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Con las (pez)uñas

Por: Pablo Santiago Ruiz

Todo empezó con un simple sueño: que hombres y vacas pudieran amarse en libertad. La noticia causó revuelo, por no decir controversia, cuando un excéntrico millonario latinoamericano anunció que invertiría su fortuna en fundar su propio país. Nada impidió, sin embargo, que él y sus amantes Manuelita, Asperja, Nellie, Azúcar, Motas, Margarita y Bessie celebraran primeras nupcias sobre una plataforma levantada en medio del Atlántico. 

La empresa fue blanco de burlas, y hasta más de un análisis psiquiátrico. Pero tampoco se hicieron esperar los aventureros, ávidos de renegar a su patria y trasladarse a la utópica isla sin más pertenencias que ellos mismos y sus futuras cónyuges. Tras pocos meses se habría de ampliar la plataforma, que pronto se llenó de pastizales parcelados y mugidos concupiscentes. Así nació La Gran Bovinolandia.

Su primer conflicto serio apareció paralelo a su fundación. Algunos vaqueros abogaban por la independencia ganadera; opinaban que sus relaciones personales no eran asunto de nadie. Otros, no obstante, fueron partidarios de un acuerdo prenupcial obligatorio. La disputa dividió permanentemente a la población, pero nunca llegó a resolverse. En Bovinolandia se volvió tradición que los nuevos dilemas desplazaran a los anteriores. 

Poco después, facciones emergentes demandaron la prohibición del matrimonio católico. Los fieles dividieron sus fuerzas en combatirlos e institucionalizar la sagrada unión entre hombres y vacas. Llegaron incluso a solicitar su canonización, amparándose en el versículo de Joel 1:18: ¡Cómo muge el ganado! Andan vagando los hatos de vacas porque no hay pasto para ellas. El papa nunca les respondió.

Pese al conflicto, poco a poco fueron emigrando nuevos interesados en el amor bovino. Muchos llegaron solteros, atraídos apenas por los rumores de libertad y oportunidades. También los hubo quienes llegaron con hordas de ganado. Fue muy poco lo que pudo hacer el gobierno, en medio del desorden político, para mediar con la creciente inequidad. Se acumularon rencores. 

Finalmente, la tensión se desbordó cuando un puñado de inconformes optó por robar vacas. Su plan era redistribuirlas entre los pobres y que nadie se quedara sin pareja. Encolerizados, los poderosos decidieron contratar seguridad privada, igual o más belicosa que sus enemigos. Por cierto que la disputas se financiaron exportando leche, abundante producto nacional y fuente inagotable de dólares. Su prohibición no ha tenido mucho éxito. 

Crear un país no es cosa fácil. El territorio ha pasado por seis nombres: La Gran Bovinolandia, El Nuevo Ganado, La Confederación Ganadera, Los Potreros Unidos de Bovinolandia y, finalmente, la República de Bovinolandia. Semejante indecisión avergüenza a sus historiadores. Los más pesimistas opinan incluso que el país nació maldito, y lo seguirá estando hasta que se lo trague el océano. 

¿Exageración? Es muy posible; aunque no invalida que tantos desconozcan la lista de malas decisiones que lo acomodaron en su precaria posición. Me atrevería a sugerir que se necesita un cambio. Algo debe andar mal en el paraíso becerrero si tantos hambrientos no tienen más opción que comerse sus propias vacas.   

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