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Amor de otro mundo

Por: Pablo Santiago Ruiz

Sin que ya fuera muy obvio, P subía la colina lo más rápido posible. Había tenido suficiente de la caminata. Abundaron las veces en que sus hombros chocaron y sus dedos se rozaron como por equivocación, sin que ninguno de los dos se atreviera a entrelazar las manos. Le miró los labios. El atardecer los coloreaba de un rojo achocolatado; eran gruesos y brillantes, e invitan a que les arrancara hasta el último tinte de labial a punta de mordiscos. En vez de hacerlo, P dejó escapar un suspiro y apuró el paso. De ser por él habrían continuado remolineando. Por suerte ella tomó la iniciativa; a los pocos minutos de llegar a la cima estaban tendidos sobre un mantel, arruchados y sorbiendo vino de caja. Ella sintió sus ojos sobre su cuerpo y se alegró de acertar con la blusa escotada, que invitaba a resbalar desde su cuello, por los brazos y hasta la espalda, culebreando por el camino de su piel canela. Él tragó saliva.

La certeza de saber cuánto la deseaba se le hacía fastidiosa; el sentimiento era tan puro que no daba cabida a nada más; ni amor, ni complicidad o siquiera interés por sus palabras. P era un perro, pero uno solapado; y ella lo sabía. También sabía lo que quería y la divertía que no supiera cómo pedírselo. Él le agradecía su risita nerviosa, y el pudor con que desviaba la mirada cuando se acomodaba el bulto bajo el pantalón. En general, le agradecía estar ahí, feliz, o por lo menos conforme de estar con él; porque P prefería hostigarse con ternura y mimos falsos antes que estar solo, auténticamente solo. 

Esperaba a que oscureciera para pedirle un beso. Lo tenía todo planeado: En cuanto salieran las luciérnagas la noche quedaría como un candelabro, y ella se le arrimaría más y le diría qué romántico. Ahí se sacudiría la pena que le quedaba. Sin embargo, se acabó el atardecer y ella comenzó a mirarlo con ojos de qué estás esperando. Algo dentro de P se sentía obligado a disculparse, mas ni de eso fue capaz. Cuando por fin abrió la boca su garganta se le cerró. Se le había atrancado una luciérnaga. Abrió los ojos y se agarró del pasto, y muchacha decía ay, ay, y lo abanicaba, y le daba palmaditas en los cachetes, y otra vez ay, ay, y luego no fueron palmaditas sino palmadotas; ella misma comenzó a hiperventilar cuando P se puso morado.

Cada vez que el bicho prendía su bombillito iluminaba un pedazo de costilla o arteria o pulmón. Llegó al corazón y horrorizó a la muchacha mostrándole un palpitar que, entre titilar y titilar, se hacía más desesperado. Ella dejó escapar un chillido y se propuso llamar a una ambulancia, pero la luciérnaga comenzó a devolverse sola. Supo que estaba en la boca por los chorros de luz que se le escurrían de entre los labios. Le abrió la mandíbula y salió zumbando, confundiéndose con el resto. La muchacha se dejó caer sobre el pecho de P tras suponerlo fuera de peligro.

Cuando recobró el conocimiento lo primero que vio fue a la luna. Tardó un tiempo en desviar sus ojos del cielo y fijarlos sobre su acompañante. Ella aplaudía, literalmente, el milagro de su recuperación. Se inclinó para besarlo pero él se le corrió; claro que después de un susto así su frialdad era comprensible. Ella no paró de llorar entre que lo subió a su carro y lo dejó en su casa. Lo acariciaba como a un niño desde el asiento del conductor; P alcanzó a contar siete veces en que frenó en seco y le preguntó si se sentía bien. Él siempre respondió que sí, pero con la certeza de que mentía. La verdad es que se acostó desconcertado, delineando a la perfección y bajos sus párpados el círculo blanco de lo que creyó era el bombillo de su habitación.  

La muchacha llamó tres veces por tres días distintos, y luego dejó de insistir. Una parte de sí se sentía culpable; después de todo, lo había tratado bien.  Pero otra mucho más fuerte quería asegurarse de que no volvieran a encontrarse. Si iba caminando por la calle y creía reconocerla, inmediatamente se cambiaba de acera; y si no podía, sencillamente daba media vuelta y dejaba lo que estuviera haciendo para otro día. Comenzó a comer menos; con frecuencia se sorprendía a sí mismo divagando; y con el paso de las semanas lo empezó a abrumar una sobrecarga de energía que solo conseguía disipar caminando, y de noche, porque si lo hacía de día luego tenía que repetir el mismo recorrido entre las sombras. Tampoco juzgó necesario moderar sus nuevas excentricidades, en parte lo divertían.

