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La voluntad y el hombre moderno

José Miguel Gómez Arbelaez

¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?

Don Quijote, Segunda Parte, Capítulo VIII

En medio del extraño sopor de la irracionalidad exterior transitoria (es decir la ebriedad), me acosa la pregunta por la voluntad. ¿Qué es la voluntad? y, quizás más importante ¿por qué admiramos al quien somete el universo y sus propios actos a una voluntad? No es sólo en el capitalismo más salvaje que se cree en esta figura del hombre que se forja a sí mismo a través de su férrea osadía e inquebrantable voluntad. Toda la psique moderna admira y emula, o quiere emular, al hombre que, después de elegir un destino, se centra en él con tal determinación que no hay circunstancia que pueda interponerse entre el susodicho y el logro. Nos impresiona el valiente, desquiciado y poderoso gesto que desemboca en los galeones ardiendo mientras Cortez mira impávido. Nos preguntamos, por lo menos algunos de nosotros, por el momento en que Bonaparte decidió que iba ser emperador y remendó su traje de oficial de artillería convirtiéndolo primero en túnica consútil y después en púrpura imperial. Esa voluntad nos sorprende porque desafía la debilidad que presentimos en nosotros mismos. En ella vislumbramos la misma voluntad que pone en entredicho nuestros carácteres imperfectos y nos hace semidioses. El hombre decidido es capaz de enfrentarse al destino, mirarlo a los ojos y cargar contra él, convencido de que es imposible que el plomo pueda rozarlo. Pero ¿podemos ser cómo estos hombres?, ¿existieron acaso? o ¿son por ventura tan sólo figuritas de cera forjadas por el azar? Y si existen, cabe preguntarse, ¿son admirables? Me temo que no. La voluntad inquebrantable de convertirse en Dios, aunque es el mármol con el que se construye el templo de la historia debe ser observada con resquemor por nosotros; quizá incluso con abierta hostilidad. Empero, esto no es una apología de la debilidad. Ni es un llamado para que bailemos al son de cualquier ventisca. No. Este no es un discurso a favor de la inconstancia, ni del realismo, ni mucho menos del pragmatismo. Es la defensa de una voluntad particular, diferente y a la vez similar a la de estos hombres. Una voluntad que, en todo caso, es desconocida para el moderno. Este es un texto que defiende la inquebrantable voluntad de someterse, la firme y resoluta decisión de obedecer.

No responderé todavía a qué. Primero explicaré que enfermedad he encontrado incrustada en la mente colectiva del moderno que me lleva a sugerir tamaña idea. Desde el advenimiento de la modernidad, en un momento indeterminado hace unos cuantos siglos, la humanidad ha defendido desde una perspectiva u otra, la idea de que el hombre puede conocer y dominar el universo con su alma racional. Este singular pensamiento ha tenido consecuencias titánicas. Una vez se siente capaz de comprender el universo a través de su razón individual, no queda de otra que levantarse contra toda jerarquía. Pues, si un fulano cualquiera cree que en el habitan las capacidades racionales para interpretar el universo y decidir el rumbo correcto de su existencia, es apenas natural que todo hombre, institución o estructura que tenga la intención de dominarlo se convierta por fuerza de la lógica en un enemigo al que hay que destripar. De esta manera, quienes comparten nuestras ideas sobre cómo debemos llevar la vida, serán nuestros compañeros en armas, los que no, serán nuestros mortales adversarios. Como inevitablemente vivimos en sociedad, y por algún motivo inescrutable para el moderno la razón sigue produciendo opiniones disimiles sobre el mejor gobierno para los hombres, la mesa está servida para que nos descuarticemos sin cuartel. Por ello, el intento decimonónico (y algunos cuantos contemporáneos) de reunirnos bajo símbolos nacionales estaba inevitablemente destinado al fracaso. Cada uno, con su alma racional susurrándole al oído, tiene una opinión diferente sobre el color que prefiere para la bandera. No era sino previsible que iba a ser imposible que el populacho se pusiera de acuerdo sobre si era el queso rancio o el queso fresco el lácteo llamado a hacer de comida nacional.

