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Por: Simón Palacio Echeverri

Tony-George Roux – Une Martyre

Hay mujeres que inspiran deseos de vencerlas y de gozarlas; pero esta infunde el deseo de morir lentamente ante su mirada.

Baudelaire, “El deseo de pintar”

Dejo esta confesión escrita, pues dentro de poco seguiré el mismo camino de la cosa que yace fría y yerta en el banco del río. No es de la justicia humana de lo que huyo, pues, ¿qué daño pueden hacerme los grilletes, las ruedas o las hogueras que yo no me haya hecho mil veces peor? ¿Quiénes son los hombres para juzgar un pecado mucho más negro que el crimen? No, mi alma no se condenará por mis actos, sino que por su propio peso ha de sumirse en el Averno; pero si algo me sirve de consuelo es que por hondo que caiga no he de llegar a las tinieblas donde estará dando alaridos la sombra de la mujer que está tendida en el fango, el único ser que he amado, quien me enseñó que existe tal cosa como el Infierno.

¿Y cómo no habría de enamorarme de ella? Con sus rizos castaños y largas piernas de venado parecía una creatura silvestre. Con sus pestañas de gacela y piel morena parecía una ninfa del bosque. Pero sus ojos… eran sus ojos lo más notable en su conjunto. Ni Narciso mismo se ahogó jamás en pozos más profundos. Su figura nervuda complementaba una inagotable fuente de estámina que la mantenía en constante actividad, pues nunca se le veía sosegada. Siempre estaba ocupada en distintos mesteres, revoloteando como polilla inmune al fuego. Bajo un velo de refinamiento se ocultaba un salvajismo puro que resquebrajaba su fachada cada vez que soltaba una de esas largas carcajadas salidas de lo hondo de su seno. Pero lo más impresionante de esa creatura era su vigoroso intelecto. Nunca conocí a nadie que pudiera penetrar tan profundamente los misterios sublunares. Ella sabía muchas cosas del cielo. También sabía mucho del infierno. Mi día podía irse oyéndola navegar por los complicados problemas morales y metafísicos con la maestría de Odiseo.

Me resistí a declararle mi amor, ¿qué podía darle un ser mezquino cómo yo a una creatura de savia y mármol cómo ella? Me contentaba con estar en su presencia, con poder echarme como un perro a sus píes y ser instruido por ella como un niño o seguirla en uno de esos arranques que le daban cuando la locura la poseía. No quería darme el lujo de desear más, pero más desee. Ella había eclipsado el resto del mundo, perdí el gusto por otras mujeres, las conversaciones con mis amigos se me hacían insípidas. Era como si hubiera comido frutos del Inframundo y ahora era incapaz de volver a la compañía de los hombres. En lugar de colmarme, este aislamiento se había vuelto el único cauce de mi voluntad y el desasosiego del amor me poseyó rápidamente. Debajo de la diosa comencé a añorar a la mujer que después de todo este tiempo compartido se seguía mostrando distante. Era tan fútil como desear una constelación. La desesperación dio lugar a la esperanza: incluso los dioses son movidos por las plegarias. De nada me servía languidecer en cándida agonía. Suplicaría su gracia y me haría digno de ella.

Yo sé de los dioses y sé que mi amada es difícil de apaciguar: ayuné tres días y tres noches para purificarme. Necesitaba un espíritu fuerte y libre de pecado si quería encarar mi destino. Una luna nueva anunció el momento elegido. Esperaba que fuera un signo de un nuevo porvenir, ingenuidad que me impidió entender que necesitaba de la oscuridad celeste para entregarme a los negros abismos del alma. Nunca la había visto tan bella cómo esa noche. Parecía un pilar elevado cómo monumento de toda la grandeza humana hacia el firmamento. Adorable como el pecado, terrible como la virtud. Intenté articular palabras, pero mi garganta se atragantaba a cada momento, hasta que al final una confesión salió no de mi cuello sino de mis ojos. Su contorno se suavizó y lágrimas de compasión nimbaron sus ojos. Ella puso una mano firme sobre mi hombro y con la voz agrietada por el dolor me dijo que ella no me amaba de vuelta, que desistiera en mis intenciones y volviera al mundo de los mortales, donde las mujeres viven en la tierra y no en los sublimes abismos de abstracción a los que ella se había entregado abandonando el mundo de los hombres. No desistí. Su semblante se transformó en ponzoña, sus ojos brillaron con cólera y su boca se curvó con desdén. En mi rostro se rio de mis sentimientos y me preguntó si de verdad creía que ella la altiva, noble y soberbia, ella que dedicaba su vida a lo grande y bello, podría amar a un ser insignificante como yo de vuelta. Un gusano entre gusanos. Me ordenó que buscara un hueco en el cual recogerme y morir fuera de su presencia, que dejara de desperdiciar su tiempo con mis patéticos sentimientos. No desistí.

