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Comedia y censura

Por Andrés Carrero

El comediante conoce muy bien al ser humano. Sabe perfectamente que es un idiota. La comedia es el arte de mostrar y desenmascarar al idiota en los hombres y las mujeres. Ninguno se salva y por eso la discusión en torno a los límites morales y políticos de la comedia es una gran tontería y una pérdida de tiempo, pues si la idiotez no tiene límites, entonces no tiene ningún sentido imponérselos a la comedia.  

Por cuanto es un arte, la única preocupación genuina y libre de hipocresía que puede tener el comediante con respecto a su actividad es una preocupación estética, es decir, si su estilo tiene o no algún valor, si la obra cómica cumple o no con sus propios fines, si el comediante es bueno o no y, en últimas, si puede hacer reír o no. Que la comedia sea un arte solo significa, justamente, que busca un estilo con el que expresar lo que expresa, cualesquiera que sean sus medios y recursos.

Lo idiota en el hombre, y también en la mujer, blanca o negra, trans o no, es lo que los hace risibles y ridiculizables. El ser humano, el punto más alto de la creación, por su propia naturaleza tiene la capacidad de ser convertido en objeto de burla, pues la vida, el mundo, lo desborda, lo abruma, lo confunde, lo engaña, lo ilusiona, lo decepciona, lo lleva de un lado a otro, lo supera y, sin embargo, los individuos actúan como si no fuera así; nuestros planes fracasan, nuestras opiniones terminan siendo falsas e hipócritas, nuestros amores se acaban. La idiotez es solo el hecho de que olvidamos que el mundo es más grande que nosotros y que, en últimas, no sabemos ni entendemos nada, aunque tengamos que vivir como si sí lo hiciéramos para no morir de hambre, frío y aburrimiento. Somos idiotas porque estamos condenados a fingir que sabemos algo.

Lo que hace idiotas a los hombres es su necesidad de encontrar certezas, de tener una verdad y una postura sobre el mundo, la vida, la sociedad, la política, el amor, sobre sí mismo y esto es algo a lo que no se puede renunciar sin renunciar a la vida misma. La gente tiene que tomar decisiones y para eso necita creer en su verdad. Pero la idiotez se agudiza hasta su punto máximo en cuanto una persona irremediablemente comienza a buscar y a encontrar las certezas sobre sí mismo, sobre su propio carácter, cuando comienza a creer que ella es esto y aquello, a tratar de ceñir el rostro a una máscara que no le encaja a la perfección, pues realmente ninguna le encaja a la perfección o no se trataría de una máscara. Entonces le pasa lo mismo que a ese rey que vanidosamente caminaba desnudo creyendo que estaba vestido con el traje más fino y bello. Ese rey es un idiota y el humano es ese rey.

Ser un idiota es estar engañado, principalmente sobre uno mismo. El tiro sale por la culata: en el afán de buscar y aferrarse a una postura, cualquiera que sea, se termina cayendo en una impostura. El idiota cree que es lo que no es y justamente eso es lo que lo hace ridículo: es solo una mediocre (y muchas veces hipócrita) falsificación. Realmente lo que hace reír del idiota, lo que lo convierte en objeto de burla, es que ignora su propio engaño y el engaño es aún más risible cuando es de naturaleza moral, es decir, cuando el idiota se cree bueno, puro, valiente, sagaz, inteligente, santo, honrado, digno. Esa boba inocencia, esa ingenuidad, nos deleita como pocas cosas en el mundo. Lo que el comediante sabe es que nadie es tan bueno y puro, tan excelente y admirable como quiere mostrarse.

La comedia, desde la antigüedad hasta hoy, se ha encargado de desenmascarar idiotas (incluso muchas veces al comediante mismo), sea por medio de dramas, monólogos, sátiras, películas, rutinas, números, puestas en escena y realmente no se ha limitado mucho en la cuestión de a quién desenmascarar, pues no es difícil encontrar idiotas: intelectuales, filósofos, políticos, reyes, reinas, emperadores, prostitutas, borrachos, poetas, indigentes, jueces, militares, esclavos, caritativos, tacaños, padres, madres, trabajadores, parásitos, profesores, maestros, profetas, ricos, pobres, maricas, sacerdotes, santos, santurrones, cristianos, judíos, musulmanes, enfermos, héroes, mártires, dioses, de todos se ha burlado. No hay asunto humano que se salve de ser risible.  El hombre tiene el talento de transformar todo lo que le ocurre y todo lo que él mismo es en una idiotez.