Creyendo resolver la encrucijada, el hombre moderno repintó la destartalada democracia de los griegos y la puso sobre el escenario como un primate que sabe tocar el piano, se lavó las manos y declaró el problema solucionado. La democracia resolvería las desavenencias entre los nuevos ciudadanos; pero lo que era apenas un paliativo se convirtió en un catalizador de unas almas fogosas que estaban desesperadas por luchar. Bastaron las primeras elecciones para que cayéramos en la cuenta de que la mayoría de la gente parecía tener un alma racional que tomaba decisiones, que a nuestro leal y buen entender, eran enteramente irracionales. Ni un solo hombre, después de que su idea fuera derrotada en las urnas, se sentó a reflexionar sobre los errores lógicos que cometió al votar por la idea contraria. Ninguno pudo, por más que la filosofía lo demandaba, aceptar de todo corazón el resultado, abrazar a sus enemigos y, convencido de que la razón pervivía en la idea triunfante, dedicar sus esfuerzos a que se hiciera realidad la voluntad popular. La democracia no dirime diferencias. No, el hombre moderno, borracho de poder y beodo en sus facultades racionales, inmediatamente comenzó a planear su venganza.

No puede aceptar ni este, ni ningún tipo de sometimientos. La democracia es para él, y para todos nosotros, tan solo un medio; ya habrá un momento para demostrarle a los triunfadores que nadie se burla de sus facultades cognoscitivas y que siempre tuvo, tiene y tendrá la razón. El hombre moderno es indomable, es rabioso, es orgulloso y es ciego y sordo a todo tipo de argumentos. De esta naturaleza efervescente deriva no sólo la inestabilidad de un sistema que está constantemente al borde del desastre, sino también su esterilidad. Vivimos en sociedades que están en pie de guerra consigo mismas todo el tiempo, a punto de lanzarse a devorarse intestinamente. El hombre moderno no conoce lealtades, ni medios legítimos. Su voluntad, por lo tanto, es la de no someterse a nada. Por eso, incluso cuando se le da la razón se voltea furioso y salivando con los ojos enrojecidos nos grita que no le entendimos, que ya no piensa lo mismo y que a él no lo constriñen ni siquiera sus ideas anteriores. Debe ser a toda costa libre, así eso implique ser infeliz, ser miserable y tener que dormir con la espada en la mano.

Pero ¿es realmente libre el hombre moderno? y ¿es de tal valía la libertad que con tenerla se aplacan todos los dolores de una vida sin sosiego? Empecemos por entender que la libertad no puede ser fin. La libertad es, por naturaleza, medio, es camino para llegar a un lugar y no destino. Pretender que la libertad es un fin ha sido elemento fundacional de la modernidad, pero hacerlo es un verdadero y colosal exabrupto. No por tener la mesa llena de viandas hemos comido, no sólo hace falta el apetito sino los buenos modales al cenar. La libertad, por sí sola, no es nada. No vale nada. La libertad es una divisa representativa de una infinitud de posibilidades. La sola libertad es el instante anterior a la decisión, es el momento de absoluta indeterminación. Obsesionado con ser libre, el hombre moderno rechaza sus más íntimos instintos. Cada paso que da es inseguro, porque su fin último es precisamente no arribar, no llegar. Desea, con una fuerza intrépida y violenta, no comprometerse con nadie, con ninguna idea. Parece que la verdadera pregunta es cómo es posible que el moderno llegue a su trabajo. Es una verdadera hazaña que sea capaz de decidir terminar un libro, ver una película o estudiar una carrera. No hablemos de matrimonios, que alguien decida casarse es un hecho de proporciones míticas. Por ello, no en vano, el hombre moderno deja salidas para todo. Nunca un compromiso puede ser eterno. Es tal su frenesí que no tiene con cortar las correas que le impiden el movimiento sino las que sostienen su pantalón y evitan que caiga al vacío. Convencido de que ser libre es el único fin loable, siempre está haciendo huecos a la muralla para escaparse. En términos de nuestra reflexión, quema los galeones pero deja uno. Al final sus actos son risibles y patéticos porque carecen de verdadera determinación. Su alma racional se parece más al dado que a la flecha.

¿Es posible una solución? todos somos víctimas de este mal que carcome nuestro carácter y nos hace pavonearnos de nuestra infértil libertad. Atemorizados no dejamos de ver en cada rincón amenazas a nuestra tímida libertad. Se nos pasa la vida luchando contra enemigos imaginarios. La libertad, para el hombre moderno, es ser esclavo de todos y de todo. En vez de tener un sólo amo, el hombre moderno se encuentra con amos en todos lados; uno en la cocina, otros cuantos en el trabajo y alrededor de treinta en el transporte público ¡con razón llegamos exhaustos a nuestras camas! Detrás de ese comportamiento errático se encuentra el terror a la condición servil. Esta idea no tiene nada de nuevo, ni siquiera de escandaloso, toda la filosofía liberal no es sino cambalache paradójico. El hombre, por miedo a la esclavitud, acepta la esclavitud. Ahora, antes de la llegada de los ilustrados tratadistas, cuando se hacía una transacción el hombre recibía a cambio de su libertad un destino, un señor y no pocas veces una tierra.  Después de los filosofismos ilustrados se le otorgó, a cambio de su libertad, la idea de la libertad.