Fue durante una de esas excursiones que conoció a la siguiente muchacha. La descubrió bajo la luz de un poste, demasiado ensimismada revisando algo dentro de su bolso como para percatarse de su presencia. P nunca había sido del tipo de hombres que abordan en mitad de la calle; no solo se le hacía de mal gusto, también era incompatible con su personalidad, pasiva ante los golpes de suerte en los que alguna mujer se fijaba en él. Además, era muy tarde y no hubiese querido que ella se hiciera la idea equivocada. Pero esta vez algo dentro de sí lo empujó hacia adelante. 

Ella era muy blanca, casi pálida.  A simple vista todo parecía en orden, pero algo indeterminado en su semblante, quizá la tensión con que apretaba sus labios, quizá la manera perezosa de parpadear, rezumaba enfermedad. P tuvo la impresión de que por un pinchazo el alma se le salía, y se quedaba hueca de a poquitos. Se le hizo triste, y muy atractiva. Esa misma noche se hicieron compañía. Mas la dicha se les acabó tan rápido como les había llegado. Por dentro la muchacha resultó tan exánime como su apariencia. P tampoco demostró mucho interés, y luego de un par de meses acordaron separarse. Mientras se dijeron adiós esperaron las lágrimas, que cuando no llegaron les ayudó a comprender que jamás habían  estado verdaderamente enamorados.

Pasó el tiempo y a la costumbre de caminar, le sumó la de perseguir mujeres; unas más bondadosas o inteligentes o entregadas que otras, pero todas blancas y menudas y ojalá de cabello claro. En su mayoría disponían de él, y él de ellas, y luego desaparecían; aunque más de una se ilusionó de verdad. A esas les tuvo compasión, y se recriminó el no poder corresponderles; aunque no hubo una sola de entre todas cuya presencia prolongada no lo dejara cansado, más vacío que antes. Luego de un tiempo, sin embargo, se sorprendía en la búsqueda de la siguiente. P se negaba a reconocer que esa incoherencia de su carácter pasó de ser una diversión, a una preocupación, a una sólida molestia. Hasta que por fin lo comprendió. 

Fuera de su encontronazo con la muerte, no veía ningún significado especial en ese lugar, por lo que tampoco tenía problema en llevar nuevas acompañantes a conocerlo. Eso sí, lo hacía siempre de día, a razón de no atragantarse otra vez, e incluso si el aura romántica de la colina quedaba recortada a la mitad. Pero la última muchacha lo forzaría a hacer una excepción. De cara redonda y aniñada, prontamente se resignó a aceptar los “eres tan blanca como papel de impresora” como cumplidos. Más que un deseo sexual, las ganas de estar con ella, así como con cualquier otra, se aferraban al conjunto completo de lo que significaba su compañía: ternura y deseo y miedo y validación y una levísima esperanza de vencer a la soledad. P pasaba por una anormal necesidad de hacerse con ese conjunto, que cuando escaseaba le agriaba el ánimo y le dañaba el sueño. Por otro lado, esta muchacha le gustaba más de lo normal.  

Como trabajaba todo el día, y como ya la había engatusado con la promesa de visitar la famosa colina, decidió afrontar su miedo embadurnándose de repelente. En la cima le mordisqueó las orejas y le hizo cosquillas en el cuello, cuando una brisa destapó el cielo. La luna en cuarto menguante los descubrió con la mano de P sobre el broche del brasier de ella. La apartó con brusquedad. Tuvo que bajar la mirada, sorprendido de su propia vergüenza. Enseguida se levantó y la muchacha no alcanzó a alisarse el despeinado cuando él ya estaba al pie de la colina. Sus reclamos no lo alcanzaron. Cada tanto se hacía el que le echaba un vistazo a las nubes, hasta que se detuvo. La encaró con torpeza; abría y cerraba las manos como amasando aire. “Perdóname”. Se lo susurró mientras sentía sus piernas desfallecer. Ella no le respondió. De alguna manera, P se sobrepuso y consiguió llegar hasta su casa. Desde entonces comenzó a recibir el atardecer con una aprehensión que no lo asediaba desde su adolescencia; que lo ponía a sudar por la axilas y le resecaba la garganta. Todo le quedó claro.

