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Premonición de Arquímedes

Por Andrés Carrero

La mañana en el Quindío era fría, húmeda y silenciosa. Las brisas llegaban desde el verdor de las colinas cargadas con el aroma de las pepas rojas y biches de café pudriéndose en las plantaciones abandonadas. El mundo y el cielo se habían llenado de los cantos de unos pajaritos negros, aves de mal agüero, portadores de fatales noticias, que aprovechaban la ausencia de hombres para picotear y comerse los plátanos verdes, maduros y podridos. Los valles estaban colmados por una misteriosa fuerza, una fuerza que le había robado a los demás su presencia, su voz y su color, una fuerza que por el temor no había de ser nombrada. Las brisas llegaban desde el verdor de las colinas cargadas con miedo y desesperación. En medio de esas colinas, sobre un planito, había una vieja casa de palos de guadua y tejas de barro y en ella dos hombres, un señor y su sirviente, ya por muchos olvidados, que esperaban pacientes, como amigos, el final de los días.

Primero apareció en la solitaria hacienda un niño, que enviado por unos vecinos lejanos, en la mañana llegó para informar que Arquímedes, el señor de la gran casa de guaduas viejas y tejas escarlata, tenía que asistir a una junta en la noche. Desde el largo balcón el sirviente con la escopeta en mano veía al niño atravesar las coloridas heliconias y los delirantes flamboyanes, cuyas flores amarillas alguna vez a todos deleitaron, pero ahora no importaban a nadie porque nadie había para verlas. Cuando el niño arribó a la casa, gritó desde el pórtico hacia el balcón todas las indicaciones que como una cotorra había logrado memorizar y balbucear. Ante las amenazas que sin notarlo el niño inocente expresaba, el sirviente le exigió que avisara que Arquímedes no iría porque ya apenas podía ver y carecía de tiempo para atender la junta puesto que estaba trabajando en un cuadro y no quería ser molestado. El niño, entonces, advirtió sin comprender los sentidos de sus oraciones que por el bien de Arquímedes era mejor asistir que no asistir, que ya había faltado muchas veces y no lo iban a esperar más: “dígale que allá lo esperan”. En cuanto el sirviente asomó la escopeta por el barandal de madera, el niño se estremeció y como una gallina enloquecida salió corriendo, perdiéndose en el verdor de la montaña. Arquímedes, mientras, estaba encerrado en su habitación pintando.

A la mañana siguiente, después de la junta, los gallos cantaron y sobre el valle un chorro de luz divina hizo nacer los colores de las montañas y los frutos, de las flores y las nubes. Bajo el firmamento naranja, la vigilia irrumpía en los extravagantes sueños del sirviente que, una vez despierto, fue a preparar el desayuno de Arquímedes y alimentar a los perros, que aún no ladraban por el hambre. Mas a estos los encontró tiesos como rocas sobre el pórtico de la casa: estaban envenenados. Fríos y sin alma, los ojos de los perros se clavaban sin visiones sobre el horrorizado sirviente, que bajo una pequeña mesa encontró una nota escrita con caligrafía de mujer: “junta hoy a las 8 de la noche. No falte, Arquímedes”.

De inmediato, el sirviente llevó el desayuno a su señor, que pintaba sin descanso, y le contó lo de los perros y la nota. Arquímedes, como no podía ver casi nada, pidió que le leyeran. El sirviente lo hizo y entonces preguntó: “¿Señor, esta noche sí irá a la junta? Ya mataron a los perros”. “De ninguna manera, yo estoy muy ocupado, ahora no puedo detenerme”. Henchido su ánimo de ira y preocupación, el sirviente dejó a Arquímedes y se fue a mirar en silencio las heliconias, que siempre le habían traído consuelo.

Pasó la noche y, como lo había anticipado el ciego en su discurso, Arquímedes no asistió a la junta que una escueta nota exigía. En la madrugada, la luz de nuevo bañó el mundo entre los valles, pero de los gallos en la hacienda ni uno solo cantó: sin signos sonoros, el amanecer había sido mudo. Cierta extrañeza en el alma del sirviente interrumpió sus pensamientos sobre la cama: de golpe fue sacado de sus delirios. El instinto racional y el miedo habían excitado su capacidad de conjeturar: fue al gallinero para alimentar a las aves. En el galpón no encontró nada salvo cadáveres desplumados, sanguinolentas carnes arrojadas aquí y allá, unas sobre otras, todas envueltas en la pestilencia de lo inerte. Sobre los cuerpos encontró el sirviente una nota, escrita con vulgar caligrafía de hombre bruto: “como a las buenas no pudimos pactar con usted, Arquímedes, ahora nos vemos obligados a proceder de otra forma. Si en dos días no se ha ido de la hacienda, iremos a buscarlo al tercero. Esperamos que lo entienda. Como a los demás, nosotros lo hemos protegido”.