¡Y con que cara seria y voz portentosa anuncian los profetas de la modernidad el buen negocio concretado por el hombre! Por todos lados se le felicita por su sabia decisión. Se le explica que la idea de la libertad es más valiosa que cualquier pedazo de tierra; que al fin y al cabo ahora, si se lo propone, puede ser dueño de cuanta tierra pueda conseguir con la recién adquirida facultad. Todavía se anuncia la revolución liberal como el momento de mayor grandeza del hombre. La modernidad es de tal inverosimilitud, que se celebra el acto de ceder la propia libertad como inicio del fin de la larga genealogía de tiranías que han encadenado al hombre. Bastó un juego de palabras para esconder detrás de un ideal inerte la cadena más robusta alguna vez utilizada para esclavizar un ser humano.  ¿Por qué resultó efectivo el sofisma? Porque se le prometió al hombre la transfiguración en deidad. Solo ofreciéndole la conversión en Dios se le podía convencer de que cediera, sin más, su libertad. Todo el discurso racional ilustrado tiene como fundamento ese acto primero de vanidad, esa confianza última en que el hombre puede y debe acceder a los más recónditos secretos de la naturaleza. El mundo liberal y racional en el que habita el hombre moderno es resultado de una transgresión, de un rompimiento prematuro y orgulloso del velo mistérico que cubre todas las cosas. La Ilustración es la repetición a pie de letra del pecado original; y así como el descendiente de Adán carga la mancha originaria, así cargamos nosotros la mácula de nuestros antepasados ilustrados. No tenemos que remitirnos, aunque deberíamos, a historias de pueblos desérticos para ver la mancha que habita en todos nosotros.

Se confundió el conocimiento con el poder. Ese acto, como casi todo acto de maldad, no surgió de una premeditada voluntad maligna, sino de un terrible temor. Aterrorizado por su capacidad para hacer daño, el hombre prefirió derrocar la justicia divina y convertirse en juez antes de tener que someterse. Este acto de ira y de rabia, como todos los actos de furor, era superfluo. Al hombre se le había prometido el perdón por sus pecados, bastaba con el arrepentimiento. Pero el azar y el demonio se conjuraron propiciamente y le prometieron al hombre una solución que no requería de su constreñimiento, de la momentánea humillación de la compunción. No tenía que doblegarse ante ningún altar, ante ninguna naturaleza indómita, podía, si así lo decidía, convertirse en el nuevo señor de la tierra. No se le dijo, no lo llegó a pensar el hombre, que esa promesa no era solamente para él, sino para todos sus congéneres. Creyendo liberarse de la tiranía, el hombre se volvió esclavo de la humanidad. El humanismo no es sino la primera de las muchas ideologías totalitarias que estaban por llegar.

Desde tiempo atrás el hombre había aprendido a temerle a la repentina furia titánica que desataba sobre él, y aquellos que amaba, la cruel violencia de la naturaleza. Pero ese temor no siempre se había convertido en indomable y destructora rebeldía. La sabiduría de los ancestros, a través de la experiencia religiosa y estética, preparó al hombre para afrontar el azar o la providencia acudiendo a la fibra de la aceptación mística. De diferentes maneras, y siempre a través de intraducibles fórmulas, el hombre les había enseñado a sus descendientes que se debía temer más a la propia vanidad y ambición que a la imprevisible naturaleza. Toda la incertidumbre, todo el dolor y toda la violencia que podía desatarse sobre el cuerpo del hombre podía soportarse, pero no ser comprendida. En esa aceptación el hombre había entendido lo que no podía conocer por sus propias facultades. Todo hombre grande, todo monarca, héroe o papa, que aceptara el dolor se convertía en el hombre servil que estaba sometido a su propio poder. La hermandad espiritual de la servidumbre le manifestaba al hombre, a la vez su propia pequeñez, y su participación de la totalidad. Ningún dolor podía ser a la vez eterno e insoportable. Pero para realizar un acto de esta potencia, de semejante raigambre legendaria y divina el hombre debía aprender a someterse. No podía fertilizar en su alma su deseo de grandeza, ni alimentar en sí mismo ninguna fuerza que aspirara a dominar el universo. Su vida debía consistir en un ejercicio espiritual de sometimiento. Todo ejercicio siempre supone someterse, constreñir y limitar para lograr.