O casi todo. No sabía si se había enloquecido o si se había enamorado. Antes que gastar tiempo haciendo esa distinción optó por perseguirla a ella. Con frecuencia se remontaba a esa vez que despertó de su asfixia y se la cruzó por primera vez; y por un instante solo estuvieron los dos; y sin proponérselo había renunciado a su libertad para volverse su esclavo. Esclavo de la luna ¿Cuántos años no la había visto, pero sin mirarla de verdad? ¡Tiempo perdido! P comenzó a torturarse. Cada vez que reproducía el video del alunizaje debía aguantarse las ganas de reventar su celular contra el piso. No le cabía en la cabeza que ella hubiese recibido al primer idiota que con tres o cuatro parlas ya se sentía con derecho a clavarle banderas y compartirla con sus amigotes “¿Un gran paso para la humanidad? Mejores propuestas me han hecho a mí, gringo hijueputa.”

En parte no podía ser su culpa. Se repetía que después de tantos años flotando solita en la oscuridad, no supo qué hacer con toda la atención que de súbito le concedieron Washington, el Kremlin y tantos otros buitres ¿Cómo podía saber que en unos años no la voltearían ni a mirar, obsesionados ya con el siguiente cuerpo celeste? P no era así; para él ella era la única, la consentida colgada del cielo, el farolito que puso su Dios; y desde que tuvo conciencia de ello juró cuidar su amor, respetarlo y hacerlo crecer hasta que él dejara de existir. 

Pasaron muchos años y P mantuvo su promesa. Vivía encerrado; renunció a sus acompañantes con la misma inmediatez con la que había comenzado a frecuentarlas, y se dedicó de lleno al estudio. Jamás fue muy bueno para las matemáticas puras, pero como la ingeniería mecánica o la medicina se le salían del presupuesto, las juzgó el camino de menor resistencia. El inglés también se le dificultaba, aunque no tanto como saber que no tenía un peso, ni para llegar a una central espacial en el extranjero, ni para entrenarse propiamente. Si quería sentir la fuerza G, por ejemplo, visitaba los parques, se encaramaba en las ruedas giratorias, y les pedía a los niños más grandes que no tuvieran piedad. Hacía todo tipo de ejercicios. Luego de unos meses notó que las espaldas se le ensanchaban y la cintura se le estrechaba. No se dejaba ver de la luna, sin embargo; quería que fuera una sorpresa cuando lo viese tan cambiado, y no por ella, sino por él, para poder estar con ella. Si P tenía que salir lo hacía con paraguas. 

Entre más aislado del resto, mayores y más frecuentes se hicieron sus desvelos. Le enorgullecía; lo veía como una prueba mayor de su devoción que se acostara y su cerebro lo mantuviese despierto, de vez en cuando sobresaltándose con el ladrido de los perros callejeros. Le habría parecido más noble aguantar su ausencia solo; y creyó poder hacerlo, pero su espíritu lo traicionó. La primera vez que se asomó por la ventana terminó derramando un par de lágrimas; una chandoso amarillo y de tres patas estaba acurrucado al borde de la acera. Su costillar se contraía para ladrarle a su amada con todas sus fuerzas. Ambos se vieron reflejados en la mirada del otro. El perro no lo rehuyó. P le regaló con un pedazo de carne y lo sobó mientras se lo tragaba. Se dejaba muy mansito. 

Al otro día continuaba ahí. Lo mismo al siguiente, y al siguiente siguiente; le bastó con una semana echado frente a su pórtico para terminar de ablandar a P. Sin pensárselo mucho, decidió comprar cuido y un collar. Cuando le abrió la puerta, el perro cojeó hacia adentro batiendo la cola, sin afán, asumiendo el rol de compañero con perfecta naturalidad. El episodio se repetiría con frecuencia. Nunca pudo negarse. Su perros eran fieles, por lo que jamás se impacientaba con su olor, o los pelos que botaban por todas partes, o las algarabías nocturnas que despertaban a media cuadra. Ella continuó igual de callada e igual de distante, pero entre todos aguantaban mejor su indiferencia; y apoyaban a su líder en su encomienda. Más de una persona se sobresaltó con la imagen de P, caminado muy misterios bajo un paraguas de noches sin lluvia, y con una docena de perros mugrientos y medio calvos escoltándolo. 

