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El Fantasma del Mayordomo

Por: Pablo Santiago Ruiz

Arturito se recostó contra Rómulo y lo sintió tibio. Su espalda olía a madera y a cuero. A los más pequeños los amarraban al jinete para que no se cayeran si al caballo le daba por corcovear, pero cuando él se enteró de que los gemelos rechazaron esa humillación, él también quiso decir que no. La voz de Don Rómulo lo tranquilizó. Necesitaba a un hombre cuidándole las espaldas, a uno berraquito, así como el General Uribe Uribe; y no podía confiar en nadie más que en el niño Arturo. Pese al bamboleo no demoró en bostezar. Con la serenidad de saberse sujeto por una cabuya, y después del trasnocho del viaje por ferrocarril, no era de extrañarse que le pesara el sueño. 

Despertó cuando cruzaron el río. El agua estaba congelada y lo jalaba como queriéndoselo tragar. Tras haber llegado a Getsemaní juraría y rejuraría que no había llorado; si hubo chillidos eran de alguna guacamaya o de la misma corriente chocando contra las piedras. Los gemelos no le creyeron. Él se excusaba y se rascaba las ronchas; de los tres primos era el único que todavía usaba pantalones cortos, lo que no dejaba de ser insensato con las nubes de tábanos haciendo fiesta cada treinta pasos. 

Apenas habían desmontado y ya los gemelos querían hacerle la vida imposible. Comenzaron jugando al escondite. Arturito señalaba a uno bajo las pesebreras, o detrás de la ceiba o entre el guadual, y enseguida salía el otro a decir que no, que su hermano nunca había estado ahí y que había quemado la olla. Lo tuvieron gritando ni por un lado, ni por el otro, listos o no, ahí voy, hasta que cayó la tarde; y él contaba hasta cien sin hacer trampa, una y otra vez, aguantándose la ganas de ponerle la queja a su mamá porque no quería ser un niño mimado. Cuando anocheció los tres se dedicaron a quemar cocuyos con fósforos que robaron de la cocina. Pararon cuando los llamaron  a comer. 

Para Arturito la comida era lo mejor de todo el paseo. Cada año su mamá se las ingeniaba para juntar en la finca a su tíos y tías y primos, y también a los jornaleros y sus mujeres e hijos; y entre todos hacían un círculo alrededor del cual se alzaba una fogata que calentaba el sereno. Entonces todo el mundo se callaba, y uno por uno los adultos comenzaban a contar historias; la del mohán, la patasola, y la señorita que bailó una vez con el diablo en una cantina, y no se dio cuenta sino hasta que miró para abajo y en vez de pies le vio pezuñas. En el pasado Arturito pudo haberse asustado, pero ahora sabía que todos esos cuentos eran de mentiras. Se sintió orgulloso de su valentía hasta que le llegó el turno a Don Rómulo. 

Antes de dar comienzo a la reunión con su abogado, el preso #8099, A. Monsalve, volvió a repetirse que las cosas no habían salido como él quería. Desde que su proceso había dado inicio lo pensaba con mayor y mayor frecuencia, y sin embargo no se abstuvo de reconocer que, a lo largo de toda su vida, esa hijueputa frase lo había perseguido como el peor de sus enemigos: Si las cosas hubieran salido como él quería nunca le hubieran matado a su mamá; ni la hubieran hecho salir de la finca en mitad de la noche, en camisón, para luego enterrarla a medias en una zanja al pie del río. Si las cosas hubieran salido como él quería, tampoco habría tenido que hablar con sus socios para comprar rifles de asalto, de Israel o de Afganistán o de donde tocara, con tal de recuperar Getsemaní. No habría querido saber cuánta sangre cabía en un cuerpo; y pensar que al principio le impresionaba la cantidad de rojo que podía botar un brazo o una pierna o una cabeza reventados, hasta que se acostumbró.  