La voluntad que emergía en ese hombre estaba guiada por su propia experiencia minúscula del todo. El hombre debía adquirir, en el curso de su existencia inmanente, la lenta certeza de aquel bien y de aquella belleza que lo consolaban en los momentos sombríos. No debía, como hizo la modernidad, intentar tomar en sus propias manos y tragarse la flor que expelía la dulce fragancia que lo consolaba. Sino aprender a cuidar de la tierra que hacía posible la existencia de ese nardo. El cargo de centinela de lo sagrado le parecía un gran honor, pero para los sofistas y los ambiciosos nunca fue suficiente.

Ese sometimiento del hombre a los dioses carecía de lenguaje traducible. La necesidad de lo divino siempre se presentaba como ciega al hombre. A esa necesidad ciega el hombre le buscó impíamente una razón. Enfrascado en tocar el fruto sagrado, en apretarlo en sus manos y en probar su dulce pulpa el hombre concluyó que si los dioses se comportaban de manera errática entonces que él también podía ser dios. Ante el tribunal de la historia el hombre expuso sus argumentos: los dioses habían gobernado por mucho tiempo y se habían degenerado en el proceso. Él, en cambio, había escalado el escarpado olimpo utilizando sus facultades racionales y era a esa razón a la que de ahora en adelante sometería el universo. No habría más necesidad ciega: el hombre prometía matar la tragedia. Sin embargo, ¡Qué simple respuesta se hallaba escondida detrás del comportamiento errático que el hombre adscribía a sus dioses! Ese irracionalismo que la sociedad del hombre crecientemente veía en todas las bestias y en todo lo malo, no era sino la forma que tomaba todo aquello para lo que era impotente. De este modo, el hombre se vio en la necesidad de condenar todo aquello que lo excedía. Los hijos del hombre tuvieron que dedicar su tiempo a la composición de complejos trabajos que desvirtuaron primero la existencia de la belleza y luego hasta la del artista.

Todo porque temía obedecer. Desde adentro escuchaba el llamado de su daimon, pero con fría fuerza cerraba las puertas hacia su interior. Todavía en la soledad, cuando se acalla el ruido mundanal del exterior, percibe las suaves lágrimas de ese compañero que no para de llorar el rumbo elegido por el hombre. La fértil vida interior que todos los hombres tenían ha sido condenada por la ciencia moderna, pero sobre todo por la política moderna, a permanecer enclaustrada desde el primer momento que se escucha el grito primitivo que en ella se aloja. Si no fuera por la vida de las tabernas, del vino y de la cerveza el hombre no sabría lo que es asistir al espectáculo que es su propia vida interior. Pero la vida interior no es la personalidad. La personalidad no es sino la conclusión hereje de la empresa que es la deificación humana. La vida interior es la energía primaria que lo conecta con el todo, es el único reducto verdadero de libertad. Es la única libertad que no lo embriaga y lo llena de hybris.

En ese estado puro e individual constata su hermandad con todas las cosas y con todos los tiempos. En su vida interior encuentra campo – ¡Al fin! – ­para soportar los embates de la experiencia inmanente. En ese estado atiende a esa experiencia del todo y puede aceptar el comportamiento de las fuerzas divinas. Allí entiende y agradece su impotencia y asume su puesto en la jerarquía universal de las cosas. La fuerza de lo sublime, del acto grandioso que nos somete, de la historia y del amor se condensan en ese instante que admitimos nuestro rol en el entramado de las cosas. Agradecemos la presencia del muro, que entendemos que es muralla que nos protege y no simple cárcel que nos constriñe.

La libertad, una vez el hombre ha decidido someterse, se vuelve real y concreta y no abstracta e imaginada. El primer acto glorioso del hombre es el de obedecimiento, que supone, como es obvio, la facultad de decidir. Pero no es obligado a obedecer, no es llevado por cadenas hasta el altar para que recite palabras aprendidas de afán, pues el acto por medio de cual obedece es propio, es el acto más importante de su existencia. Es acto por medio del cual se define a sí mismo. En ese acto, a diferencia de todos los actos erráticos y rabiosos de la libertad desenfrenada, el hombre entiende que está entregando su libertad. La libertad es bien que cuando se usa se pierde. El hombre que entiende esa paradoja valora la libertad entregándola después de haber reflexionado, pero, sobre todo, la valora conservándose fiel a su acto de entrega. Mantiene el curso del navío, a pesar de las tormentas que puedan aparecer en el horizonte, y contempla aquello que ama, aquello que admira, aquello que encuentra sublime, como consuelo para mantenerse recto en su curso. Nada le asegura el feliz término de su travesía, pero su acto fiel y valiente lo mantiene tranquilo y satisfecho. Sabe de la impotencia que es connatural al hombre, pero esperanzado observa como ese último reducto de libertad se consume en la coherencia de sus actos. Desarrolla su papel trágico o cómico con una extraña certeza que no podemos comprender sino viviéndola. Ese hombre queremos ser todos, porque ese hombre es fiel a sí mismo.

