, ni que fuera un bobo incapaz.

Unas monedas llegan a su mano necesitada no como remuneración de un gran esfuerzo, sino por el mero hecho de estar ahí, sin nada que hacer, solo existiendo miserablemente: esto es lo que la moral no soporta. El pan, las monedas, la ropa hay que ganárselas, hay que sudarlas, si no es mejor morir de hambre, de inanición, de frío. ¡El trabajo duro antes que la vida! Ese es el bien y la verdad. Qué indignante es recibir sin haber trabajado. Como si el salario purificara la explotación y la esclavitud.

Por cuanto logra subsistir sin el trabajo se muestra ante los demás como una anomalía moral, un desviado. Por cuanto no muestra vergüenza en su rostro por vivir como vive, se muestra ante los demás como cínico y despreciable. Al negarse a los trabajos duros como medio de subsistencia, el indigente es en nuestra sociedad lo más cercano que hay a un verdadero aristócrata.

 Nada irrita tanto al hombre trabajador, al que suda día y noche para ganar un pan, ver cómo al indigente simplemente se lo dan para que no se muera de hambre, sin ningún mérito, sin ningún esfuerzo. Para el buen trabajador el indigente no es merecedor de la lástima del prójimo, como sí lo es él, que ha sudado para su patrón. El indigente, sin embargo, no busca merecer lástima, simplemente la aprovecha con inteligencia para comer, pues tiene hambre y esta es la misma en todas las tripas: no hay un hambre más o menos digna, aunque así lo quisieran los buenos y honrados. 

El indigente no es ningún estúpido; muy por el contrario, es un hábil manipulador de las circunstancias y emociones del prójimo. La calle y el frío le han enseñado a comprender muy bien a los hombres y a las mujeres. El trabajador tiene que venderse para realizar su actividad, el indigente solo cobra por dormir mientras los demás sudan por él. En esto es casi idéntico al empresario que lo desprecia, solo que carece de la hipocresía que a este le sobra. 

Digamos ahora una verdad bastante obvia sobre la moral: al establecer su bien crea con ello su mal y no tolera que un hombre se niegue a cargar con las culpas y la vergüenza que ella misma ha generado e impuesto. No solo se desprecia al indigente por ser vago y renunciar a los trabajos, por vivir, como un parásito, de lo que otros botan o no necesitan o simplemente quieren darle sea por compasión o porque han sido engañados por una fingida humildad, sino que, por sobre todo esto, lo que resulta más despreciable es el hecho de que a pesar de su miseria el indigente sea capaz de sonreír, de afirmar su propia vida, su propio ocio, su hediondez y su locura, que sea capaz de sostener la mirada ante el otro, que sea capaz de orgullo. Una moral, cualquiera que sea, no acepta que haya hombres que no se rindan ante la vergüenza que ella misma exige. Le repugna la alegría, alegría que al indigente no suele faltarle. 

Parece que nuestra caritativa y cristiana sociedad no quiere que el indigente abandone su tortuosa condición, sino que agache la cabeza como un avergonzado, pues solo entonces la limosna que recibe sería un poco más digna.  La sociedad no quiere acabar con el hambre, quiere que los miserables se la ganen honradamente.

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