Él sí se aseguraba de que sus hombres hicieran el trabajo bien hecho; que los muertos por lo menos quedaran enterrados del todo, lejos de los gallinazos. Y no era porque a sus amigos en el ejército les importara, que para eso los disfrazaban de guerrilleros y luego reclamaban ascensos y vacaciones. No, él lo hacía por dignidad; porque no se iba rebajar al nivel de los hijueputas comunistas de mierda que le humillaron a su mamá. Por supuesto, no todos trabajaban con su misma diligencia, pero él siempre daba respuesta por su bloque. 

Después de todo, en la guerra se hacen sacrificios. Se mata; a veces se secuestra o se viola. Pero sobre todo se gasta plata, los millones que se quieran. Había que cuidar la coca para que siguieran entrando los dólares y se siguieran comprando balas. Desafortunadamente, los del otro lado también cuidaban sus maticas, por lo que el boleo de candela era cosa de nunca terminar. Cada día alguien nuevo se moría; muchachitos, más que todo. A Monsalve ya no le cargaba la conciencia. Ante sus problemas había resuelto hijueputear la vida y seguir; hacia dónde ya no estaba muy seguro, y tampoco le importaba, con tal de seguir. 

Aquí dentro d’esta finca, antes de que yo había otro mayordomo. Vivía en una cabaña que ya tumbaron, cerquitica a la cañada por las porquerizas. Un día se puso quisque a pelear con el patrón, que en ese tiempo tampoco era de ustedes; y el patrón lo echó. El tipo claro, se emberraca y arranca a tomar aguardiente como él solo. Chupe y chupe hasta que no pudo más. Ya borracho salió quisque a caminar, de noche; una noche despejadita así como esta. La gente le dijo venga, hermano, venga acuéstese pero el hombre no hizo caso, y salió tambaleándose, y terminó cayéndose por la cañada. La gente dice que fue en la cañada porque no había otro sitio por donde se pudiera desaparecer, pero al otro día lo mandaron a buscar y allá no encontraron nada, ni cuerpo ni ropa ni nada.

Eso sí, a los días comenzaron a escucharse unos ruidos raros, como si alguien al fondo destuviera llorando. Aunque así quedó la cosa. Pasaron los años y llegaron unos nuevos patrones a la finca. Esos patrones tenían un hijo chiquito. El niño se mantenía jugando cerquitica de la cañada y como los papás no sabían nada pues no le dijeron nada. Hasta que pasados unos meses estaban el señor y la señora dormidos cuando los despierta un llorado; y raro porque lo escuchaban cerquitica, como si les estuvieran llorando ahí mismo en el oído; y no, porque en el cuarto no había nadie más.

Claro, enseguida se levantan y van a buscar al niño,  pero en el cuarto d’él ya no estaba, en la cocina tampoco, en los baños tampoco; despertaron a todo el mundo y hicieron desbaratar la finca pero no lo pudieron encontrarlo. Mientras tanto de vez en cuando se escuchaba lo mismo, como un llorado suavecito ¿Y qué pasó? Pues qu’el muchachito desapareció, y era porque el fantasma del mayordomo se lo había tragado por la cañada.  

Sus primos sorprendieron a Arturito abrazado a sus rodillas y escondiendo la cabeza bajo la ruana. Esa noche se pasó a la cama de su mamá. 

-Devolvamonos para Medellín, le susurró.

Ella no dijo nada, pero se volteó y lo abrazó hasta que se quedó dormido. Al otro día se despertó en su propia cama sin acordarse de cómo había llegado,y habiendo olvidado la mala noche. Pero los gemelos no. En un descuido de su tía lo agarraron y lo encerraron en el gallinero; porque si era gallina le tocaba vivir con las gallinas. Arturito se resistió hasta donde pudo; los dos eran más grandes que él. Apretó la moneda en su bolsillo para darse ánimos. 

Ese año había aprendido a leer. Cuando su mamá lo sorprendió balbuceando las primeras líneas de la prensa lo levantó en el aire y empezó a darle picos por toda la cara. Lo llevó a jugar al tiovivo y le compró una caja de soldaditos de plomo. Por si fuera poco, también le regaló una moneda de cinco pesos para que él mismo se la gastara en lo que quisiera.  La boca se le hacía agua imaginando la cantidad de buñuelos que podría comprar con cinco pesos, y sin embargo no se los gastaba. Guardaba su moneda como amuleto de la buena suerte.