La cuestión de los límites de la comedia, los límites de la burla, surge solo cuando los ofendidos, sean poderosos o no, están bien organizados como un grupo (religioso, político, etc.) que puede expresar su malestar. Actualmente el problema solo se plantea cuando los asuntos de los que una obra se burla son los relacionados con las víctimas de alguna desgracia o injusticia (racismo, hambre, enfermos, misoginia, refugiados, guerra, exiliados, homofobia, maltrato infantil, explotación laboral), asuntos ante los que se le exige a la gente sentir compasión, empatía o lástima y que por eso mismo son asuntos muy difíciles de considerar desde lo risible. Justamente esa dificultad es lo que atrae a los comediantes, lo que los lleva a explorar el asunto para encontrar algo cómico en donde aparentemente no lo hay y, ciertamente, lo encuentran, pues no hay que olvidar que las víctimas son humanos y, con ello, idiotas. Negarse a hablar de su situación desde la comedia por miedo a la ofensa es negarse a considerar su humanidad.

 Ya a nadie le importa si se burlan de la policía, la iglesia o los políticos: esto no suscita la cuestión moral de los límites del humor, aunque ciertamente haya censura sobre estos temas. Pero cuando el comediante habla de una víctima, todo el mundo se estremece y pregunta si hay temas de los cuáles no se debe hablar, es decir, burlarse, porque la comedia no puede hablar de otra forma que no sea la burla. Entonces surge el deseo de establecer límites, de marcar un punto a partir del cual se hace necesaria la censura (prohibir la producción y distribución de una obra, despedir a los artistas, encarcelarlos, enjuiciarlos, etc.) en nombre del bien y la justicia, pues se trata de un límite moral.

El deseo de limitar moralmente la comedia, la burla en el arte, suscita un impulso de argumentar, de encontrar la justificación racional de la censura. Siempre los hay que dicen que la comedia no puede caer en el irrespeto o en la ofensa por el bienestar y la salud de cualquier sociedad, que cuando toca ciertos temas sensibles ya no puede ser comedia, arte, sino simplemente ofensas de mal gusto. El comediante no debe burlarse del sufrimiento, la vulnerabilidad, el dolor, la debilidad. Esto claramente es una estupidez. ¿Quién dijo que eso tenía que ser así? La comedia no se burla de los débiles, sino de los idiotas; y si desenmascara idiotas, entonces evidentemente está irrespetando, insultando, ofendiendo y lo hace desde el primer momento. No puede hacer otra cosa; si se renuncia a la ofensa, se renuncia a la comedia y nadie puede aceptar algo tan tonto, mucho menos creyendo que lo hace por bienestar y salud. Es solo sensiblería inútil. El ser humano no puede aspirar a no ofender y no ofenderse porque no puede evitar ser idiota. Negar la idiotez es negar la vida humana. La comedia es necesaria para no caer en la hipocresía y esto me parece mucho más conveniente para la sociedad que cuidar los buenos modales. El ser humano necesita reírse de los otros y de sí mismo, necesita recordar que su sabiduría está llena de tonterías.

También los hay, y esto ya no parece tan estúpido, que argumentan que los discursos tienen efectos políticos en la medida en que pueden servir como instrumentos para perpetuar o justificar las injusticias, el odio hacia un grupo, la exclusión, la opresión, etc. El discurso, efectivamente, tiene el poder de manipular la sensibilidad y la moral de los individuos; y el arte realmente es el instrumento más poderoso para lograrlo.  La comedia no es inocua para transformar y manipular la sensibilidad, pues justamente eso es lo que hace cualquier arte, aun cuando no siempre es del todo claro cuál es el alcance de una obra, es decir, de qué manera influye efectiva y políticamente sobre los individuos, más allá de que unos u otros se hayan ofendido. Muchas veces esa influencia es mínima y se la exagera para encontrar un chivo expiatorio con el que satisfacer los deseos de culpa y castigo.

En relación con los asuntos de las víctimas y la necesidad de la censura hay, sin embargo, un problema grave: las víctimas no pueden censurar; pueden ignorar, vengaser, matar, quemar libros, destruir pinturas, casas, estatuas, sabotear reuniones, presionar, protestar, pero no censurar, esta es una acción que corresponde al poder, a los poderosos, que por definición no son las víctimas. Es decir, la cuestión de los límites morales del humor, entendida como el deseo de usar y justificar la censura, no tiene mucho sentido cuando se trata del humor hacia este tipo de situaciones: el ofendido no está en condiciones de censurar porque no pertenece al poder político, económico, militar o religioso que es el que ha creado su situación desfavorable. Son el gobierno, la policía, los empresarios, la iglesia los que pueden censurar, despedir, prohibir, cancelar, encarcelar y obligar a un artista a retractarse. La víctima en general no puede prohibir una obra de arte; aun cuando pide que esta se prohíba, aun cuando exige que el artista sea despedido y se retracte, la decisión no es suya, el poder no le pertenece. Los hambrientos no son jueces y los exiliados no son los dueños de los medios de comunicación.  