El hombre siempre libre puede llegar lejos, pero ese logro será siempre apariencia. Su éxito dependerá siempre de una tirada de dados, su felicidad será un punto minúsculo en medio de una ambición siempre creciente. Como Atila morirá ahogado en su propia sangre.

Cómo quiero yo, cómo me ruego a mí mismo escuchar estas palabras. Dejar atrás el torrente de la avidez -el deseo de saber y comprender-. Sé que he hablado con la verdad porque presiento en cada cosa el fulgor sagrado de los dioses que hemos olvidado. Tan sólo necesito dominar mi voluntad por un instante. Ese dominio debe ser verdadero y sincero, con una vez bastará. Es suficiente vivir un instante en esa conciencia del todo, alinear nuestra voluntad y aceptar nuestro divino puesto en el intraducible orden del universo. ¡Ay, pero el hombre es débil! lo tienta la inconstancia, pero sobre todo lo tienta el poder. El hombre piadoso debe hacerse consciente de que vive en la potencialidad de la tragedia. Es decir, que sus actos abonan el terreno para que la necesidad desbocada consuma su existencia hasta llevarlo al dolor y la deshonra extrema. Comprender esa estructura histórica es alejarse del patetismo de la mera necesidad y del histrionismo de una libertad prometeica y absurda.  

Básteme hacer una precisión final. Hay una particular visión de la sofistería moderna que ha creído resolver el problema de la libertad dotando al inconsciente de esa divina facultad. Su argumento es hábil y subrepticio. La libertad existe, pero no hay una consciencia que pueda ejercerla. En consecuencia, el hombre a medida que existe toma inconscientemente esas decisiones que terminan por completar su identidad. Este argumento desconoce la esencia misma de la libertad de dos maneras fundamentales. La primera es la de responsabilidad y la segunda es la del reducto de conciencia.

La responsabilidad no debería requerir de explicación. No se trata, como creen algunos, de ganar viandas o perder bienes en virtud de actos bondadosos o nefarios. La responsabilidad es más simple y a la vez profunda. La responsabilidad es, en los términos más llanos, la sensación que tiene el hombre de indignación respecto a sí mismo. Pues el acto no cambia nuestro estado de felicidad, no nos saca de la miseria ni del dolor; pero nos admite habitar con dignidad la pocilga o el palacio.

El reducto de conciencia representa la indivisible última unidad del hombre. El átomo del que parte toda humanidad. Ese fortín es la inexpugnable fortaleza que defendemos contra las invasiones bárbaras y de la que somos presos hasta el último de los respiros. Esa conciencia permite, cuando así lo intentamos, una habitación viva y atenta en la inmanencia de un mundo que por todos los poros le resuenan cantos sagrados. En ella podemos, por instantes contados, liberarnos del automatismo que nos entumece. Es el más sagrado de los cubículos del templo, allí se guarda el arca de la alianza. Toda teoría sobre la libertad que desconozca estos dos elementos no sólo es absurda, sino que es una libertad que no vale la pena; que zozobra bajo su propio peso.

Para conservar ese instante de autonomía, para sentirse único y a la vez miembro del todo, el hombre debe elegir. Su elección es simple, pero de proporciones titánicas. Su libertad es un bien perecedero, no puede guardarla como potencialidad, debe usarla. El enemigo se acerca raudo con una velocidad meteórica y debe apuntar y disparar la única bala que le queda en su mosquete viejo. Debemos, como Tadeo Isidoro Cruz, estar preparados para someternos a nosotros mismos. Dominar la libertad es saber entregarla; pero no a ideales abstractos de filósofos contractualistas, sino a aquello que nos compele. La libertad no puede ser entregada al conglomerado, ese recurso cobarde delega y obscurece el digno acto de someterse. La Ilustración, que tanto dice confiar en el hombre, de entrada, elige quitarle la libertad a través de un mito cojo. No. El acto que nos liga con lo más hermoso y digno es aquel en el que nosotros mismos elegimos someternos a un bien superior para eliminar toda mácula. Todo el Derecho de la humanidad, toda la historia escrita y por escribir, parte de ese acto sublime.

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