-Ustedes también tenían miedo, yo los vi.

En definitiva, si las cosas hubieran salido como él quería no se hubiera muerto Jeison. Lo encontraron cerca de un laboratorio, empelota y con una muchachita. 

-Claro que no. Y además la tía nos contó que fuiste a dormir donde ella, como un niño mimado.

-Yo no soy un niño mimado. Apuesto a que ustedes tampoco serían capaces de ir a la cañada por la noche 

No le creyeron cuando aseguró trabajar en Getsemaní. 

-Claro que sí, porque los fantasmas no existen. 

Los hombres podían ser muy nuevos, igual no le cabía en la cabeza que nadie del anillo de seguridad acertara en reconocer el hijueputa nieto del agregado.

-Don Rómulo dice que existen

-Rómulo es un empleado, un rojo.  Además vos no tenés con qué apostar 

No sabía muy bien por qué, pero a Arturito no le cupo duda de que acababan de insultarlo. A Rómulo, que sabía más que nadie; que podía curar una cortada untándola de telarañas, y sabía cuáles hongos eran venenosos y cuáles no, y distinguía entre tantos pájaros diferentes apenas por cómo cantaban. A Rómulo, que podía más que nadie; que le alcanzaba las feijoas de las ramas más altas, y montaba a pelo los caballos resabiados, y espantaba las hormigas con el chorro de su chichí. Ese Rómulo no podía ser ningún rojo ni ningún mentiroso. Arturito se dejó llevar por la indignación y casi les estrella su moneda contra las narices. Por un momento vacilaron. Tendrían que juntar sus ahorros entre los dos si querían cubrir la apuesta, y era probable que ni así tuvieran suficiente. Pero no podían echarse para atrás. No ante su primito. 

-Sí hablás tanto entonces hacele vos primero ¿Sí o no, Miguel? – Dijo Eduardo mientras le abría la puerta del gallinero. 

Se agarró las rodillas untadas de mierda y de plumas, y sin pensar mucho les respondió que bueno, que a él no le daba miedo. Los gemelos leyeron el alivio en los ojos del otro. Al rato improvisaron una bandera con una toalla vieja y un palo de escoba. Durante el almuerzo todos se encartaron con su platado de frijoles y nadie se dio cuenta de la ausencia de los muchachitos, que se escabulleron hasta la cañada para clavar la bandera. Cuando dieran las doce Arturito habría de salir solo y traerla de vuelta. 

Qué joda tener que llevarle la noticia a Rómulo, y verlo llorar ya viejo, y descubrir en el ojo que no tenía cataratas el mismo odio que le tenían tantos otros peones, pero nunca él. Qué joda oírlo decir lo voy a matar, patrón. Pobre Rómulo, que incluso con el nieto enterrado seguía diciéndole patrón. Después habría de ejecutar a los incompetentes que descuartizaron a Jeison y a la peladita, aunque de poco consuelo le sirviera al viejo.

“¿Y para qué?” Les encantaba esa pregunta. Lo que ni la JEP ni la prensa parecían entender es que no se trataba de cuánto cupiera en las cuentas secretas de Suiza. Si él o sus socios daban a entender que todavía no tenía suficientes tierras, o contratos, o votos, o cualquier otra moneda de cambio, era porque en su mundo solo existen los que matan y los que se mueren; esa era la ley, muy por encima de cualquier acuerdo humanitario o tratado de paz, fuera el presidente que fuera. Él tenía que seguir matando porque, simplemente, no estaba listo para ser de los que se mueren; y para eso hacía falta plata. O eso pensó hasta que lo agarraron. 

Monsalve no era ningún sapo, pero sí preferiría cantar antes que pudrirse por ésta y otras diez vidas en una cárcel de Los Estados Unidos. Lo había decidido hace muchos años, en una reunión con los Castaño, Don Berna y unos agentes del DAS. En mitad de su discusión un gato se coló entre los escoltas, se metió bajo de la mesa y les trajo un ratoncito de regalo. A todos les dio risa, pero a él el olor a mortecina se le quedó en la nariz, y esa noche no concilió el sueño sino después de reconocerse a sí mismo que algún día, puesto contra la pared, no le temblaría la mano para cantar.