Petrificado y pálido, el sirviente tomó la nota y prediciendo con absoluta certeza el fin, salió del ensangrentado galpón y fue a cocinar el  desayuno de Arquímedes. En cuanto se lo llevó a la habitación, aquel pintaba sin descanso, alejándose un poco del cuadro y arrugando el ceño hasta más no poder para adivinar un color y una figura. El sirviente sacó a Arquímedes de su febril concentración para cuestionar con fatalidad y desesperanza lo que había que hacer ante la nota. “Esperar, nada más. Pronto habré terminado y no quiero detenerme. Después de este cuadro mis ojos ya no servirán para absolutamente nada. Vete ya y mira si con las gallinas muertas se hace un sancocho”.

Durante la espera larga de la eludible parca, el sirviente estuvo horas encerrado a oscuras en su pequeña habitación, mirando sus manos enlazadas y oyendo el rumear de las brisas y de los hondos pensamientos. Una que otra vez salió a tomar largos paseos por entre los colinas que formaban los valles, para ver las heliconias hermosas por última vez, para regocijarse con el milagro de la enloquecida planta y para soportar la locura de su señor. Arquímedes no abandonó su habitación: la mano sensible dirigía su espíritu de trazo a trazo, barriendo los espesos aceites para que en silencio emergiera un pensamiento. Sin vecinos, sin perros, sin gallos y sin gallinas, pasaron los silentes días en la hacienda, que nadie desalojó. Se respiraba un aire desolado y las montañas se colmaban de muerte y lamentos.

Antes de la tercera mañana, en la diluida penumbra del alba, el sirviente, cuyos sueños lo habían abandonado dos noches antes, miraba desde el balcón, aferrado a su escopeta como a un rosario, la infinita lejanía de colores y acontecimientos: mudo brotaba el último de los días. Presintiendo la llegada de su destrucción, un merodear sigiloso en las montañas, el sirviente no pudo soportar más la angustia y la demencia. Armado de coraje, irrumpió furioso como un ejército en la habitación de su señor, que naturalmente seguía pintando, sin distracciones, imparable. En los alrededores ya comenzaban a abundar voces y sonidos extraños. El sirviente enloquecido gritó a su señor, casi llorando “¡Tenemos que irnos ya! ¡Tenemos que irnos ya! Están muy cerca, ya los oigo”. “Aún no puedo irme, pronto habré terminado y estaré en paz. No puedo apresurarme”. El sirviente desesperó y contra su señor levantó el arma. “No solo sus ojos ya nada ven, sino que su entendimiento y su razón también se han perdido en la ceguera”. “Baja el arma. Mejor cálmate y piensa lo que haces. No ves que es una locura”. “Usted es el que no piensa lo que hace”, lloraba el sirviente, “Nos van a fusilar, nos van fusilar si no nos vamos. ¡Muévase!”. Entonces una ira irreconocible consumió el ánimo de Arquímedes, que como una grandiosa bestia se lanzó como pudo contra el temeroso sirviente, al que apenas veía. En su lucha desquiciada este disparó su escopeta contra el pecho de Arquímedes, que cayó muerto en la mañana arrebolada. Como sacado de una terrible ensoñación, el sirviente volvió sobre sí y recuperó tanto su valor como su pensamiento. Pero estos de inmediato se le esfumaron. Había matado a su señor. Desesperado, caminaba por la habitación, gimiendo y llorando como un perro; arrepentido y avergonzado como un hombre. Caminó alrededor de su señor, dando tumbos y apenas manteniéndose de pie, ebrio de dolor y angustia, hasta que su pasos hicieron que sus visiones desembocaran en el cuadro, que casi estaba completo: Arquímedes fusilado en su propia habitación. De rodillas se lamentaba el sirviente, miserable entre los miserables, deseando los días mejores y olvidados. Pero su tristeza era máxima; su desolación, suprema. No lo soportaría jamás y no lo hizo entonces. Su muerte fue también la de su señor.

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