Ahora sus ojos se endurecieron. Su visaje se tornó duro como el granito, sus ojos perdieron su brillo y su boca reposó en una mueca soberbia. Gravemente me preguntó si de verdad estaba dispuesto a darlo todo a cambio de su amor, a mi asentimiento se quedó largo rato en silencio. Finalmente, sus labios se aflojaron y me dijo que sólo consentiría dejarse amar una noche si me mostraba digno de ella y que nada menos que quien es capaz de renunciar a su humanidad podría elevarse a las alturas que ella exigía en un amante.

-El hombre no es más que ilusión, bien lo sabes. La vida individual no es más que un engaño. Demuéstrame que lo has entendido. Abandona el mundo y a ti mismo, entra al desierto y vence al diablo y te harás digno de mi amor… pero para ello tendrías que abandonar tu deseo… o demuéstrame que entiendes que el hombre no es más que engaño. Siega una vida para ganarme una noche.

En ese momento ese precio me pareció bajo ¿Qué era una vida comparada con la gloria de su amor? Partí con el corazón en alto, pero no pude dormir esa noche. No pensaba volver con la cabeza baja, la conocía lo suficiente para saber que debía triunfar o desaparecer. Pero escuchar mi corazón palpitar en mi pecho me atormentaba ¿Cómo podría matar a alguien? No podía caer así en la completa insignificancia; si no era capaz de medirme a las pruebas del amor era indigno de seguir vivo. No hay vida sin amor y como ella me había enseñado tan diligentemente no hay tal cosa como vida sin muerte. Sólo la sangre puede pagar la sangre. Las siguientes noches las pasé en los bares de la ciudad vieja observando, calculando. Pero siempre que me decidía a actuar sentimientos de compasión o repugnancia cruzaban por mi pecho. No. Era claro que este asesinato tenía que ser puro, sin objeto ni pasión. Sólo la muerte por la muerte. Era casi luna llena cuando encontré a la víctima perfecta.

Ya tenía todos mis movimientos planeados. De estar sentado noche tras noche ya conocía cada una de las losas desencajadas de las laberínticas calles. Sabía cada callejón hacia donde serpenteaba, las puertas que daban a tiendas o a tugurios encubiertos. Dentro de todo, le había cogido cariño a esas viejas calles con sus casas coloniales y sus perros sucios con los que se podía trabar íntimas amistades. Quería demorar el acto. La demora estaba ablandando mi corazón y tal vez me vería libre de esa mujer y tendría las manos limpias. Pero no podía más que verla entre las fantásticas formas que salían barrocas de la bruma. Todo me hablaba de ella. Todo me hablaba de mi mezquindad. Tenía que hacerlo para por lo menos vivir cómo un hombre, así fuera el peor de los hombres.

Esto y más estaba meditando, atormentado constantemente por el recuerdo de mi amada cuando vi que del bar salía un hombre solitario. Lo reconocí, lo había visto allá mismo otras veces. Siempre iba solo y siempre salía irremediablemente borracho. Aunque lo reconocí no me había formado ninguna opinión de él, ni siquiera me había fijado en sus facciones -y nunca habría de hacerlo-, no era más que un hombre con sus penas y sus preocupaciones, con una vida insatisfecha cómo todas las demás. Era perfecto.

Me acerqué a él con ademanes amistosos pidiendo un cigarrillo, aparentando buscar compañía en mis penas. No es complicado despertar la simpatía y ganarse la confianza de los hombres. Unas palabras amables, un oído abierto y una simulada necesidad de consuelo es más que suficiente en muchos casos, y él no era la excepción. Fuera un hombre excepcional o no, nunca lo supe. Me negué a investigar sobre él una vez consumado el hecho y procuré olvidar todo lo que él me contó esa noche para no perder la cabeza. Pero no tenía ese consuelo en ese instante. Con cada paso que daba entre las retorcidas calles me iba haciendo una imagen más clara del hombre con cuya vida habría de pagar mi amor.