Si se censura lo que ofende a una víctima no es por empatía, pues la víctima no es beneficiaria del poder: no sería víctima si así fuera. Por lo tanto, la censura no la beneficia, solo la contenta. La censura hacia las obras de arte racistas en poco o nada ha beneficiado a los negros, principalmente porque los museos, el cine, las editoriales pertenecen a los blancos y son ellos los que deciden qué censurar. La censura no fue lo que liberó a los esclavos de las plantaciones de algodón. Si un grupo de negros quema estas obras, o destruye las instalaciones de una editorial, es su decisión libre y el fruto de su deseo y su sentimiento, pero a eso no se le podría llamar censura: se trata de una respuesta violenta a la violencia de la opresión, como cuando se devuelve un golpe y con ello se sacia la ira. Cada quién ve cómo responde cuando quieren pisotearlo. La censura, sin embargo, solo sirve al poder, es una acción que el poder y las instituciones usan para su propio interés; no lo hace por amor y empatía al prójimo necesitado y ofendido. La censura nunca ha puesto un plato de comida en la mesa de los hambrientos. Por lo tanto, los que exigen la censura de la comedia en los casos en  que alguien elabora un chiste sobre la desgracia de otros no están ayudando a nadie, y su exigencia es solo una idiotez, un amor ciego al establecimiento de normas y prohibiciones, un instinto moral.  

A la cuestión sobre si la censura de la comedia sirve de algo respondo diciendo que sí, que sirve para que los ricos hagan plata y los poderosos se beneficien porque ese es el único uso que puede hacerse de la censura.

La comedia es un arte y tiene que ser juzgada como tal. El comediante es un artista, no un opinador; su fin es explorar la vida, los sentimientos humanos, y burlarse de ellos, no ser un mercader de opiniones polémicas. Su obra, polémica o no, influye sobre la sociedad en la medida en que tiene un público y este la juzga como buena y la disfruta. Cuando la obra es despreciada, cuando aburre, su influencia merma porque carece de personas sobre las que influir. Nadie toma en cuenta a los aburridos y nadie debe hacerlo. El poder del arte depende del goce que suscita en su público. Lo que más conviene tanto al arte como a la sociedad es que el público juzgue una obra de comedia no bajo la mirada de la moral (si defiende o no estos y aquellos valores), que en el caso del arte no aporta mucho, sino desde la perspectiva estética, que considera sus recursos, su ingenio y su estilo. Más que la censura, a la sociedad le conviene que el público distinga el chiste que desenmascara a un idiota, que se burla de su idiotez independientemente del asunto que sea, y la mera expresión de una opinión racista, misógina, xenófoba, expresión que en el arte es despreciable no tanto porque sea racista, misógina o xenófoba sino porque la mera expresión de opiniones, cualesquiera que sean, carece de todo valor cómico y es en verdad una tontería. Lo que más conviene a cualquier sociedad es un público que desprecie las obras mediocres.

La comedia, por lo demás, solo podría ser limitada si se encuentra una sola persona que no sea idiota. Con una basta. Esa persona sería el límite. Pero yo no la conozco.

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2 respuestas a “Comedia y censura”

  1. Una obra genial como siempre. Y para el debate. Yo humildemente, me permito agregar, en el papel de censores, a la gente común y corriente que consume sin procesar el discurso de la opinión publicada ( no pública) que se forma a través de los medios de comunicación en manos del Poder Real. Este, al menos en mí país, Argentina, está en manos no de los políticos, sino de las 1000 Familias que se creen dueñas de un país que detestan , que tienen al Sistema Judicial co optado y a la mayoría de la población sin garantías. Acá se censuran artistas porque piensan y hablan a favor de una ex presidenta, se arman causas, no sé informa, se miente . Se «escracha» a quien piensa diferente de lo que los medios dicen ( y no son pro oficialistas). Vivimos la antesala a una época muy oscura. Sólo el humor muy ácido nos está salvando, ya que es el único medio que nos queda para seguír adelante. Los periodistas que no comulgan con el poder Real no tienen espacio en los medios privados. …en fin…da para mucho el tema . Siempre recuerdo EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco y toda la cuestión de la Risa como medio de perder el miedo al Poder.

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    • Gracias por leer el ensayo, Angie. Si, claro, el papel del público en la censura es fundamental; sin su complicidad seria imposible para cualquiera tener poder sobre lo que se publica y difunde. Siempre me parece curioso, primero, que ante cualquier obra polémica se asuma que la censura es una solución real; y, segundo, que el humor y la comedia siempre sean las primeras en ser silenciadas y tal vez es justamente por lo que mencionas de Umberto Eco.

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