Mas por mucho tiempo creyó que la plata le sobraría para desbaratar cualquier ataque en su contra ¿A la senadora esa no la habían descolgado de un tercer piso y recogido en una moto de Rappi? Antes de que la fiscalía pegara el grito en el cielo la Doña ya tenía el Orinoco atravesado entre sus investigadores y sus secretos. Con él también hubiera podido ser así, pero ya estaba cansado de tanta mentira. De tanta traición.

Las puñaladas por la espalda terminaron amargándole la tranquilidad. Asumió que éstas quedarían confinadas a su guerra, pero pronto a su mujer y a su hijo se les fue pegando el vicicito de las mentiras, y su vida empezó a oler a odio en el monte y en el pent-house. Él se hacía el desentendido, pero siempre sospechó que su ex esposa sería capaz de envenenar a Juan Sebastián. Nunca lo había querido, y si se lo aguantaba era por él, por su plata ¿Quién la frenaría ahora que estaba encarcelado? Jamás dio con otra respuesta que no fuera apagar su cerebro en aguardiente, y que pasara lo que tuviera que pasar. 

El cielo estaba despejado y la luna transformaba los arboles en brazos y garras de monstruos.  Los frijoles le habían aflojado el estómago, pero el pitido de los grillos ahogaba los vientecitos que soltaba cada tanto. Se había puesto las botas que le había comprado su mamá; no quería tener que preocuparse por fantasmas y rabo de ajís en una sola noche. Sus primos vieron cómo se lo tragaba la oscuridad desde el portón de la casa principal. Arturito se fue adentrando en la maleza. Hasta la cañada había una trocha vieja abierta a machetazos. Avanzaba despacito, procurando no rozar el limo de los árboles. Uno, dos, uno, dos, uno; en vano fingía estar concentrado en sus propios pasos; bastaba con que una sapo croara para sacarle las lágrimas.  

Tampoco se sentía seguro. Él mejor que nadie sabía para lo que servía la Unidad de Protección Nacional, por lo que hizo una lista mental de los guardias y reclusos que se le hacían más sospechoso. Al final resolvió por desconfiar de todo el mundo. En medio del peligro le daba ánimos imaginar al expresidente en su finquita en el momento en el que le habrá llegado la noticia ¿Qué cara habrá puesto cuando comprendió que su abogado no se equivocaba? De verdad le habían rechazado su plata, le habían dicho no, pese a que dentro de la frontera colombiana no le habrían dicho que no una sola vez en su puta vida. Por supuesto que lo habían traicionado, pero jamás con un “no” frentero.  Habría arrugado el entrecejo y engrosado la voz como siempre que un periodista lo trataba con suspicacia. Podía imaginarlo paseándose por sus poteros, intentando despejar la rabia hasta donde lo dejaran las fronteras del arresto domiciliario. 

La dicha no le alcanzó para sonreír; seguir viviendo únicamente para joder a alguien se la hacía… patético. Y más cuando lo despertaron a las dos de la mañana para darle la noticia ¿Que su hijo qué? ¿Hospital? ¿Ella a él o él a ella? No podía ser Juanse. Él siempre fue un niño tan juicioso. Inclusive se alejó de sus amiguitos por él, cansado de repetir que su papá solo mataba gente mala ¿Estaba seguro? Preguntó lo mismo hasta que se le acabó el tiempo de llamada, como esperando una respuesta diferente. Ya el daño estaba hecho. 

Al parecer cuando lo encerraron su ex esposa no fue la única que se volcó sobre su plata como si le hiciera falta para respirar. Hijueputa. Sí llegó a imaginar que su hijo haría las cosas de otra manera; que haría una carrera y una vida honestas, sin sangre ni pastillas para dormir. Pero se equivocó. Por eso había dicho no más: no más mentiras, no más traiciones. “No”. Un impulso le había arrancado la palabra de su boca antes que él mismo dimensionara las consecuencias. Le había dicho que no al dueño de Colombia.  