Lo guíe al río con promesas falsas. Le hablé de un lugar junto al río al que algún hecho había cargado de particular importancia. Un lugar al que la confianza y las frías estrellas, tan invisibles entre los dilapidados edificios, me llamaban. No era completa mentira: si hasta entonces ese lugar no había sido para mí más que un lugar tranquilo para disfrutar de la soledad desde entonces se habría de convertir en una nueva pila baptismal en mi vida. Descendimos torpemente por los escalones ocultos entre la maleza. Incluso le ayudé con sus pasos cuando se tropezó. Si él conversó o permaneció mudo no lo recuerdo. Sólo sé que yo esperé sentado en el banco del río un largo rato, mirando sobre mi cabeza el firmamento deslizarse llevando consigo todas las fantásticas figuras donde estaba descrito el ineluctable destino que me esperaba esa noche. Yo estaba gélido. Quería actuar y acabar con ello de una vez por todas. Cumplir con la horrible labor que mi amada y mi torturada alma me habían encomendado. Pero el calor de mi pecho no podía contra el frío de la noche. Fue entonces que lo vi. Estaba inclinado sobre el río, a duras penas capaz de sostenerse de lo borracho que estaba, pero atraído por algo. Me acerqué, quería ver lo que él estaba viendo, pero en ese instante un impulso brutal brotó de los rincones más desconocidos de mi espíritu. No tuve que forcejear mucho. A duras penas pudo luchar. Una vez arrojé el cadáver a las aguas miré el punto que él había mirado en sus últimos momentos y no vi más que mi reflejo, sucio empapado y distorsionado por la corriente y el miedo.

Mustio regrese, encendiendo cigarrillos con las colillas encendidas del que moría entre mis dedos. No temía que me siguieran. Había sido lo suficientemente cauteloso cómo para asegurarme de que nadie pudiera verme salir de ese camino de piedra. Pero siempre que algún borracho se atravesaba por mi camino algo en mí me hacía creer que sabía lo que había hecho. Otra parte me pedía confesarle a gritos mi crimen. Creo que lo hice un par de veces, pero sólo se rieron de mí. Finalmente, tambaleándome y con las puntas de los dedos quemadas, llegué al callejón donde ella había hecho su morada. La vi entre las sombras, una casa en despojos, medio hundida en la tierra, como si el infierno mismo hubiera intentado devorar esa perversa mansión y se hubiera atragantado. Subí por los podridos escalones y crucé el negro umbral hasta que llegué al santuario donde dormía el monstruo que a cambio de sangre me recibió en su vida.

Cuando desperté encontré la cama vacía y su almohada estaba fría. Tal vez todo había sido un sueño, miré mis manos y estaban limpias. Pero su sabor seguía en mi boca mezclado con otro sabor. El sabor de la culpa con cigarrillos y agua del río. De nada servía arrepentirse. Ya los dados se habían lanzado y mi osadía fue recompensada ¿Acaso no era mía ahora la mujer de mis sueños? La luz del sol por un momento dispersó las sombras de la noche anterior, pero también revelaron lo que no podía ser más que una sentencia de muerte abandonada a los pies de la cama. En una nota, lacónica según su costumbre, ella me alababa por los actos de la noche anterior, pero me instruía que si deseaba verla de nuevo tendría que repetir esa atroz hazaña. Y habría de hacerlo cada vez que solicitara su audiencia. Mi señora era una diosa celosa y con una insaciable sed de sangre.

El primer paso siempre es el más difícil. Llegar de la nada al algo siempre será más complicado que hacer de un grano de mostaza una montaña. Eso no quiere decir que para mí haya sido fácil mi caída. Mi sed de ella sólo era comparable con su sed de sangre. No sé cuantos cuerpos apilé. No tiene importancia. Si algo es cierto es que entre uno y mil no hay diferencia. Me había convertido en un esclavo. En un ser que taja cuellos para que su amo le sonría en un buen día. Y entre más dedicaba mis energías a alimentar el apetito de mi ama, más mi cuerpo se iba demacrando hasta que bajo mi piel todos mis huesos se habían vuelto visibles y mis labios se habían vuelto del color de la luna o de los ojos de los ciegos. Lo único que se mantenía rojo eran mis manos, reducidas a instrumentos de una crueldad locamente fundamentada.

Como una luna cruel ella iba creciendo y creciendo cada día, voluptuosa y bella. Una tirana engordada con la carne de los muertos. Yo no era más que una sombra, una pálida cosa de piel y huesos que llegaba con la presa entre los dientes para suplicarle el derecho a dormir a sus pies. Incluso había veces en las que llegaba cargando con más de un muerto para poder reclamar varias noches de su compañía. Aunque la veía más de lo que jamás la había visto hasta entonces, ella callaba la mayor parte del tiempo. Mi maestra había dejado de ser mi instructora, convirtiéndose en un ídolo cercano y a la vez lejano. No es que su inteligencia hubiera desaparecido. De momento a momento dejaba escapar uno que otro pensamiento que revelaba que su mente se había envigorecido junto con su cuerpo.