Pero como en todos los amores intensos, basta con un instante para pasar de la ilusión a la más negra desesperanza. En este caso hubo varios instantes. A punta de guarapazos P fue comprendiendo que no se podían ser las dos cosas al mismo tiempo: o se era astronauta o se era latino. Ninguna cantidad de esfuerzo controvertiría ese axioma. Lo cierto es que antes de conocerla, P no había sido nada; ni muy estudioso, ni muy disciplinado. Él se contentaba con su falta de ambición; tomaba de la vida lo que ésta quisiera entregarle. Más ahora que su currículo sí contaba para algo, su propio escupitajo le había caído en la cara. 

Para cualquier otra ocupación P era todavía joven, pero para astronauta era prácticamente un anciano. Quedaba descartado el ingresar a universidades gringas que pudiesen vincularlo con Houston; y eso que los programas espaciales gubernamentales estaban en zaga al de particulares como Musk o Bezos. A ellos también los contactó, y maldijo su hipocresía ante sus rechazos ¿Cuántas veces no hablaban esos tacaños sobre las oportunidades que merecen los locos ambiciosos? Ahorita que salieron adelante se habían olvidado de los que hoy en día calzan sus viejos zapatos ¿Qué podía ser más ambicioso, o más loco, que perseguir el amor? Setenta kilos de más no podían ser nada en un cohete que ya pesaba toneladas.

El golpe final se lo asestó la embajada. P estaba dispuesto a atravesar fronteras caminando, de ser necesario; luego del tapón del Darién sería sencillo. Así se lo explicó con orgullo a la señora del otro lado de la vitrina. Hasta le sacó una sonrisa, razón de mayor sorpresa cuando vio estampado el sello reprobatorio en su solicitud de visa. No comió nada por tres días. Se quedaba acostado y cada tanto alguno de sus perros se le arrimaba a lamerle la cara ¿Qué hacer? ¿Comprar libros de gramática mandarín y rezar para que los chinos no lo rechazaran? ¿Cuántos años había perdido? ¿Cuántos le faltaban? ¿Cuántos le quedaban? Cuando por fin se levantó olía a sudor, y dejó la forma de su cuerpo impresa sobre el colchón. Entre la jauría rastrearon a un ladrón de joyería. P no sabía si era verdad, ni tenía la paciencia para confirmarlo. Corría el rumor de que un cantante de cantina se había encontrado unos aretes de le faltaban a ella, y con eso le bastó.  

De pura rabia lo reventó. Al principio el infeliz se hizo el desentendido, pero unos cuantos mordiscos lo hicieron recapacitar. P viajó hasta la costa y buceó por aguas fangosas hasta dar con un cofre dorado. Desde entonces cargaba los aretes en su bolsillo y sacaba fuerzas de imaginar la cara que pondría ella cuando se los devolviera. Esperó a la siguiente luna llena antes de aparecérsele. Sus perros lo acompañaron y se quedaron dándole ánimo al pie de la colina. Apenas ahora trataba con el debido respeto a la colina donde su vida comenzó de verdad. Todavía necesitó valor para pronunciar las palabras que tantas veces había practicado.

“Aún me demoro ¿Me…me esperarías?”

El silencio le cayó encima como un acceso de nauseas. No iba a repetirse, ella lo había escuchado. Nada, absolutamente nada en la luna dio entender que le importaba. Arrojó los aretes en la oscuridad. Había sido un iluso al pensar que un regalo podía recomponer causas perdidas. Nunca sufrió tanto, ni odió tanto, ni amó tanto. La decisión no fue premeditada, simplemente abrió la boca. También ensanchó las aletas de la nariz y comenzó a correr en círculos por toda la colina. Se sintió mal por sus perros, aunque se consoló con saber que si los había recogido era porque lo entenderían mejor que nadie. 

Una por una, las luciérnagas iluminaban la entrada por donde llegaban más de sus compañeras. Cuando a P le faltó el aire se desplomó, pero ellas siguieron atrincherándose en el hueco que había en su pecho. Al principio la luz hizo transparentar su carne, pero pronto el brillo fue tan intenso que su cuerpo entero se difuminó. En ese estado de semiinconsciencia apenas si se daba cuenta de su ascenso; abajo sus perros aullaban y saltaban a dos patas para despedirlo. Sobre el nivel de las nubes el viento se hizo más frío, pero ellas se encargaron de calentarlo. 

Esa noche muchos aficionados a la astronomía descubrieron en sus telescopios una nueva estrella cerca de la luna. Qué tan cerca ya no dependía de P. 

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