Cuando apareció a Arturito se le atrancó el grito. No pudo llorar y mucho menos moverse de su sitio. La silueta se erguía hasta donde llegaba el cielo, y cuando extendió los brazos se impuso como una polilla blanca, gigante, más blanca todavía bajo la luz de la luna. Un gruñido de su estómago lo hizo espabilar. Arrancó tan rápido que casi se resbala en el barro. El único problema era que se movía hacia el fantasma y no lejos de él; su cuerpo no quiso obedecer a ninguna otra orden que no fuese correr. Se lo llevaría; se acordó de su mamá, que de seguro lo lloraría cuando lo desaparecieran. También alcanzó a lamentarse y odiar a sus primos. No valía la pena morirse por cinco pesos. 

Su abogado intentó sacarlo de sus cavilaciones fingiendo un acceso de tos.  Monsalve alzó los ojos y encaró su antipatía. Ni el senador Cepeda ni él se esforzaban en disimular el asco que le tenían, pero él se hacía el que no se daba cuenta porque eran sus únicos aliados. No dejaba de ser humillante que lo miraran así, como si fuera menos; a Monsalve, que por tanto años gozó de un respeto en el que el “Don” antecedía su nombre por antonomasia ¿Para qué hijueputas seguir viviendo cuando ya no le quedaba ni ese respeto, y mucho menos cariño, y encima su hijo se atrevía a fracturarle el cráneo a su mamá con un mazo de cocina? ¡A su mamá! Y no tenía ni quince años el culicagado ese. 

La reunión se acabó como se acababan todas: con su abogado prometiéndole que cambiarían de fiscal.  En ocasiones anteriores Monsalve había hecho tronar sus nudillos y levantado el mentón con altanería; y el abogado callaba para hacerle entender que le daba la razón a su impaciencia. Después de todo, no era su vida la que peligraba. Pero esta vez le devolvió una mirada apagada, de parpados caídos. No tenía fuerzas para disimular su cansancio. 

-Usted tiene esposa ¿cierto? 

Cuando lo pasó de largo Don Rómulo se sonrió y se quitó la sábana. Trató de llamar al niño Arturo pero éste ya estaba demasiado lejos como para escucharlo.

-Cierto

-¿E hijos? 

Arturito corrió y corrió, y supo que estaba cerca porque comenzó a escuchar el gruñido de los marranos.

-Tengo dos hijas; ambas están en la universidad 

Pasó derecho sin agarrar la bandera.

-¿Y se quieren?

El abogado se levantó. 

-No me siento en la obligación de tener esta conversación 

Monsalve también se levantó. Le estrechó la mano y se dejó escoltar obedientemente hacia su celda.

Sudaba, y sentía mojados los párpados y la nuca y los calzoncillos. Arturito corría a toda velocidad y con los ojos cerrados, una mano puesta en el estómago. Quién sabe cuándo se hubiese detenido si no se hubiese caído en las porquerizas. Entre los cerdos y él se hicieron competencia a ver quién chillaba más fuerte. Sus gritos llegaron a la casa y los gemelos se sonrieron en la semipenumbra. La dicha no les duró mucho.  Al rato Arturito salió de la trocha untado de piez a cabeza, pero ondeando la bandera. Cuando sus primos le preguntaron por qué olía a mierda, él mismo no supo cómo responder.

Al otro día el preso #8099, A. Monsalve, amaneció desnucado. El reporte oficial habla de un suicidio premeditado en el que, por falta de otros medios, el exlíder del bloque 45 de las AUC recurrió a saltar desde su cama y dar de cabeza contra el piso. Las querellas intrafamiliares de Monsalve eran de conocimiento público, por lo que el fiscal general no juzgó necesario el derrochar recursos en una investigación de un caso tan auto explicativo. De poco sirvieron los berrinches del senador Cepeda, o del resto de la oposición; el fiscal no cambió de parecer. Meses después el caso sería precluido por falta de testigos: el expresidente caminaría por los potreros de sus finca, si quería; esta vez sin ese molesto aparatico amarrado a su tobillo.

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