Por extraño que parezca, entre todo su silencio y su crueldad supe que ella llegó a amarme, y no sólo como una señora compasiva puede llegar a amar a un siervo útil, sino como una hermana puede llegar a amar a un hermano menor o una amante de noble linaje puede amar a su plebeyo pretendiente. Este amor era tal que por más que mi estómago se revolviera ante cada puñalada mi mano siempre estaba dispuesta a prodigarlas liberalmente. Sólo para tenerla a ella. Haber probado su carne no había satisfecho mi deseo, ella era de esos frutos encantados que una vez probados no permiten regresar a la tierra de los profanos. En las noches sin luna, ella me guardaba en sus senos de las sombras, cuando la luna estaba llena me tapaba los ojos con sus manos para que yo no pudiera contemplar mis grandes culpas. Por más que yo hubiera menguado, su crecida me servía de albergue y sustento y su fortaleza me protegía más de lo que antaño habían hecho mi propia alma y cuerpo ¿Por qué fue, entonces, que yo la maté?

El amor es grande, el amor es terrible. ¿De qué me servía ganar el amor si perdía mi alma? ¿De qué sirve el amor de una mujer cuando por él se consume el propio espíritu? Sé que era feliz, infinitamente feliz. Amor como el que yo sentía ha sido sentido pocas veces por una mujer y casi nunca se ha visto correspondido. Feliz podía entregar mi cuerpo a su cadalso, feliz podía ser el esclavo de una señora cruel y distante. Pero el pozo de maldad al que mi querida me había conducido me había corroído hasta el tuétano y tenía que decidir en ese último momento: dar una última bocanada de vida o sucumbir completamente a la podredumbre. Con la ira del amor en contra escogí la vida.

Una noche, las manos aún húmedas con la sangre de un niño, la llamé por su ventana. Ella se asomó, como una estatua de bronce bañada en plata, bella como hasta ese momento no la había visto. La luna llena me había revelado encantos que tras dos años de sangrientas nupcias yo aún no había descubierto. La llamé por su ventana y ella descendió con pasos del viento sobre las hojas. La besé en los labios, la besé en los pechos y mano en mano la llevé por ese camino que por primera vez me condujo de un lecho de muerte a su cama. No me apresuré y bebí su belleza cómo el naufragó que saborea las últimas gotas de su botella. Seguimos el camino que llevaba al río, yo como un espectro hecho de luz de luna deslizándose entre las hierbas y ella como la dríada de un roble robusto y sagrado que camina en terrenos que le son conocidos. Y lo eran. Fue ella quien me había mostrado ese pasaje antes de que el sol se pusiera.

Largo tiempo contemplamos nuestros reflejos en el río que llevaba mis primeras culpas. Largo tiempo miramos la luna que había visto tanta sangre derramada y tanto amor que la pagaba y cuando ella descendió en las aguas de occidente tuve la fuerza de ponerle sello a ese amor maltrecho. La llamé, ya sosteniendo una roca en la mano. No podía acabar con ella a sus espaldas. Tenía que saber lo que sucedía. Tras el primer golpe ella cayó con una rosa abierta en sus sienes. Destrozada en el fango, aún tuvo fuerza para sonreír y decirme “por fin lo has entendido”. Arremetí contra ella hasta que su rostro no fue más que una flor de sangre y hueso, hasta que del rostro que yo tanto había amado no quedaba más que una flor abierta a los elementos. Besé sus manos, tan bellas e inocentes y dejé su cuerpo entre los juncos y las cosas del bosque, sus hermanos, para que la acompañaran en su viaje al infierno. Y seguro es en el infiero donde ella terminará sus días hasta el Día del Juicio. Su belleza iluminó este mundo, su resplandor guío mi alma. Pero era una luz del averno. Pocas veces se verá sobre la tierra una criatura tan excelsa, así sea con una soberbia satánica. No se me puede culpar. Si ante ella sucumbí fue en reconocimiento de su grande belleza. Pero ella me dejó sin sangre. Dicen que la única forma de salvarse del vampiro que lo ha mordido es clavándole una estaca en su negro corazón, pero en mi caso no fue suficiente. Ella yace muerte, muerta y bella en los bancos del río, pero yo sigo maltrecho y no me queda mucho de vida. Pero aún vivo y decidí vivir a pesar de ella. Me he condenado en la tierra, pero quizá esta última bocanada me de la fuerza para no avergonzarme de mí mismo

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